La CPI contra Netanyahu: orden de arresto sin dientes
El 21 de noviembre de 2024, la Corte Penal Internacional emitió por unanimidad órdenes de arresto contra Benjamin Netanyahu y Yoav Gallant por crímenes de guerra y contra la humanidad. La noticia recorrió el mundo, pero la pregunta que cualquier observador mínimamente informado se hace es: ¿y ahora qué? La respuesta, por cruda que sea, es que probablemente nada. Netanyahu sigue en su despacho, viaja a países aliados y la orden se ha convertido en un símbolo más de la fragilidad del derecho internacional.
El problema de la CPI: un tribunal sin policía
La CPI no tiene cuerpo policial, ni ejército, ni capacidad de detener a nadie. Su funcionamiento depende de que los 124 estados parte del Estatuto de Roma cooperen. Pero Israel no es estado parte, y Estados Unidos tampoco. Ambos han dejado claro que ignorarán la orden. Netanyahu puede moverse con libertad por países que no reconozcan la jurisdicción de la CPI o que, aun reconociéndola, prefieran no enfrentarse a las consecuencias diplomáticas y económicas de detenerlo. En la práctica, la orden es un papel mojado, salvo para limitar sus viajes a un puñado de países europeos dispuestos a cumplirla, algo que hasta ahora nadie ha hecho con Putin, también buscado por la CPI.
Estados Unidos contraataca con sanciones
Como era de esperar, Washington no se quedó de brazos cruzados. El gobierno de Donald Trump (o el de turno, da igual) impuso sanciones a cuatro funcionarios del TPI implicados en las investigaciones contra Israel y Estados Unidos. El secretario de Estado, Marco Rubio, justificó la medida como represalia por lo que consideran una persecución injusta. El mensaje es claro: si te atreves a investigar a nuestros aliados, te arruinamos. La hipocresía alcanza cotas sublimes, pero la realidad es que la CPI se queda sin margen de maniobra.
El derecho internacional, una farsa recurrente
La historia de las resoluciones de la ONU incumplidas por Israel es larga: la 181 (partición de Palestina), la 194 (retorno de refugiados), la 242 (retirada de territorios ocupados) y muchas más. Nunca pasó nada. El derecho internacional se aplica cuando conviene a los poderosos, y cuando no, se convierte en teatro. Pregunten a Putin, a los ayatolás o a los propios estadounidenses, que también han ignorado dictámenes de la Corte Internacional de Justicia. La CPI contra Netanyahu es el mismo espectáculo: mucha solemnidad, cero ejecución.
La pregunta que queda en el aire es si este tipo de órdenes sirven para algo más que para alimentar la burocracia internacional. Mientras tanto, Netanyahu seguirá haciendo política, y los palestinos muertos en Gaza no tendrán justicia. El sueño de un derecho internacional universal sigue siendo eso: un sueño.
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