El aceleracionismo español: desear el colapso y no sobrevivirlo
Cuanto peor le vaya al país, mejor le irá a quien lo desea. Esa es la premisa del aceleracionismo, y lleva incorporada una trampa que casi nadie que la defiende se molesta en mirar: los que más ruido hacen pidiendo el reventón son, casi siempre, los que peor colocados quedarían si llegara. La conversación económica española ha dejado de discutir cómo evitar el colapso para discutir cuándo toca y a quién le pilla mejor situado.
La lista de catástrofes deseadas es larga y rotativa. Primero fue una invasión rusa que alcanzara Europa. Después, una guerra abierta con Marruecos por Ceuta, Melilla y Canarias. Ahora, un reventón económico global que arrase con todo. Cambia el enemigo; el anhelo se mantiene intacto. Y el vocabulario, también.
La rana hervida: veinte años de pérdida sin nombre
El diagnóstico que más circula no habla de conspiración, sino de desgaste. Veinte años de retroceso social y de poder adquisitivo, sin una crisis que se llame crisis, sin un enemigo identificable y sin un antes y un después que permita echarse a la calle. Es el clásico síndrome de la rana hervida: cuando el agua empieza a doler, ya no queda fuerza para saltar.
Ese desgaste explica buena parte del tono. Se sostiene que las oposiciones han pasado a ser un destino más deseado que una carrera universitaria, que la gente joven ha dejado de creer en un futuro digno y que el malestar ya no busca arreglo, solo desahogo. La distancia entre pedir un cambio y pedir un incendio es exactamente esa: la confianza en que esto pueda reformarse desde dentro.
«Cuanto peor, mejor»: la etiqueta y sus defensores
Al fenómeno se le ha puesto nombre: aceleracionismo. La etiqueta procede de la teoría política, pero su versión doméstica es mucho más modesta. Consiste en asumir que el sistema está podrido hasta el núcleo, que tapar agujeros solo alarga la agonía y que una catarsis —económica o militar— es la única vía para empezar de nuevo sobre terreno limpio.
Quien la defiende suele describirse como alguien que ya lo ha perdido casi todo. Y ahí aparece la primera grieta: quien no aguanta una paz con empleo y supermercado lleno no aguanta mejor una guerra, un corte de luz de varios días o una inflación desbocada. El contraargumento circula con sorna y es demoledor: los aspirantes a héroe del Mad Max serían los primeros en caer como carne de cañón mientras otros, mejor situados, contemplan el desenlace desde un sótano bien surtido. El cálculo detallado de quién resiste y quién no en un escenario así da resultados que sorprenden a propios y extraños.
El colapso siempre le pasa a otro
La observación más incómoda que ha producido el asunto es lingüística. Casi nadie habla del colapso en primera persona. Se dice «os van a cortar la luz», «vais a ir al frente», «los españolitos estáis jodidos». El sujeto que sufre es siempre un tercero: el vecino, el funcionario, el que vive en un edificio y se quedará sin agua corriente cuando deje de funcionar el bombeo.
Ese deslizamiento no es un detalle retórico, es el núcleo del problema. Imaginarse un país sin médicos para enfermos crónicos, sin agua en los pisos altos y con las tropas avanzando exige un ejercicio de empatía que el propio discurso evita de forma sistemática. Quien se autoexcluye de la catástrofe no la está analizando: se la está deseando a otros.
Junto al catastrofismo conviven dos coartadas viejas. Una es funcionarial: plaza fija, categoría alta y nómina garantizada, y a otra cosa. La otra es la del pequeño empresario que da trabajo a diez familias y alega que, por edad y carga familiar, no le movilizarían. Ambas comparten la misma lógica: el colapso es grave, pero de los demás.
El «cirujano de hierro» cumple 120 años
La fantasía del remedio amargo tampoco es nueva. En 1902, Joaquín Costa acuñó el término «cirujano de hierro» para reclamar una figura capaz de aplicar el bisturí a un cuerpo social sin pulso, recién digerido el desastre de 1898. La metáfora sigue disponible en el mercado, con una diferencia notable: ahora se pide el bisturí sin haber identificado la gangrena.
Y ahí está el punto que desmonta medio debate. El cirujano de hierro no aparece solo porque alguien lo invoque. Cuando el sistema colapsa de verdad no llega el salvador providencial, llega el que reparte el agua. En un escenario real de escasez, el orden no lo impone la claridad moral de nadie, sino quien controla el suministro.
Gata de Gorgos, Torre Pacheco y los colapsos que no llegan
Existe un antídoto empírico contra el catastrofismo: el historial. Se anunció que un pueblo entero iba a ser masacrado y no pasó nada. Se anunció lo mismo en Torre Pacheco y, una semana después, el protagonista seguía jugando al dominó sin un arañazo y sin estrés postraumático. Cada vez que el colapso ha tenido fecha, hora y lugar, la fecha ha pasado, la hora se ha cumplido y el lugar no ha ardido.
El problema es que el día que sí ocurre algo —una DANA, por ejemplo— el relato se llena igual de humo. Durante la catástrofe valenciana circularon alertas sobre saqueos masivos y sobre un centro comercial concreto que, según los propios relatos que se difundieron, quedaron reducidas a un bulo. La conclusión es incómoda: el sistema falló, sí, pero falló de una manera bastante menos cinematográfica que la que exige el guion del apocalipsis.
Queda un interrogante que ninguna de las dos partes responde del todo. Si el reventón llega, el que lo pidió con más entusiasmo será también el que descubra, en la primera noche sin luz, que no tenía ni plan ni sitio donde refugiarse. ¿Y entonces contra quién se cabrea?