Clásicos ochenteros: nostalgia contra rewatch
La generación que creció con los 80 ha construido un canon blindado. Juegos de Guerra, La Historia Interminable, Blade Runner o El club de los poetas muertos vuelven a la palestra cada cierto tiempo con una pregunta incómoda: ¿son obras maestras o productos que se recuerdan con cariño porque no se volvieron a ver? Esta semana, el filtro del rewatch ha dejado un reguero de mitos caídos.
Juegos de Guerra, el primer damnificado
La cinta de 1983 divide a los analistas como pocas. Por un lado, se la acusa de tener un argumento rocambolesco, un protagonista sin carisma y un metraje estirado hasta casi las dos horas cuando el material daría para ochenta minutos. La fuga con una grabadora al estilo de serie de televisión es el ejemplo que se repite. Por otro, hay quien sostiene que ha envejecido muy bien y que su mensaje sobre la guerra nuclear y la deshumanización militar conserva toda su fuerza.
No es un caso aislado. La Historia Interminable también suena como bodrio infumable en versión adulta, pese a ser un objeto sagrado para los que la vieron en el cole. El resplandor, En busca del fuego y La chaqueta metálica reciben críticas similares: quedarse en la anécdota, dormir en el ecuador o morir tras el primer acto. En el caso de La chaqueta metálica, el consenso se reduce a la primera parte.
Blade Runner: lenta o densa, ahí está la cuestión
El caso más reñido es Blade Runner. La corriente escéptica la considera lenta de cojones, con un protagonista supuestamente superior que encaja palizas y un ritmo que pierde al espectador. La corriente defensora responde con un desglose milimétrico: en una hora y 57 minutos hay introducción de villanos, presentación del mundo y del protagonista, planteamiento de la trama, desarrollo de los replicantes con sus niveles físicos y mentales e investigación en la corporación que los crea. Denso, no lento. Esa es la disputa.
El matiz generacional pesa. Ver estas películas de niño o de adolescente no es lo mismo que verlas con treinta o cuarenta años más encima. El club de los poetas muertos funciona como ejemplo: gustó en su momento y existe la duda razonable de si aguantaría un segundo visionado. La nostalgia vende, pero el rewatch es un examen aparte.
El culto incómodo de Dune y la garantía Cannon
Entre los defensores del cine ochentero aparece un caso curioso: Dune de 1984. Flop de taquilla, críticas negativas y, aun así, estatus de culto. Su encanto está en lo incómodo: Sting en calzoncillos, luchas con hologramas, el primer papel de ciencia ficción de Patrick Stewart. Cosas que no se encuentran en el cine actual. No se la considera sobrevalorada porque nadie la usa como contraejemplo de la versión moderna de Villeneuve. Simplemente existe.
En el extremo opuesto, una productora se erige en garantía de revisionado: Cannon Films. Cintas como Cobra, Delta Force, El Guerrero Americano y El Justiciero de la Ciudad se defienden solas. Sin pretensiones, funcionan como entretenimiento puro, que es lo que muchos echan de menos en el canon supuestamente serio.
Lo que no se toca
Hay películas que escapan al descrédito. Indiana Jones y el templo maldito es defendida como la mejor película de aventuras de la historia, con escenas míticas encadenadas. Excalibur sigue siendo una obra maestra. Golpe en la pequeña China aguanta el paso de los años, lo mismo que Laberinto, Legend y Cristal Oscuro. Y la trilogía de Regreso al futuro se lleva el título de auténtico cine ochentero de entretenimiento, por delante de la primera trilogía de Star Wars, con su escena del bar más cercana a los Teleñecos que a un universe serio.
La brecha entre nostalgia y revisión no se va a cerrar. Hay quien prefiere no volver a ver sus mitos para no estropear el recuerdo y quien reivindica el cine de Cannon como único superviviente realista. El cinéfilo ochentero se queda con la duda de fondo: ¿el clásico está en la película o en la memoria de uno mismo?