Linux de escritorio ya funciona a la primera en un portátil
Un portátil cualquiera. Una instalación limpia de Fedora Workstation 43. Y ni una sola tarde perdida en ajustes. Wifi, bluetooth, pantalla, monitor externo, pantalla táctil, modo tableta sin teclado y hasta los giroscopios responden al primer arranque. Solo hubo que añadir a mano la extensión del dock y los botones de maximizar y minimizar en GNOME. Menos de 24 horas después apareció el primer fallo: el equipo tardaba una eternidad en cargar la batería y, enchufado, gastaba más de lo que metía. Un restablecimiento de la BIOS a valores de fábrica lo resolvió. Nadie sabe por qué.
El hardware que antes daba guerra ahora arranca solo
Durante dos décadas, la frase «este es el año de Linux en el escritorio» ha funcionado como broma recurrente. Lo llamativo ahora no es que un portátil reconozca todo su hardware, sino que eso haya dejado de ser noticia. Frente al caso que funciona, el reverso: una máquina con Fedora 41 incapaz de actualizarse sola y obligada a forzar el cambio de espejo de pantalla en los ajustes cada vez que despierta del modo reposo. Cuando el wifi no aparece tras instalar, el truco de siempre sigue vigente: conectar el móvil por USB, activar el tethering y bajar desde ahí el firmware que falta. Intel mantiene el mismo firmware iwlwifi para el chip 7265 y sus hermanos, y las últimas versiones de Debian ya lo incluyen de serie. La lotería del silicio sigue pesando más que la distro elegida.
GNOME, KDE y Cinnamon: cuatro escritorios y ninguna tregua
GNOME es el entorno por defecto de Fedora y de Ubuntu, y lo desarrollan en buena parte los mismos ingenieros. Eso no impide que arrastre fama de secta entre los entusiastas: hay quien no concibe otra cosa que KDE, quien defiende Linux Mint con Cinnamon por sencillo e intuitivo, y quien lleva años en una rolling release sin ver un kernel panic. Las versiones atómicas —Silverblue, Kinoite y Bazzite como derivada— han entrado con fuerza: bloques de sistema inmutables que se pueden revertir enteros.
Y luego está el argumento incómodo: sobran opciones. Decenas de distribuciones, familias, escritorios y gestores hasta el punto de que existe un nombre para el agotamiento que produce elegir. La tesis de que Linux nunca será mayoritario mientras no exista una única versión ultrapulida choca con la respuesta obvia: la variedad no es un defecto de diseño, es el producto.
¿Fedora es rolling release? No: seis meses por versión
Conviene deshacer un lugar común. Fedora no es rolling release salvo en su rama Rawhide: publica versión nueva cada seis meses aproximadamente y cada edición recibe soporte algo más de un año. Quien quiera actualización continua la tiene en Arch, en las versiones atómicas que se refrescan casi a diario —hasta dos veces por semana en ciertos derivados— o en un Ubuntu LTS que afronta el mismo apuro cada vez que se le agota el ciclo. Las cifras de longevidad que se manejan son elocuentes: una instalación sobre un Core i7 de 2011 se mantuvo actualizada hasta 2022.
El detalle que descoloca
En medio del entusiasmo, lo que nadie termina de digerir. macOS recordaba la posición y el tamaño de cada ventana desde los tiempos del MultiFinder; Windows lo incorporó en su versión 3.0 y OS/2 Warp lo daba por sentado. En Linux sigue dependiendo de si la aplicación concreta se molesta en guardar sus propios parámetros. ThinkPads con Ubuntu listos en veinte minutos. Un gestor minimalista moviéndose más rápido sobre un Core i3 que Oracle Linux sobre un Xeon. Y la ventana, al cerrarla y volverla a abrir, aparece donde le da la gana.