Los tenderos de Sánchez (Rebeca Argudo en El ABC)

Los tenderos de Sánchez (Rebeca Argudo en El ABC)
RESUMEN

El gobierno español, al igual que el tendero de Havel, parece aferrarse a la mentira no por convicción, sino por miedo a ser el primero en romper filas, manteniendo un discurso que todos saben falso.

El tendero y su cartel de mentiras

A finales de los años setenta, Václav Havel, en su ensayo «El poder de los sin poder», imaginó a un tendero cualquiera que, de la noche a la mañana, decidía colocar en su escaparate, junto a las verduras, un cartel que proclamaba: «¡Proletarios del mundo, uníos!». La clave de este gesto no residía en una profunda convicción comunista del tendero, ni en la esperanza de aumentar sus ventas. Havel lo describió como un acto de «vivir dentro de la mentira», una forma de cumplir con lo que se esperaba de él, sin importar la verdad o la creencia personal.

Esta idea resuena hoy al observar ciertas comunicaciones oficiales. Se percibe una insistencia en narrativas que chocan con la evidencia disponible, una persistencia en el mensaje incluso cuando informes y pruebas apuntan en otra dirección. La situación se asemeja a la de aquel tendero: se mantiene el cartel, la mentira, porque romper filas, ser el primero en admitir la falsedad, parece tener un coste mayor que la propia verdad.

El miedo a ser el primero en romper filas

La situación se vuelve más clara si imaginamos a un ministro, por ejemplo, Fernando Grande-Marlaska, negando tener información de inteligencia sobre la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta, y manteniendo esa postura incluso ante la publicación de informes que lo desmentían. O pensemos en Óscar Puente, cuya negación inicial sobre el accidente de Adamuz se vio cuestionada por informes que apuntaban a una rotura de soldadura con incidencias previas conocidas.

En estos casos, el gesto de quitar el cartel de la mentira y colocar uno honesto —«Tengo miedo y por eso obedezco sin rechistar»— implicaría un coste personal y colectivo. El comportamiento no se basa en defender una idea, sino en un acto voluntario de sometimiento que refuerza la actuación grupal. Prefieren el espacio confortable de la mentira a la asunción del riesgo que supone la honestidad.

La verdad, un precio demasiado alto

No es la verdad en sí misma la que desmonta la mentira en este escenario. El problema no radica en la falta de pruebas, sino en el precio que se está dispuesto a pagar por la honestidad. La mentira se sostiene mientras sea más ventajoso mantener el cartel que dejarlo caer. La dinámica es de pertenencia y de evitación de costes.

Hasta que el coste de sostener la mentira supere el de admitir la verdad, el cartel seguirá colgado, quizás incluso sonrojando al tendero imaginario de Havel. La situación pone de manifiesto cómo la inercia grupal y el miedo a las consecuencias individuales pueden perpetuar discursos falsos, a pesar de que la realidad los desmienta.

Datos clave
  • Fernando Grande-Marlaska
  • Óscar Puente
  • Ceuta
  • Adamuz
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