Trance, house y makinero: la electrónica que resiste al reguetón
A media tarde, una emisora online llamada Dancefmlive Trance lleva horas sonando sin descanso. No es la fórmula de las listas de éxitos, sino otra cosa: la banda sonora de quienes buscan pista de baile sin caer en el reguetón. La música electrónica posterior a los 80 es un territorio amplísimo, y el debate sobre cómo llamarla vuelve a encenderse cada vez que alguien suelta un clásico.
La guerra de las etiquetas: todo es «tecno» en España
El primer choque es semántico. Mientras unos defienden que «tecno» es un cajón desastre que incluye trance, house y disco, otros exigen precisión. «De momento techno lo que se dice techno no has puesto», fue la réplica a una primera tanda de canciones. La respuesta no se hizo esperar: «Trance, disco, como quieras llamarla. Se puede decir TECNO, que estamos en España». La analogía con el heavy funciona: aquí lo heavy abarca desde el rock duro hasta el metal sinfónico, y nadie se molesta en afinar.
Los puristas tienen su razón: el trance apela a la melodía hipnótica y a la construcción emocional; el house conserva el alma negra y el bajo grueso; el techno es más seco, mecánico y repetitivo. Pero en la práctica, en las sesiones de baile las fronteras se diluyen.
Old skool techno y el rescate de los 90
La nostalgia funciona como pegamento. «Es old skool techno», se advierte al compartir un tema antiguo. Y a partir de ahí aparecen Robert Miles con sus versiones de 'One and One', los remixes de 'It's My Life' de Talk Talk, Michael Cretu o clásicos del sello Genlog. La conversación se llena de versiones y más versiones: la de Allan Jay, la de Mint Julep, la versión original. El oyente de los 90 se reconoce en cada una de ellas.
Para los que crecieron en esa década, la «época dorada del trance» fue algo más que música: fue la banda sonora de la adolescencia, de los primeros viajes, de las madrugadas. Recuperar esos temas no es arqueología musical, es reencontrarse con uno mismo.
La abuela makinera y el pulso del subwoofer
En medio de la selva de géneros, el makinero merece capítulo aparte. «A modo de curiosidad, la abuela makinera», se presenta un vídeo. La escena makinera, hija del bakalao valenciano, tiene su propia mitología: BPM altísimos, samples estridentes y una estética irónica que se ríe de sí misma. Mientras unos pedían «noise para tirar de subwoofer», otros reventaban altavoces con el Trance Makinero de Genlog.
La controversia llega a los detalles: «La que sonaba en Overdrive no era la original, sino el remix». Y la recompensa es encontrar al colaborador que actualiza la referencia: la versión de Amber Broos en Tomorrowland se coloca como la mejor interpretación para muchos. No hay consenso, pero hay pasión.
Valencia, cuna de la fiesta electrónica
La reivindicación valenciana atraviesa todo el relato. «En Valencia empezó la fiesta, en España y luego en el resto del mundo», se afirma sin matices. «Sin Valencia no existiría la música electrónica». Es una tesis arriesgada, pero respetable: la Ruta del Bacalao y las salas de Valencia son patrimonio histórico de la fiesta mundial.
Tras la tragedia de la DANA, uno de los participantes en esta larga conversación rindió homenaje a la ciudad y a sus gentes, posteando canciones del llamado «sonido de Valencia». El gesto convierte la nostalgia en solidaridad, y la música en memoria colectiva.
La herencia de la radio: Zona 3 y la voz de Sonia Britz
Antes del streaming estaba la radio. «Algunos de por aquí os acordaréis del programa Zona 3 de Radio 3 que se emitía las madrugadas de los findes a cargo de esa voz sensual y poética de la finada Sonia Britz en la década de los 90s», recuerda un participante. El tema de intro del programa es un artefacto de nostalgia pura, una cápsula sonora que conecta generaciones. La radio pública, con su programación experimental, fue el vehículo que llevó estos sonidos a quienes no tenían acceso a las discotecas.
El algoritmo como pinchadiscos
El hilo de la nostalgia no sería posible sin el nuevo DJ: el algoritmo de YouTube. «¿Estos temas te los ha metido el algoritmo?» se pregunta en un momento dado. Y la respuesta es que sí: las sugerencias automáticas están recuperando joyas que llevaban años en el olvido. No es un fenómeno menor: el descubrimiento de un productor llamado Chipstyler llevó a un seguidor a atesorar 200 canciones y sets suyos. «Me ayudó a reencontrarme con mi yo de 16 años», confesó.
La recomendación automática está reescribiendo el canon de la electrónica, y en ello hay un componente generacional: los que buscaban en tiendas de discos ahora encuentran en los listados de «siguiente vídeo».
Un adiós con 200 canciones
La conversación no acaba: se transforma en biblioteca. El cierre de una de sus etapas llegó con un testimonio que resume la mecánica del fenómeno: «Conocí y reencontré canciones corrientes artistas y recuerdos», se despidió uno de los habituales, tras reconciliarse con su yo de 16 años. El makinero, el trance y el house siguen ahí, esperando al siguiente pinchadiscos, ya sea humano o algoritmo.
En un mundo dominado por el reguetón de fórmula y las pistas prefabricadas, esa resistencia tiene algo de militancia. La diferencia entre BPM y sentimentalidad es cosa de cada cuál, pero la pista de baile que nació en los 80 no se ha apagado. Solo espera a que alguien pulse play.