La cultura de masas entre la subvención y el morbo
Hay un debate que recorre internet y que no acaba de encontrar su lugar en los medios. ¿Por qué el cine español, la telebasura y la censura son los tres pilares que configuran nuestro imaginario cultural? Lo que en apariencia son conversaciones sueltas sobre películas y programas de televisión esconde una crítica frontal al sistema de financiación cultural, a la sarracena de los censores y a la industria del morbo. Este artículo recorre esas tres vetas.
Almodóvar y los Goya: el chiringuito de la cultura oficial
El primer foco de atención es el cineasta manchego. Para una corriente de análisis, Almodóvar es un producto de la marca España: subvencionado, sostenido por el Ministerio de Cultura y aclamado por una crítica que confunde el lenguaje con el contenido. Obras como «Todo sobre mi progenitora» son para muchos un culebrón con filtro artístico, y los premios Goya funcionan como un sindicato del bowling donde los mismos se premian entre sí mientras piden más fondos. La misma crítica se extiende a los Oscar, considerados una gala de autovanagloria. Esta corriente desconfía del relato oficial y sostiene que el sector vive de las subvenciones mientras el cine de verdad se muere de hambre. La pregunta que queda es incómoda: ¿quién decide qué merece ser premiado?
American Pie: la educación sentimental de una generación
En otro punto del debate aparece la cuestión de cómo se educa a los adolescentes en temas de sensual. La generación que creció en los 2000 recibió una doble lección: por la mañana, la escuela explicaba el ciclo menstrual y la reproducción con dibujos esquemáticos; por la tarde, el DVD pirata de American Pie mostraba escenas donde lo que importaba era el minuto exacto en que salía la rubia. El choque entre la teoría y la práctica marca una generación. El impacto cultural de estas comedias es innegable, aunque su guion sea infumable y su mensaje, para algunos, bastante intolerante. La paradoja es que el mismo chaval que aprendía la teoría en clase después veía a Stifler eyaculando sobre una abuela. Esa doble vara de medir es la que después se impone en otros ámbitos.
Laura Bozzo: el circo de la desgracia como espectáculo
El caso de Laura Bozzo es otro de los ejes. Los programas de la abogada peruana se analizan como un ejemplo de telebasura elevado a arte: casos donde la desgracia ajena se convierte en un show, con un público que jalea a la víctima y lapida al villano. La schadenfreude, esa alegría por la desgracia ajena, se convierte en motor del rating. Los casos que se describen incluyen sicariato, maltrato doméstico y hasta abuso de menores. La crítica es doble: a la explotación del sufrimiento y a la falsa ayuda que se ofrece a las víctimas, como el famoso carrito de sándwiches que se regala a una muyer sin empleo. El análisis concluye que la justicia en esos programas es teatro puro, y que la deshumanización del «villano» es el recurso más efectivo para la catarsis del público.
Desabrigadez simbólica y censura: el caso de La Guerra de los Botones
La última veta es la más interesante desde el punto de vista cinematográfico. La Guerra de los Botones, la novela de Louis Pergaud, ha tenido varias adaptaciones. La escena en la que los niños se desabrigadan para atacar a sus rivales es, para muchos, el momento cumbre de la obra. En la versión de 1962, los críos aparecen completamente desabrigados; en la irlandesa de 1994, el contexto de lucha de clases hace que la desabrigadez sea el uniforme de los pobres; en las versiones de 2011, se recorta la escena con calzoncillos y trigo que tapa lo que no se debe ver. La paradoja: el desabrigado infantil aquí no es erótico, sino una armadura simbólica. La censura, en cambio, la vacía de significado. El caso de Los Simpson, con la famosa escena de Bart desabrigado, ilustra cómo las cadenas y los censores se ríen de su propia hipocresía: una palabra malsonante se cuela a pesar de todo, mientras el píxel y el emoji intentan tapar lo que no molesta.
¿Qué queda de todo esto?
¿Qué queda de todo esto? La impresión de que el debate cultural sigue abierto. Mientras unos reclaman un cine más honesto y menos subvencionado, otros defienden el valor de la desabrigadez simbólica frente a la sarracena censora. La pregunta final es incómoda: ¿hasta qué punto el sistema de premios y la telebasura están configurando nuestra manera de consumir cultura? Quizá la respuesta no esté en las pantallas, sino en la crítica que nunca llega a los medios mainstream.