La dependencia económica de la inmigración: un tabú incómodo
Un paseo por la calle principal de cualquier pueblo revela un fenómeno silencioso: los bares, las reformas, el transporte y los cuidados han sido tomados por trabajadores latinoamericanos. "Todo lo de mancharse las manos", resume una observación que incomoda a quienes añoran una España que ya no existe. Los datos no mienten: sin inmigrantes, sectores enteros se paralizarían.
Sin embargo, la otra cara es que esta mano de obra, a menudo dispuesta a cobrar menos, ejerce presión a la baja sobre los salarios. Se argumenta que los empresarios se benefician de un ejército laboral sin capacidad de negociación, y que las condiciones laborales empeoran para todos. La productividad no aumenta, pero los márgenes empresariales sí, al reducir costes.
En el fondo, la discusión revela una contradicción que nadie quiere verbalizar: la economía española necesita a los inmigrantes para sostener servicios esenciales, pero también los usa como chivo expiatorio de la precariedad. Mientras los jubilados con locales vacíos exigen alquileres prohibitivos y sus hijos rechazan trabajos manuales, la inmigración se convierte en el pegamento que aguanta un sistema que se niega a reformarse. El dato que descoloca: cuanto más se culpa al inmigrante, más dependiente es el país de él.