El cine español que pagas con tus impuestos: ni gratis vale
El trailer de la nueva comedia española financiada con dinero público ha reabierto el eterno debate: ¿estamos pagando basura con nuestros impuestos? La película, que se autoproclama como una defensa de la inclusión, ha sido recibida con una mezcla de indiferencia y rechazo. Los chistes, según las primeras críticas, son los mismos de siempre: sketches de WhatsApp y humor de brocha gorda. Pero lo más llamativo no es el argumento—que apenas existe—sino la reacción: un clamor popular pidiendo que se suba el IVA cultural al 38% para que este tipo de producciones dejen de ser rentables.
La fórmula del fracaso garantizado
El patrón se repite: un trailer con los únicos momentos graciosos, y el resto, relleno. Como señalan los análisis, lo mejor de la película se ve en dos minutos; lo demás son risas enlatadas y situaciones forzadas. La comparación con 'Campeones', un éxito de crítica y público, es inevitable. Pero esta nueva entrega parece haber olvidado la fórmula: no basta con poner a personas con discapacidad delante de la cámara si el guion es un desastre. El resultado es un producto que ni siquiera sus defensores se molestan en ver completo.
El dinero de todos, la diversión de nadie
La pregunta sobre si realmente está pagada con impuestos queda en el aire, pero la sombra de las subvenciones al cine español planea sobre el proyecto. Mientras algunos claman por la quema de las cintas y el cobro retroactivo a los autores, otros recuerdan que el cine español ha tenido éxitos internacionales. El problema no es la subvención, sino el destino: cuando el dinero público se utiliza para repetir los mismos chistes de hace veinte años, el contribuyente tiene derecho a preguntarse si no habría sido mejor gastarlo en otra cosa.
Con la misma receta de siempre, esta película parece destinada al olvido. Pero quizás su mayor legado sea reabrir el debate sobre cómo se financian las producciones culturales en España. Mientras los políticos prometen cambiar el modelo, el trailer sigue ahí, como un monumento a la mediocridad subvencionada.