El antisemitismo como arma política: el bulo del control judío del PSOE
En 1969, un futuro ministro español hizo labores de cooperación en un kibutz israelí. Allí conoció a una francesa de origen judío. La anécdota, rescatada de un perfil de crónica social, vale hoy como «prueba» de que el PSOE está dirigido desde una supuesta red alubia. Es, en realidad, el tropo intolerante de siempre con ropa nueva: convertir biografías en conspiraciones.
Las líneas que circulan mezclan tres niveles. Primero, el local: se citan apellidos de dirigentes políticos y se da por hecho que una onomástica basta para demostrar lealtades. Segundo, el global: la izquierda entera estaría «infiltrada» por el filántropo George Soros y por los servicios israelíes, con el PP y Vox apuntados hacia el otro bando. Tercero, el geopolítico: la acogida de refugiados gazatíes se reinterpreta como parte de un plan para «reforzar» a Israel con población desplazada.
De los apellidos a la teoría total
El salto es fácil de describir. Un cargo público con un apellido de origen judío, una estancia en Israel, una subdirección general en cooperación internacional —nombrada en junio de 2004— y la pieza encaja sola. Nadie aporta contratos, ni actas, ni reuniones; basta la coincidencia biográfica. Es la misma lógica que lleva a acusar al fruta Alvise de haber sido «creado» por esa supuesta red.
La única resistencia al relato no cuestiona el esquema, sino que lo amplía: todo el poder real está controlado por «los de siempre». Es decir, la conspiración no se discute; se interioriza. Cómodo, ¿verdad?
Por qué no cabe la duda
Aquí no entra el matiz porque la carga de la prueba se invierte: quien pregunta por evidencias es tachado de fistro o cómplice. El bulo funciona precisamente por eso: se presenta como «voz populi» y cualquier duda refuerza la pertenencia al club de los que saben.
Lo desolador no es que circulen estas teorías. Lo desolador es que el cierre de la conversación no pide pruebas, sino que asume que alguien, siempre, maneja los hilos. Cuando el escepticismo se convierte en fatalismo, el relato conspirativo ya ha ganado.