Valencia se inunda otra vez y la alerta vuelve a llegar tarde
Un coche navega por una calle de la capital valenciana, el agua supera la acera, hay contenedores flotando en mitad de la calzada y, por los testimonios que salen de la zona, se llegan a formar pequeñas olas. La tormenta descarga con violencia durante media hora larga y después amaina. Septiembre, otra vez. Dos años después de la DANA que arrasó Paiporta, la provincia vuelve a mirar al cielo con la misma pregunta de siempre: qué se ha hecho desde entonces.
¿Por qué la alerta volvió a sonar con el agua ya cayendo?
El aviso al móvil llegó a unos sin una sola gota en la calle y a otros cuando ya llovía a cántaros desde hacía una hora. En Paterna se suspendieron clases y se cerraron centros oficiales durante toda la tarde para un episodio que, en varios puntos, se quedó en chaparrones de los de toda la vida. El agua pidió paso por túneles y calles puntuales, arrastró algún coche y llenó bajos. Nada más.
Hay quien sostiene que el sector público ha pasado de pecar por defecto a hacerlo por exceso: primero falló el año de la catástrofe, ahora se sobrerreacciona con cada alerta naranja. En contra pesa el argumento contrario: con una borrasca que venía del interior y caudales imposibles de repartir sobre el mapa de antemano, ser precavido no es un defecto. La diferencia entre un aviso útil y un aviso inútil sigue sin resolverse, riada tras riada.
El estado real de los embalses y las presas
Circula cada vez que llueve el aviso de que van a abrir los embalses y con ello llegará la riada. Los datos que se manejan no lo sostienen: los pantanos de la zona están por debajo del 50% y no había pronóstico de más lluvia para lo que quedaba de semana. Tampoco aparecía apertura alguna de los tres embalses de la cuenca.
El episodio de 2024 sirve para entender por qué el reflejo sigue ahí. La presa de Forata se llenó en dos horas, pasando del 13% al 110%, y su desagüe de fondo estaba atascado de lodo, así que abrirlo era inviable. La de Buseo no tiene compuertas. Y en la zona de los barrancos, la que se llevó la peor parte, sencillamente no hay embalses que abrir.
¿Se puede seguir viviendo en los barrancos de l'Horta?
El asunto de fondo no es meteorológico, es urbanístico y fiscal. Toda esa área funciona como una albufera gigantesca que, con lluvias torrenciales, se convierte en mar. Su habitabilidad depende de una infraestructura hídrica faraónica y de un mantenimiento carísimo, permanentemente aplazado. Se apunta a una idea incómoda: dar ventajas fiscales muy potentes para que la gente vaya abandonando esas zonas.
Mientras tanto, el resto de España camina hacia el problema opuesto, un semidesierto creciente. Y la construcción en zonas inundables sigue ahí, año tras año, sin que nadie firme la factura de lo que cuesta reconstruir los bajos, los coches y las vidas cada vez que el barranco se llena.
El pulso político que se reabre con cada gota
Cada riada reabre la misma batalla: la Generalitat y el Gobierno central cruzan acusaciones sobre quién avisó, quién tardó y quién no movilizó medios. En 2024 se reprochó a la Administración central no haber desplegado al Ejército ni haber aceptado ayuda internacional, una acusación que se lanza con insistencia pero que no está acreditada como hecho probado. La crítica a la falta de inversión en obra hidráulica, en cambio, la suscriben voces de signos opuestos.
Veinticinco años después de acabar la carrera, quien vivió aquellas riadas de juventud comprueba que el metro se sigue inundando igual, con el extra de una alerta al móvil que llega cuando la calle ya es un río. El dato descoloca: no ha hecho falta un diluvio para reabrir la herida. Ha bastado media hora.