Eric Finch
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Los malos resultados de España en PISA se deben a una mezcla de pedagogías erróneas, un igualitarismo que promueve la mediocridad y la politización del sistema educativo, más que a factores superficiales como la tecnología o la inmigración.
La educación en España parece estar en una espiral descendente, y los últimos resultados de las pruebas PISA de 2026 no han hecho más que confirmarlo. No es que sea la primera vez que vemos cifras preocupantes, pero sí es cierto que esta vez parece haber cundido una cierta conmoción. Es una novedad, quizás, porque a menudo tratamos la educación como un tema importantísimo en abstracto, pero que nadie se moleste demasiado con sus problemas reales.
Lo curioso es que este patrón de malos resultados no es exclusivo de España. Muchos países occidentales parecen estar en la misma barca. Hay alguna excepción, como el Reino Unido, que ha logrado una remontada interesante, situando a sus alumnos casi dos cursos por encima de los españoles. Y eso que los británicos también lidian con problemas serios, similares a los nuestros. ¿Qué están haciendo ellos que nosotros no?
Se suele caer en el análisis fácil: la culpa es del gobierno de turno, de la falta de tecnología, de las redes sociales, de la inmigración o de la escasez de fondos. Pero los que analizan esto a fondo señalan otras causas, más persistentes y complejas. Hablan de la persistencia de ciertas pedagogías fracasadas y de problemas serios con la atención de los chavales.
Una de las raíces del problema, y no es algo reciente, se remonta a las teorías pedagógicas que triunfaron en Occidente tras 1968. Se empeñaron en desmantelar la escuela tradicional, tildada de autoritaria y memorística. La idea era cambiarla por un modelo donde se suprimiera la autoridad, se confundiera juego y aprendizaje, y se promoviera un "aprender a aprender" que, en la práctica, ha llevado a una regresión. Sí, jugar es instructivo, pero aprender requiere esfuerzo. Mientras otros países vuelven a poner el énfasis en esto, en España parece que eludimos el problema.
Otro de los grandes males es la conversión de la educación en un sistema de promoción social igualitarista. Lo que pudo ser un proyecto ilustrado legítimo, degeneró en el cultivo de la mediocridad. Manipular la información, promover la promoción de curso automática y prohibir, de facto, el suspenso, genera falsos progresos. Las estadísticas se inflan, y la evaluación real queda en un segundo plano. Las notas de la selectividad, por ejemplo, a menudo ocultan una preparación deficiente para la universidad.
Además, la profesión docente también ha sufrido una degeneración. Se ha convertido en un empleo privilegiado, a menudo hostil a la rendición de cuentas. El exceso de docentes incapaces, fruto de una mala formación previa y de la influencia sindical, es un tabú. La escuela termina adaptándose a estos privilegios, en lugar de al revés. Las huelgas, cuando ocurren, rara vez se centran en la mala pedagogía o la politización; suelen ser para reducir carga de trabajo o aumentar salarios.
La politización de la escuela es otro de los grandes lastres. En los peores casos, se convierte en un nodo de adoctrinamiento ideológico, como se ha visto con el nacionalismo obligatorio o la extrema izquierda. Los resultados de Cataluña en las pruebas PISA, por ejemplo, fueron tan malos que se llegó a expulsar a la región de la evaluación por hacer trampas. Los resultados del País Vasco y Navarra tampoco son para tirar cohetes.
Esta politización se manifiesta también en la proliferación de leyes educativas superfluas, en la entrega de la educación a pedagogías fracasadas para mantener la paz sindical, y en una burocracia asfixiante. El antiguo maestro se ha convertido en un escribiente de informes inútiles, obligado a reuniones constantes que buscan imponer una unanimidad forzada. La trampa es pensar que todo se soluciona con más dinero público. El caso del País Vasco es paradigmático: peores resultados con el máximo gasto por alumno. Pero, ¿gasto para qué, o para quiénes?
Se suele señalar a la inmigración masiva como una de las causas del declive educativo. Sin embargo, los datos obligan a matizar este impacto. Madrid, por ejemplo, ha mejorado sus resultados relativos, a pesar de tener una de las tasas de inmigración más altas. Gran parte de los inmigrantes en España son hispanohablantes, lo que supone una ventaja. Las catástrofes educativas en Cataluña y el País Vasco, sin embargo, sí parecen denunciar las consecuencias de la inmersión lingüística obligatoria en una lengua que no es la materna.
Respecto a la tecnología en las aulas, es una cuestión de sentido común. Hay herramientas digitales magníficas que ayudan a aprender, pero el desastre ocurre cuando se reduce el aprendizaje a saber manejar la tecnología. La formación de la mente alfabetizada exige aprender a calcular, a pensar por uno mismo, a leer y escribir en abundancia. Se trata de saber hacer preguntas y responderlas, de desarrollar el pensamiento crítico, no solo de buscar respuestas, que además pueden ser falacias.
Dedicar la mayor parte del tiempo a jugar con pantallas conduce a un atraso cognitivo. Los expertos hablan de una pérdida de la capacidad de atención: incapacidad para seguir una explicación prolongada, leer y entender un texto sencillo, o manejar ideas abstractas. Curiosamente, el grupo de alumnos que más retrocede en España es el de familias de renta alta que asisten a centros obsesionados con la inteligencia artificial y los chatbots. El culto de algunos ricos a la tecnología puede ser tan nefasto como la pobreza analfabeta.
China ofrece experiencias que nos podrían interesar. Las redes sociales, a las que algunos pretenden culpar del fracaso escolar, no son el problema en Singapur, Japón o China, donde los escolares son usuarios habituales sin que su educación se vea frustrada. En Oriente se basan en la experiencia histórica, la evaluación de resultados concretos y una reverencia por la autoridad docente, el aprendizaje disciplinado y el autocontrol personal. Ahí, quizás, nos señalan el camino a seguir.
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