Blade Runner, Mulholland Drive y Vértigo copan las listas de lo mejor del cine
Pedir cinco películas favoritas y recibir 276 listas en dos días dice poco del cine y bastante del que responde. El resultado sorprende a contrapié: las películas más repetidas no son los pelotazos de taquilla ni los clásicos de sobremesa, sino un puñado de títulos de culto que aparecen una y otra vez en bocas distintas. Blade Runner, Mulholland Drive, Vértigo, 2001 y Apocalipsis Now forman un podio que se repite con una monotonía sospechosa. Como si nadie quisiera ser el primero en confesar que su favorita de verdad es A todo gas.
El podio que aparece en boca de cualquiera
Basta leer veinte respuestas para detectar el patrón. Blade Runner la citan desde el que solo ve superproducciones hasta el que se mueve en cine de autor. Mulholland Drive aparece de forma casi mecánica. Vértigo se repite entre los que presumen de clásicos, igual que Barry Lyndon entre los amantes del blanco y negro. El consenso no es casual: son películas que funciona bien tener en la lista porque acreditan criterio sin exigir una defensa incómoda.
Lo llamativo es la convivencia pacífica entre propuestas opuestas. Unos cuelan A todo gas 1, 2, 3, 4 y 5 con toda la cara; otros, Adiós a Matiora o Cuentos de Tokio. Y nadie se lleva las manos a la cabeza. Hay una corriente que reivindica directamente lo popular y otra que construye su lista como un currículum.
Los cinco minutos que Malick le dejó a Adrien Brody
Entre lista y lista asoma el dato que da sentido al culto por La delgada línea roja. Adrien Brody fue al estreno convencido de ser el protagonista y se encontró con que Terrence Malick había cortado casi el 90% de sus escenas: su metraje quedó reducido a unos cinco minutos en una película de casi tres horas y a un par de réplicas. Es la anécdota que mejor explica por qué el cine de autor genera devotos y enemigos a partes iguales.
Ese subidón de prestigio tiene su reverso. La comparación entre Platoon (1986, ambientada en 1968) y La delgada línea roja (2000, ambientada en 1942) deja una idea incómoda: proyectar la mentalidad de los años 60 sobre soldados de la II Guerra Mundial es un ejercicio de arqueología sentimental que algunos consideran directamente absurdo.
Por qué Tarkovski no cabe entre las favoritas
Hay un argumento que se repite y que separa al cinéfilo del coleccionista de listas. Tarkovski gusta, pero no se pone. El motivo que circula es preciso: su existencialismo pesimista impide un visionado frecuente, y las favoritas exigen revisión, no solo admiración. La contradicción que se apunta no es menor: hablamos de un autor cristiano ortodoxo cuyo cine respira desesperanza.
El mismo rasero descarta a Buñuel o a Bela Tarr. Berlanga se cuela, y Kurosawa también, por una razón que se repite: el carisma de sus personajes engancha más que la perfección formal de otras latitudes. El gusto, al final, es ideología disfrazada de criterio.
Cinco es un número imposible
La conclusión más honesta del ejercicio es que cinco son demasiadas pocas. Abundan los que hacen trampa y añaden cinco más, los que se escudan en trilogías enteras o los que directamente pasan de listas y sueltan director tras director. Y entre medias, la sátira afilada de quien describe su top cinco como una sucesión de títulos vacíos, aplaudidos por millones y con puntuación alta en bases de datos, elegidos más para lucirse que para disfrutarse.
Queda la duda de siempre. Si tan fácil es repetir las mismas cinco de siempre, ¿cuántas listas dicen de verdad lo que a cada uno le gusta y cuántas dicen lo que cree que debería gustarle?