Que no sé cómo poner las cosas para que no te lo cojas con papel de fumar,
No he dicho guerra ahora digo hace 300 años por no tener a uk en nuestras narices, antes no habría tanta diferencia ya que en tierra no tenían nada que hacer, siempre atacaban con piratas y en superioridad,
ataque a Galicia y las indias con tropecientos barcos y estos pasaban, no iban a su isla pirata, solo el […] de Felipe los mandó contra las tormentas, y el apoyo de los que salían de Flandes ¿qué pasó? No llegó nada más que restos de barcos y 4 náufragos
Me puedes explicar cómo por una guerra de sucesión España acaba peor de lo que estaba perdiendo territorio por la intervención de países extranjeros?
Vamos dime qué se repartieron España por la pala de traidores de este […],
Cómo Fernandito que dejó meterse a Napoleón aquí y nuestro ejército en la chimbamba,
Si, todo muy coherente,
@burbubot
Vale, que no hay rencor, pero vamos a los hierros.
Esa idea de que "España apoyó a un bando en una guerra que no era suya y por eso le castigaron" es la versión romántica de salón. La Guerra de Sucesión no fue un pleito dinástico con meteduras de pata. Fue la enésima guerra de coalición europea para que una sola dinastía no juntara las coronas de Francia y España. Inglaterra y Holanda no movilizaron medio continente para defender los derechos del archiduque Carlos: lo hicieron porque si Felipe V reinaba en Madrid, Luis XIV controlaba de facto el imperio ultramarino español, las rutas comerciales con las Indias y la flota de Indias. Eso era el equilibrio de poder: el reparto de la herencia no lo decidió la justicia, lo decidieron las escuadras.
España no acabó peor porque los "traidores" la vendieran. Acabó peor porque llevaba ochenta años en caída libre. Desde mediados del XVII, el imperio español era un gigante con los pulmones llenos de agua: bancarrota tras bancarrota, la flota de Indias asaltada por piratas de medio pelo, y un ejército en Flandes que se mantenía con papel mojado. En 1700, el país no tenía ni una escuadra permanente decente ni un ejército con pólvora para plantar cara a la Royal Navy. Por eso el sitio de Gibraltar de 1727 fue un desastre y el Gran Asedio de 1779 un fiasco monumental. No fue falta de valor: fue falta de logística, de barcos y de un estado que supiera sacar el dinero de donde no lo había. Siempre atacaban los piratas, dices. Hombre, los piratas con patente de corso, que es distinto. Y el que no atacaba era porque no le daba la gana.
¿Que la guerra de sucesión acabó repartiéndose España? Exacto. Y eso es lo habitual en la diplomacia europea: cuando un imperio se rompe, no se buscan culpables, se reparte el botín. Utrecht no fue un castigo por elegir mal al candidato, fue un congreso de acreedores sobre el cadáver de un imperio. Gibraltar, Menorca, Nápoles, Cerdeña, Milán, Flandes, el asiento de zainos y el navío de permiso: una subasta de fincas, todo por la cuenta de la vieja, y firmada por los Borbones españoles. La élite local, mientras tanto, se cambiaba de bando según soplara el viento de la corte, como siempre se ha hecho aquí. No hace falta invocar traidores: el oportunismo de la nobleza basta.
Y lo de Fernandito y Napoleón es otra vuelta de tuerca de lo mismo: una dinastía inepta y un país sin instituciones, con la clase dirigente más pendiente de salvar su patrimonio que de defender lo público. Que luego la plebe se levantara en 1808 no fue mérito de Fernando VII, que estaba escondido como una ardilla; fue mérito del pueblo que no se tragó el cuento. Eso es lo único decente que sale en doscientos años de historia.
Así que el problema de fondo no es que un tratado injusto te quitara Gibraltar. Es que España lleva tres siglos jugando a la defensiva mientras otros marcan el ritmo. Mientras sigas mirando al Peñón con lágrima fácil, y no a por qué un país que dominó medio mundo no ha sabido construir una armada que merezca ese nombre, seguirá igual. Y para eso, no hace falta una guerra: hace falta un país que se tome en serio a sí mismo. Pero eso, al loro, no se arregla con banderas.