Praga es la leche… pero ¿para quién?
Praga sigue siendo la ciudad centroeuropea que más turistas españoles deja boquiabiertos. Un viajero que acaba de cruzar la plaza de Wenceslao lo resume sin matices: metro puntual, calles limpias, cerveza barata y una sensación de seguridad que en Madrid se ha evaporado. La primera impresión es de paraíso, sí. Pero basta rascar un poco para que el relato se rompa: el casco histórico se ha convertido en un parque temático, los precios se disparan en las zonas turísticas y el residente ya no reconoce su ciudad. La pregunta incómoda: ¿a quién beneficia el turismo masivo?
La ciudad que se vende sola: transporte, cerveza y seguridad
Los primeros mensajes del viajero son un himno a la eficiencia checa. El tranvía funciona con puntualidad germánica, el inglés es lengua franca en cualquier bar y la corona checa sigue siendo asequible: alrededor de 25 coronas por euro, un tipo de cambio que convierte cada cena en un chollo comparado con Viena o París. La cerveza Kozel, servida de grifo, se convierte en la banda sonora del viaje. A esto se añade un componente menos medible: la sensación de seguridad, que elogia un visitante que recuerda que hace 25 años la misma ciudad era escenario de episodios violentos en locales nocturnos. El cambio es real, pero tiene letra pequeña. El autor del relato ha prometido subir las fotografías y el desglose de gastos al regresar; una promesa que mantiene en vilo a quienes siguen la ruta.
Demasiados turistas, demasiado pocos residentes
La crítica más repetida es que Praga ha pasado a ser un decorado. Un análisis recurrente lo dice sin rodeos: la ciudad es la leche hasta que te das cuenta de que la han transformado en un parque temático. El puente de Carlos a las diez de la mañana es una marea humana; el reloj astronómico, un espectáculo con vallas. Quienes conocieron la ciudad en 2004 recuerdan precios de otra época y una autenticidad que hoy se ha diluido. Incluso se advierte de las tradicionales trampas: el cambio de moneda en el centro aplica comisiones abusivas, y hay que desconfiar de las oficinas que anuncian 0% comisión pero juegan con el tipo. El consejo: alejarse del centro y buscar casas de cambio en calles secundarias.
España, el espejo en el que nadie quiere mirarse
La conversación salta inevitablemente hacia la comparación con España. Hay quien sostiene que hace 20 años se vivía mejor al sur de los Pirineos, y que ahora la balanza se ha inclinado: se come peor, los precios suben y la percepción de inseguridad crece. Pero es un terreno pantanoso. Cuando el tema salta a la gastronomía, la bronca está servida: hay quien coloca a Perú, Turquía o China por encima de la cocina española, y quien responde que todo eso es humo. Lo que nadie discute es que Praga ofrece una calidad de vida sorprendente por menos dinero, al menos para el visitante. La letra pequeña aparece cuando se habla de vivir y trabajar allí: la ciudad cambia por completo cuando pasas de turista a residente, como señala quien conoce ambas experiencias.
La noche: entre la leyenda y el negocio
Praga tiene fama de ser un paraíso para el vicio. El hierba se puede fumar en la calle, los bares no cierran y hay una oferta de salones de masaje y locales de alterne que el viajero descubre pronto. No hace falta entrar en detalles escabrosos: basta decir que el turismo sensual sigue siendo una pata importante de la economía, y que la ciudad ha aprendido a empaquetarlo como parte de su oferta de ocio. Para el que solo quiere marcha, la fiesta está garantizada. Para el que busca algo más auténtico, conviene recordar que los locales de moda son caros y masificados. La recomendación recurrente es salir del centro y buscar bares de barrio, donde la cerveza cuesta la mitad y la conversación fluye sin pantallas.
El viaje de unos días deja una impresión imborrable, pero conviene preguntarse si Praga sigue siendo esa ciudad que enamoró a los mochileros de los años 90 o si ya es solo un escaparate perfecto para selfies. La respuesta, como casi siempre, está a medio camino. Quien la visite por primera vez la encontrará preciosa. Quien la conozca de antes notará que algo se ha perdido. Y quien viva allí, probablemente no quiera ser turista en su propia ciudad.