Dejar el mundo atrás: el thriller de Netflix que disparó las teorías geopolíticas
¿Qué película pasó sin promoción, sin estreno en salas y acabó convertida en una fábrica de interpretaciones? Dejar el mundo atrás, el thriller doméstico de Netflix dirigido por el creador de Mr. Robot y producido por Michelle y Barack Obama, no arrasó en taquilla porque no hubo taquilla: se estrenó directamente en catálogo y desde ahí se convirtió en un fenómeno de lectura libre. Alrededor de esta ficción apocalíptica, con Julia Roberts al frente del reparto, se ha montado un volumen de análisis que supera con mucho la propia película. Hay quien la ve como un aviso sobre el colapso de las infraestructuras, hay quien solo encuentra propaganda y hay quien apaga la televisión a mitad. Y ninguno de los tres bandos está dispuesto a ceder.
De qué va realmente la película
El punto de partida es de manual: una familia acomodada alquila una casa de lujo en una zona residencial de la costa, a media hora de Nueva York, para desconectar unos días. De madrugada, un padre y su hija llegan a la puerta con una excusa —un apagón— y una advertencia: fuera está pasando algo grave. A partir de ahí, las comunicaciones caen, aparecen mensajes extraños, se ven aviones en descenso y el mundo exterior se desmorona sin que nadie explique del todo qué ocurre. Es un thriller de tensión sostenida, rodado sin grandes alardes de presupuesto, que se estira hasta las dos horas y veinte minutos de metraje. La primera hora funciona; la segunda, según varias de las lecturas que circulan, empieza a desinflarse y deja un final que a muchos les pareció una pérdida de tiempo.
El pleito del «woke»
Aquí arranca la pelea. Una parte del público sostiene que la cinta está diseñada para ridiculizar a los protagonistas blancos: el padre aparece dócil y acomplejado, la esposa como una mujer controladora, el hijo como un adolescente sin oficio. Los dos desconocidos que llegan a la casa, en cambio, quedan retratados como educados, lúcidos y casi infalibles. Que los productores ejecutivos sean los Obama basta, para este sector, como declaración de intenciones. La defensa responde con un argumento tan simple como difícil de rebatir: repartir etiquetas según cuántas personas de cada grupo salen en pantalla es una forma bastante pobre de analizar cine. Y aquí hay una familia de cuatro y dos desconocidos, ni más ni menos. El pulso, en cualquier caso, sigue abierto.
El protocolo de colapso que se atribuye a la trama
Más allá del reparto, hay una corriente que sostiene que el verdadero contenido de la película es un manual. En la ficción se describen tres fases: primero la ruptura de las comunicaciones, después el caos social y la desconfianza generalizada, y por último el vacío de poder. Es una lectura que algunos trasladan a episodios recientes, con la pandemia como ejemplo de libro, y que la película no confirma en ningún momento: es ficción, y lo que hace es dramatizar un escenario. Conviene ser claro con esto. Ninguna de estas interpretaciones está respaldada por pruebas; son lecturas que circulan y que se atribuyen a una corriente que ve en cada fotograma una confesión anticipada. El director viene de Mr. Robot, una serie que jugaba justamente a la ambigüedad entre lo real y lo imaginado. De ahí, buena parte del ruido.
Los detalles que se leen como señales
El folclore interpretativo ha encontrado munición en los detalles pequeños. El nombre de un barco que aparece en la trama remite a un navío histórico vinculado al comercio de esclavos, y hay quien ve en cada elección de vestuario un guiño deliberado. También se pregunta por qué no hay vecinos por la calle en un barrio tan exclusivo; la respuesta se suele dar por evidente: el enclave está aislado y el puente de acceso, colapsado. El análisis se complica cuando entra el ruido de fondo. Un sector maneja conceptos como el de «programación predictiva», una idea que se mezcla con la misma ligereza con la que se cruzan el terraplanismo y los bulos climáticos. La asociación tiene un efecto conocido: cuando se mezclan cosas sensatas con disparates, es más fácil descartar en bloque cualquier pregunta incómoda.
Por qué importa todo este ruido
Al final, la película ha funcionado como caja de resonancia. Ha servido para hablar de infraestructuras críticas, de la dependencia de los satélites, de cómo un país se desmorona cuando se le corta la información. Y también ha servido para confirmar que buena parte de la conversación digital consiste en interpretar un fotograma hasta que cuadre con lo que cada uno ya pensaba de antemano. Dos horas y veinte de metraje, un puñado de teorías y ninguna conclusión firme. Al guionista, desde luego, le salió rentable.