El hispanchismo: cuando parte de España rechaza ser hispana
La Hispanidad se ha convertido en un terreno minado. Bajo la etiqueta «hispanchismo», un término con retintín, se agrupa un discurso que cuestiona el vínculo con Hispanoamérica, lo considera impostado y lo asocia a la presión migratoria. No hay siglas, manifiesto ni portavoces oficiales. Hay una corriente de opinión que cruza relectura histórica, datos demográficos y cálculo electoral, y que se ha hecho un hueco en redes sociales y espacios de discusión digital.
La pregunta de fondo no es nueva: qué es España respecto a los territorios que fueron su imperio. Y la respuesta que gana peso en una parte del público es tajante: españoles, a secas, sin añadidos ni comunidades imaginarias. Frente a esa posición, otra corriente sostiene lo contrario, que la lengua, la historia compartida y los flujos de población hacen del vínculo hispanoamericano algo difícil de liquidar por decreto.
Qué es el hispanchismo y a quién señala
El término se usa en las dos direcciones. Quienes rechazan la Hispanidad lo emplean para etiquetar con sorna a quienes la reivindican; a la vez, funciona como paraguas de un discurso que considera esa comunidad un invento institucional, sostenido desde arriba y sin base en la vida cotidiana. En la práctica no existe una formación parlamentaria cuyo eje sea ese rechazo.
El choque tiene una dimensión práctica y otra simbólica. La práctica es migratoria: qué política de fronteras y qué incentivos se aplican. La simbólica es de vocabulario: cómo se llama a los de fuera y cómo se llama a los de dentro. Ahí es donde la etiqueta hace daño, porque niega al otro el nombre que se ha dado a sí mismo.
220 años, criollos y el origen francés de «latinoamericano»
El argumento histórico que más se repite sitúa el punto de partida en 1808-1810, cuando las juntas americanas se activaron mientras la Península se desangraba contra Napoleón. De ahí sale la cifra que ordena todo el relato: las independencias se consumaron hace unos 220 años y, según esta lectura, aprovechando que la metrópoli estaba ocupada.
La segunda pieza es quién rompió qué. Se sostiene que fueron las élites criollas, descendientes directos de españoles, las que optaron por la secesión, mientras buena parte de la población indígena permaneció leal a la corona y engrosó las filas realistas. La tercera pieza es de vocabulario: que el término «latinoamericano» fue una construcción francesa del siglo XIX, impulsada en la época de Napoleón III, para reclamar influencia en la zona apelando al origen latino del idioma.
Como refuerzo se cita un fragmento del expresidente colombiano Laureano Gómez, que gobernó entre 1950 y 1953, en el que calificaba de estigmas de inferioridad las herencias indígena y africana. El dato se usa para argumentar que la jerarquía racial también se sostuvo dentro de la propia región, y no solo desde Madrid.
Natalidad de 1,1 hijos y el Madrid de 2040
Los números que se manejan son pocos y gruesos. Una natalidad de 1,1 hijos por mujer, el llamado invierno demográfico y una inmigración que se presenta como masiva. De ahí se extrae la conclusión de que la sustitución demográfica es aritmética y no opinable. El contraargumento habitual es que esos mismos datos describen a media Europa y que el problema no es quién llega, sino cuántos hijos se tienen.
En el otro plato de la balanza está la proyección urbanística: Madrid alcanzaría los ocho millones de habitantes en 2040. Unos leen ahí dinamismo económico y capacidad de atracción; otros, la confirmación del temor. El mismo número sirve para las dos trincheras, que es exactamente lo que pasa cuando la demografía entra en política.
El hueco político: Alvise Pérez y la falta de siglas propias
Si el discurso no tiene partido, sí tiene nombres. El de Alvise Pérez aparece como opción por descarte, con reparos explícitos sobre su perfil, y se menciona a otras figuras como posible origen de una escisión por la derecha. Nadie da por bueno ese encaje: el reproche más repetido es que los candidatos disponibles acaban siendo parte del problema que dicen denunciar.
Ese desencanto tiene una lectura electoral sencilla. Un malestar sin representación no se traduce en votos automáticamente; puede quedarse en cabreo de sobremesa o puede buscar acomodo en formaciones que no lo piden. La consecuencia, de momento, es una demanda insatisfecha con oferta confusa.
Hispanidad 2026: más de 200 actividades en Madrid
Mientras tanto, la agenda institucional va por otro camino. La
Comunidad de Madrid ha programado Hispanidad 2026 con más de 200 propuestas de música, cine, arte, patrimonio y folclore repartidas por cerca de 70 espacios, del 2 al 12 de octubre, bajo el lema «Todos los acentos del español caben en Madrid» y con Estados Unidos como país invitado.
La convocatoria se lee desde los dos lados. Para unos es la prueba de que las administraciones empujan un marco identitario que parte de la población no compra. Para otros es simplemente política cultural con presupuesto y calendario, sin más trascendencia.
Prever qué ocurre es arriesgado. Si la demografía sigue el guion previsto, la fractura seguirá abierta y se reciclará cada octubre con la misma liturgia. Lo que no está escrito es que ese malestar llegue a las urnas: hasta ahora, ninguna formación ha logrado capitalizarlo con escaños. Los números apuntan hacia un lado; la política, casi siempre, hacia otro.