El RPG-7 yemení que reabre el negocio del fracking estadounidense
Un arma diseñada hace más de sesenta años, disparada a pulso, está siendo equiparada a un misil guiado por satélite. La escena de combatientes de AnsarAllah abatiendo blindados con un RPG-7 —y la admiración que despierta entre veteranos extranjeros— ha saltado de los círculos militares al terreno energético. Porque el asombro por la puntería dura poco. Lo que se discute de verdad es quién sale ganando cuando el crudo deja de circular.
De la hazaña táctica al cálculo del barril
La lectura más incómoda sostiene que no hay milagro alguno, sino intereses. El argumento, repetido con insistencia, es que a Washington le conviene que el crudo encarezca: cada barril que se atasca empuja el precio hacia arriba y con él la rentabilidad de su fracturación hidráulica. El resto del mundo tira de reservas, asiente y paga. Esa es la tesis que convierte a una guerrilla con armamento barato en pieza útil del tablero y no en adversario a batir.
Frente a esa hipótesis, la versión escéptica responde que todo esto es hype. Que una fuerza con buenas armas hace lo que se le deja hacer, y que el relato grandioso —puntería satelital incluida— sirve sobre todo para adornar lo que es, en el fondo, un reacomodo del mercado energético. El cálculo completo, con sus implicaciones sobre reservas y precio del barril, da para bastante más de lo que cabe aquí.
Chiitas, suníes y una coalición que bombardea Yemen
El relato de un bloque musulmán homogéneo no aguanta ni un párrafo. La escisión entre chiitas y suníes reordena alianzas: la coalición liderada por Arabia Saudí bombardeó Yemen, y Marruecos participó en ella. La memoria de ese ataque pesa. También la matiza: en la guerra de Yugoslavia, Irán respaldó financiera, logística y militarmente a los bosnios sunníes, lo que desmiente que el eje confesional lo explique todo por sí solo. La geopolítica se pliega menos de lo que aparenta.
De ahí surge otra idea recurrente: que unos y otros se odian entre sí más de lo que desprecian a un occidental. El verdadero hereje, en esa lógica, no es el de fuera, sino el de la rama equivocada.
Almanzor, la familia yemení y otras rarezas
Poca gente recuerda que Almanzor, el caudillo que arrasó Santiago de Compostela, era malagueño de familia yemení. La anécdota sirve para recordar que este territorio lleva siglos exportando gente con mano para la guerra, mucho antes de que existieran los drones. Y que la fama de tirador no es un invento reciente: se arrastra desde muy atrás.
Con el precio del crudo como campo de batalla real, quedan dos preguntas sin respuesta. Si la teoría del barril caro es cierta, el beneficiario principal no es el que dispara. Y si es solo un cuento mediático, alguien está alimentando una leyenda que no le conviene contradecir. ¿Cuál de las dos versiones aguanta mejor el próximo informe de reservas?