Ceuta: el derecho humano que nadie reclama para los ceutíes
Un equipo de televisión nacional graba en Ceuta y dedica el bloque entero a los derechos humanos de quienes acaban de llegar. En la misma ciudad, un vecino cambia de canal. Esa asimetría —micrófono para el recién llegado, silencio sobre quien ya vivía allí— vertebra buena parte del enfado con la cobertura de la frontera sur.
El doble estándar que se atribuye a los informativos
Hay quien sostiene que los grandes informativos aplican dos varas: una, generosa, para narrar la llegada, y otra bastante más corta para el coste que esa llegada deja en servicios públicos, seguridad y convivencia. De ahí se salta a la acusación más dura: que el oficio se ha vuelto opinión militante y que quien firma la crónica ya no informa, señala. También se afirma que grabar en determinadas zonas resulta imposible porque nadie garantiza la grabación. Son tesis que ganan audiencia y que rara vez reciben respuesta.
La factura la paga el contribuyente de Ceuta
El otro eje es económico. El argumento repetido es que ningún cargo público menciona los problemas del vecindario mientras ese mismo vecindario financia con sus impuestos los salarios de quienes gobiernan. El nombre que aparece vinculado a la seguridad en la ciudad es el de Fernando Grande-Marlaska, al frente del Ministerio del Interior, y su gestión se cita —junto a un artículo de The Objective sobre la inseguridad subjetiva en Ceuta— como ejemplo de lo que no se cuenta.
Frente a esa corriente, otra advierte de que el problema no es hablar de derechos humanos, sino convertirlos en el único marco disponible. Y una tercera, minoritaria, avisa del riesgo contrario: que el descontento acabe legitimando un discurso que hasta hace poco se consideraba marginal. Marruecos aparece de fondo en casi todas las versiones, como actor y no como espectador.
Nadie ha puesto cifra todavía a lo que cuesta, en dinero y en tranquilidad, la cobertura que se emite cada noche. Ese es el número que falta.