El mercado del deseo: por qué los hombres sobrevaloran a las mujeres
En un mercado, cuando la demanda supera con creces a la oferta, los precios se disparan y los compradores pierden la cabeza. Algo similar ocurre en el plano sentimental: la asimetría entre el deseo masculino, más intenso y menos selectivo, y la oferta femenina, más reducida y exigente, genera una dinámica donde muchos hombres terminan colocando a las mujeres en un pedestal. No es cuestión de romanticismo, sino de desequilibrio de poder.
La biología como factor de oferta y demanda
El impulso sexual masculino, más volcánico y persistente, convierte a los hombres en demandantes constantes. Como apuntan algunos análisis, esta pulsión crea una asimetría clara: ellos siempre están comprando, ellas siempre eligiendo. En la era de Tinder, donde la oferta de candidatos es infinita pero el filtro femenino es férreo, el poder de negociación se concentra en el lado femenino. Una mujer normalita puede tener decenas de pretendientes mientras que un hombre debe esforzarse mucho para destacar. Resultado: los hombres tienden a idealizar a cualquier mujer que les preste atención, inflando su valor percibido.
El coste de la desesperación
Otro factor que alimenta la idolatría es el miedo a la soledad o al "nuncafollismo". La escasez de oportunidades lleva a muchos a rebajar sus estándares y a tratar a las mujeres como diosas, incluso cuando ellas no aportan nada excepcional. La competencia es feroz: hay hombres dispuestos a someterse con tal de recibir un mínimo de afecto. Esta conducta, a menudo ridiculizada como "baboseo" o "falta de dignidad", tiene un coste de oportunidad: el tiempo y la energía invertidos en perseguir a alguien que no lo merece podrían destinarse a mejorar uno mismo.
El espejismo de la experiencia
Sin embargo, no todos caen en la trampa. Quienes han acumulado un historial amplio de relaciones o encuentros tienden a valorar menos a las mujeres en general. La familiaridad con la oferta disponible desmonta el mito de la singularidad. A más repetición, menos escasez percibida. El problema es que la mayoría de los hombres no alcanzan ese nivel de experiencia, ya sea por timidez, falta de recursos o condiciones del mercado.
La falacia del "endiosamiento" como inversión
Desde una perspectiva económica, idolatrar a una mujer es una inversión irracional. Se entrega poder sin contrapartida, se pagan costes de oportunidad enormes y se obtiene un rendimiento emocional incierto. Los hombres que se comportan así actúan como compradores en un mercado sin información perfecta, donde la publicidad (el físico, la actitud) oculta la calidad real del producto. Al final, el que pone a la mujer en un pedestal es el primero en caerse de él.
La reacción en cadena: inseguridad y agresividad
El desequilibrio también genera conflictos internos. Cuando un hombre siente que su posición es frágil, reacciona con celos o violencia. El hilo lo ilustra con la historia de una pareja donde un compañero de trabajo tira los trastos a la novia. Las opciones que se barajan van desde partirle la cara hasta mostrar indiferencia, pasando por mecanismos de control. Todo ello refleja una tensión entre el deseo de poseer y la imposibilidad de asegurar la exclusividad. El coste de la confrontación puede ser alto (denuncias, pérdida de empleo), pero la alternativa -mostrarse inseguro- también tiene consecuencias.
El mercado del deseo no tiene regulación, está plagado de asimetrías y la información es imperfecta. Mientras los hombres sigan compitiendo en un contexto de escasez artificial (o real), la idolatría seguirá siendo el comportamiento dominante. La pregunta que queda es si vale la pena salir del juego o si, como en cualquier burbuja, la corrección llegará cuando la demanda se modere.
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