Trabajar y dormir en la calle: el mileurista que no puede pagar un techo
Manuel tiene trabajo. Gana unos 1.200 euros al mes. Y duerme en la calle. Su argumento suena a economía de guerra: “Prefiero dormir en la calle y poder comer que estar en una habitación y no hacerlo”. Sale de un reportaje de Sport y ha abierto una caja de truenos en redes: ¿es un vago que no sabe administrarse o la punta del iceberg de un mercado laboral y de vivienda que ya no garantiza lo básico?
La cifra que divide. Con 1.200 euros, un alquiler medio en una gran ciudad supera los 900 euros. Sumando suministros, transporte y comida, la ecuación no sale. “Si te metes en un piso compartido en Sevilla pagas 400 euros”, esgrime alguien que ha hecho los números. Pero Manuel trabaja, según el artículo, en la ciudad donde el alquiler de una habitación ronda los 600 euros en zonas asequibles. El resto no da. “O comes o tienes techo”, remata.
El marco temporal sitúa el debate en plena escalada de precios de vivienda y salarios estancados. Quienes han vivido los años 90 recuerdan otra realidad: “En 1995 un piso de 70 m² en Pino Montano valía 35.000-40.000 pesetas de alquiler; el gasoil, 88 pesetas litro”. Hoy, con el salario medio similar en euros corrientes, los precios de la vivienda se han multiplicado. La inflación no ha perdonado los sueldos.
La solución de mudarse a la España rural choca con la realidad laboral. “Si se va a Villaconejos, pierde el trabajo”, resume una de las intervenciones más lúcidas. El teletrabajo masivo es un espejismo para el 99% de los ocupados. El resultado es una expulsión silenciosa hacia ciudades dormitorio a 60 u 80 kilómetros, donde dos horas diarias de transporte son el peaje de un techo digno.
Detrás de la anécdota de Manuel se esconde un patrón que ya se ve en Baleares o Estados Unidos: trabajadores que viven en caravanas o tiendas por falta de oferta asequible. “Un sueldo mileurista ya no pasa el corte del seguro de impago de alquiler”, alerta un participante. Los requisitos de las inmobiliarias exigen ingresos tres veces superiores al alquiler; un mileurista no puede aspirar ni a una habitación.
¿Responsabilidad individual o fallo sistémico?
Las dos corrientes de análisis chocan. Una sostiene que con 1.200 euros basta si se busca bien y se comparte piso; la otra responde que sobre el papel sí, pero que la vida real impone gastos ineludibles. No hay un cálculo único que aplique a todos. Lo que sí queda claro es que la ecuación “trabajo = techo” ya no es automática. En un país donde los alquileres han subido un 40% en cinco años y los salarios un 10%, el suelo se mueve bajo los pies de la clase media.
La pregunta que queda abierta —y que el caso de Manuel no resuelve— es hasta dónde va a llegar la normalización del trabajador sin hogar. “Dentro de pocos años se dará la vuelta a la tortilla”, pronostican algunos. Otros creen que es una exageración y que el perfil mayoritario del sintecho sigue siendo el de adicciones o enfermedad mental. Pero la propia existencia de casos como el de Manuel indica que el fenómeno se expande. Sin intervención en el mercado de alquiler o en la negociación salarial, más trabajadores tendrán que elegir entre el plato de comida y la cama.