Gansos, carpas y palomas: el menú ilegal de los parques urbanos
Capturar un ganso en un parque público y llevárselo a casa para cenar no es una anécdota pintoresca: es la punta visible de un conflicto que lleva décadas cociéndose en los espacios verdes de media Europa. El incidente, ocurrido en un parque británico, ha reabierto una grieta que no es solo animalista.
La escena es simple: un grupo de recién llegados al país agarra un ganso, se lo lleva y lo cocina como si nada. La indignación no se hizo esperar: «Van a dejar los parques sin fauna», resumía uno de los primeros comentarios. Otros apuntaron que no era un ganso sino una gaviota, como si la especie cambiara el diagnóstico.
España también tiene su estanque
Quienes han seguido la polémica británica mirando a España con una ceja levantada tienen motivos. El estanque del Retiro, en Madrid, ha sido durante décadas escenario de pesca furtiva de carpas: hay testimonios que lo sitúan hace 25 años, y otros que recuerdan casos similares en otros países como referencia. Más cerca, en una pequeña laguna de la provincia de Granada, desaparecieron los patos hace más de dos décadas, un episodio que algunos cronistas locales atribuyen a una cacería improvisada con final culinario.
Cultura, hambre o desprecio por lo público
La cuestión de fondo no es ornitológica. Hay quien sostiene que se trata de un choque cultural: en muchos países, cazar un animal urbano no es un delito, es despensa. «Hay comida a la vista, no hay dinero y su cultura les dice: ahí hay una despensa», resume una de las lecturas más crudas. Frente a eso, la corriente mayoritaria considera que los espacios públicos no son un supermercado, y que la fauna urbana es patrimonio común. El argumento del ahorro —hacerse con un ganso en lugar de comprarlo supone unos 50 euros— no hace sino tensar más la cuerda.
El giro romano
Lo más instructivo de la conversación es cómo se desvanece. De la caza del ganso se saltó a la pesca en el Retiro, de ahí a las costumbres alimentarias de distintos colectivos y finalmente a una discusión bizantina sobre si los romanos tenían conocimientos científicos o solo recetas de artesanía. Esa deriva no es accidental: revela que el tema de fondo —quién define las normas de lo común y qué margen hay para costumbres importadas— sigue sin respuesta, y cada intento de abordarlo se enreda en capas de resentimiento y pedantería.
Ninguna de las dos posiciones resuelve la pregunta incómoda: ¿es un problema de legalidad, de integración o simplemente de hambre? Mientras tanto, los parques seguirán teniendo gansos —hasta que alguien decida que son un recurso, no un adorno. El ganso, desde luego, ya no vota.