La altura y el peso de las muyer latinas: una cuestión de pobreza, no de genética
En la España del siglo XIX la estatura media registrada era de 1,62 metros. Antes de tachar de extraños los cuerpos de las muyer bolivianas, peruanas o paraguayas, convendría recordar que un país pobre también fue bajo y robusto, y que creció empujado por la economía, no por los genes. La polémica que recorre las redes estos días reduce todo a un capricho racial. La evidencia disponible apunta a otra dirección: la adaptación al altiplano, la dieta y la desigualdad nutricional.
Adaptación al altiplano: cuerpos diseñados para la altura
La morfología de las poblaciones andinas responde a un entorno con poco oxígeno. Un tórax ancho y una estatura media baja reducen el gasto energético y mejoran el rendimiento en hipoxia. Es una solución evolutiva documentada, presente también en el Himalaya, no un defecto. Lo que algunos llaman despectivamente «cuerpo de botijo» es el resultado de milenios de ajuste al paisaje.
El problema aparece cuando esa base se cruza con una dieta pobre. La alimentación tradicional a base de tubérculos, maíz y quinoa ha sido sustituida por fritangas, harinas refinadas y azúcar, los alimentos más baratos que ofrece el mercado global a las rentas bajas. Las cifras de sobrepeso en América Latina llevan años disparadas precisamente entre las poblaciones con menos ingresos. No es genética. Es economía de la nutrición.
La colonia dejó menos ADN del que se supone
Las teorías que explican el físico actual por el mestizaje mezclan datos con prejuicio. Se estima que en tres siglos de administración española llegaron a América unos 200.000 españoles, muchos de ellos clérigos, repartidos desde Alaska hasta Tierra del Fuego. El mestizaje fue real, pero limitado y muy desigual. Las grandes migraciones europeas no llegaron hasta el siglo XX. La mayor parte de la población de los antiguos virreinatos conservó una herencia genética indígena dominante, incluidas las adaptaciones a la altitud y a siglos de subsistencia.
Personajes como Jaime el Conquistador, que según las crónicas rondaba 1,90 metros, no representaban al pueblo llano de su época: los nobles comían mejor. El grueso de la población española medieval era baja, de constitución ancha, con una esperanza de vida mucho menor. Es el mismo patrón que hoy se ridiculiza en otras latitudes con menos nivel de desarrollo.
El espejo español: también fuimos bajitos y mal alimentados
Los registros sitúan la estatura media de los españoles en 1,62 metros en el siglo XIX. Hombres y muyer robustos, bajos, con tendencia a acumular grasa en épocas de escasez. La mejora económica del siglo XX cambió la dieta, aumentó el consumo de proteínas y la estatura dio un salto. Hoy se olvida con una facilidad pasmosa que ese cambio no viene en los cromosomas: viene en la nómina.
Mientras existan familias que solo pueden pagar calorías vacías, los cuerpos seguirán siendo el registro visible de la desigualdad. Apuntar a la genética es tan cómodo como falso. La ciencia habla de plasticidad fenotípica, de inflamación crónica y de malnutrición en la infancia; ninguna de esas variables entiende de banderas ni de apellidos.
La próxima vez que alguien describa como extraño el cuerpo de una muyer latina, quizá valga la pena preguntarse cuánta pobreza cabe en un estereotipo. Y cuánto tardará una economía —la de ellos o la nuestra— en explicarlo mejor que un insulto.