Qué es el aceleracionismo: los que esperan que el sistema reviente
Hay una paradoja incómoda en el deseo de que la economía estalle: quien lo dice en voz alta suele ser quien peor situado está para sobrevivir al estallido. Con la vivienda fuera del alcance de media generación y el empleo joven precarizado, una parte del descontento ha dejado de pedir reformas y ha empezado a pedir el colapso. No un ajuste. No una recesión gestionada. El derrumbe entero, cuanto antes y de una vez. La etiqueta que mejor describe esa pulsión es aceleracionismo.
Qué es el aceleracionismo y de dónde sale el «cuanto peor, mejor»
La lógica es sencilla y vieja: si el sistema no admite arreglo, cada parche solo alarga la agonía. De ahí el «cuanto peor, mejor», que suele venir acompañado de un perfil concreto: el de quien cree que la vida no le ha ido bien y espera un reinicio donde por fin su sufrimiento signifique algo. Es una promesa sin cronograma y sin pruebas, pero con una fuerza emocional enorme, porque ofrece un borrón y cuenta nueva sin explicar cómo se llega hasta ahí.
El impulso cambia de envoltorio según la temporada. Antes se esperaba que una potencia extranjera invadiera Europa; ahora el escenario de moda es un conflicto abierto con Marruecos. Siempre hay una guerra a mano que serviría de catarsis. Y siempre, debajo, la misma idea: que no se puede construir nada sobre lo que se considera podredumbre. Esa metáfora nunca viene con inventario.
¿Quiénes serían los primeros en caer si el sistema estalla?
El pronóstico más entusiasta admite justo lo contrario de lo que pretende. Quien fantasea con el apocalipsis suele verse a sí mismo como un superviviente, cuando en la práctica sería carne de cañón: menos recursos, menos contactos, menos margen. Y hay un detalle que delata la naturaleza del fenómeno. Casi todo el mundo habla del derrumbe en tercera persona, como si el que escribe fuera espectador y no afectado. «Os van a cortar la luz», «vais a comer lo que haya».
Esa distancia no es un plan. Es una fantasía de espectador, redactada desde una habitación con wifi y calefacción.
¿Cuánto tarda una sociedad en quedarse sin agua y sin luz?
Menos de lo que sugiere el chascarrillo. Sin electricidad sostenida se caen las bombas que suben el agua a los pisos altos, los ascensores, la cadena de frío de las farmacias y el suministro de combustible. En pocos días, un edificio sin corriente es un edificio sin agua corriente, y una ciudad sin red eléctrica es una ciudad con la sanidad funcionando a base de generadores. El inventario de lo que se degrada primero es más largo y más prosaico de lo que admite quien pide el incendio. El caso más citado como aviso es la DANA: el Estado habría llegado tarde y mal a la emergencia.
Por qué 2008 se ha convertido en el punto de no retorno
El relato dominante no arranca en la política reciente, sino en la crisis financiera. Desde 2008, sostiene, España solo ha ido hacia atrás en lo que de verdad nota el ciudadano medio: capacidad adquisitiva, servicios, vivienda, confianza en las instituciones. La conclusión que se repite es que llevamos años dando una patada hacia delante, trasladando el problema al siguiente, y que cuanto más tarde la corrección, más dura será.
Hay variantes de ese diagnóstico sin cañones. Una apunta a que la próxima sacudida no la traerá una guerra, sino la demografía y la falta de trabajadores cualificados, en una economía dependiente de materias primas y energía. Menos épico, más probable y bastante menos reconfortante.
Resentimiento, rabia o simple miedo: el perfil de quien desea el incendio
La lectura psicológica más extendida habla de nihilismo reactivo: quien no tiene nada, ni dinero, ni propiedades, ni capacidad para conseguir nada, acaba queriendo que el mundo arda. Es la explicación que se aplica a una parte del malestar. Otra porción de ese mismo descontento se vuelca contra la política migratoria y las ayudas sociales, señaladas como causa de todos los males, un diagnóstico que el resto de las voces discute sin compartirlo.
La lectura opuesta no niega la rabia, le cambia el nombre. Dice que detrás del deseo de derrumbe hay sobre todo miedo: miedo a que el siguiente golpe llegue sin colchón, cansancio de pagar impuestos sin acceso a lo básico, la sensación de estar a un milímetro de la irracionalidad por pura acumulación de cabreo.
Así que la pregunta no es si el sistema aguanta o deja de aguantar. Es qué tiene que pasar para que un malestar que ya sabe que los primeros en arder serían quienes lo desean encuentre una salida distinta de esperar a que se caiga la luz.