848 días recopilando muertes súbitas y atribuyéndolas a las vacunas
Una cifra resume el fenómeno: 21.900 entradas acumuladas a lo largo de 848 días. Desde la primavera de 2023, una recopilación que se actualiza a diario enlaza noticias de prensa —infartos, accidentes de tráfico, caídas domésticas, diagnósticos oncológicos— y las agrupa bajo una misma etiqueta: fallecimientos que se atribuyen a las vacunas contra la covid. Las noticias son verificables y proceden de medios regionales y nacionales. El vínculo causal, en la práctica totalidad de los casos, no lo establece ninguna de las fuentes citadas. Y esa es la paradoja que sostiene el registro: cuanto más engorda, más difícil resulta encontrar en él un solo caso con relación confirmada. La compilación se organiza por tandas, con notas breves sobre cada noticia y una clasificación recurrente de las causas oficiales que los medios publican.
Qué enlaza exactamente el recopilatorio
El material que se acumula es heterogéneo hasta lo desconcertante. Conviven la muerte del bajista de un grupo de pop en una ducha de hotel, el fallecimiento de un diseñador gráfico en Palma a los 70 años, el de un exfutbolista de 43 a causa de un tumor cerebral diagnosticado dos años antes y el de un joven nadador de 15 años por leucemia. También aparecen conductores que pierden el control de su vehículo en una recta, motoristas que caen al asfalto y senderistas hallados en el arcén. La recopilación los presenta sin distinguir entre causas probadas, causas en investigación y meras sospechas.
El volumen de fallecimientos de personas conocidas que se enlazan es notable, pero la lista mezcla categorías incompatibles: políticos alemanes, actores estadounidenses, periodistas locales, entrenadores deportivos y vecinos anónimos de cualquier provincia. Esa mezcla es, en sí misma, el argumento del recopilatorio: si todo cabe bajo la misma etiqueta, la etiqueta lo explica todo. El problema lógico es evidente para cualquier lector entrenado en estadística básica: una lista nunca demuestra una causa; solo demuestra que se ha buscado.
El método: la ausencia de causa como prueba
La mecánica interna del registro es reveladora. Cuando un medio escribe que un conductor «sufrió un desvanecimiento» o que alguien murió «por causas que se desconocen», esa frase se subraya como confirmación. Cuando el mismo medio atribuye el fallecimiento a un fallo cardíaco, a un ictus o a una enfermedad larga, se descarta como versión oficial sospechosa de encubrir el patrón. El resultado es una regla que convierte cualquier desenlace en prueba: si la causa es desconocida, sospecha; si es conocida, encubrimiento.
Esa inversión de la carga de la prueba tiene un nombre en el análisis crítico: circularidad. La hipótesis no se contrasta, se ilustra. Un caso de cada mil lo confirmaría; el silencio de los otros novecientos noventa y nueve se leería como pacto de silencio. Aplicado con rigor, el razonamiento es imposible de falsar, y por eso mismo no es un razonamiento científico. Los propios participantes lo admiten a veces de forma explícita cuando califican el registro de mera acumulación de pistas.
En paralelo, el registro ha desarrollado su propio vocabulario técnico. Se habla de «repentinazo», de «autoempujoncito», de «rebelión de las máquinas» para los accidentes con maquinaria agrícola y de «RPB» para los fallecimientos que los medios vinculan a un paro cardiorrespiratorio. Ese léxico funciona como marcador de pertenencia: quien lo usa ya está dentro.
Las cifras que sí existen: siniestralidad laboral y cáncer
No todo el material es anecdótico. Entre las noticias enlazadas hay datos macro que sí provienen de fuentes oficiales o sindicales y que alimentan el marco general del debate. Uno de los más repetidos: la comunidad gallega registró 47 muertes de trabajadores en accidentes laborales durante los nueve primeros meses de 2024, un 11,9% más que en el mismo periodo del año anterior. Dentro de esa estadística, la mayor parte de los siniestros mortales se produjo por infartos y derrames cerebrales, según los propios datos que recoge la información. Y la conclusión sindical que se cita era tajante: «algo está fallando».
El segundo dato que reaparece con fuerza es sanitario. Se enlaza una información según la cual solo en un área sanitaria de Pontevedra se atendieron 1.397 casos nuevos de cáncer en un año, casi un 40% más que antes de la pandemia. La cifra se presenta como prueba de un aumento del cáncer atribuido a las inyecciones, aunque la propia noticia no establece esa relación y las causas del incremento pueden ser múltiples: retrasos diagnósticos de la etapa pandémica, envejecimiento de la población, mejor detección o cambios en el registro.
Estos dos bloques son el corazón argumental del registro, porque son los únicos que no dependen de un caso individual. El resto —la mayoría— son noticias de sucesos que se leen como confirmaciones cuando dicen «causas desconocidas» y como encubrimientos cuando dicen «infarto».
El debate interno sobre las franjas de edad
Una de las discusiones más sostenidas dentro del registro no es sobre la causa, sino sobre quién muere. Repetidamente se plantea una observación: los fallecimientos que se van acumulando se concentran en dos tramos, el de 30 a 44 años y el de 60 a 70, mientras que quienes superan los 70 parecen atravesar una suerte de filtro. «Parece que si pasas de los 70 superas algún tipo de filtro igual que si pasas de los 45», se lee entre los mensajes, con la sospecha de que el fenómeno no es exclusivamente atribuible a las vacunas.
Esa autocrítica parcial es uno de los rasgos más interesantes del material. Frente a la línea dominante, que atribuye todo al pinchazo, hay intervenciones que admiten el peso de la percepción subjetiva. Se argumenta que el país se ha llenado de gente —turismo, estudiantes, población flotante— y que ese crecimiento produce «una especie de espejismo de que no pasa nada». Es decir, la sensación de vacío en la calle que algunos participantes describen como señal de despoblación convive con la sensación contraria de saturación. Las dos cosas no pueden ser verdad a la vez.
El tramo final del registro muestra un deslizamiento hacia lo genético y lo familiar. Varios mensajes relatan cuadros de trombosis sin causa identificada en personas que se describen como sanas y vacunadas, junto a otros que atribuyen a la inyección diagnósticos de autismo en hijos pequeños. En ninguno de esos relatos se aporta historia clínica, informe médico ni confirmación de un profesional. Son testimonios, y como tales se recogen.
«En Canarias no se muere nadie»: el chiste interno
El registro tiene sus propios ritmos y sus propias bromas. Una de las más repetidas es la que afirma, con ironía, que «en Canarias no se muere nadie». La frase nació como respuesta a la escasez de fallecimientos noticiables en las islas que se ajustaran al patrón, y terminó funcionando como contrapunto cómico cada vez que aparecía una noticia insular. Cuando la noticia llegaba, la explicación habitual era que el fallecido era «un guiri», es decir, un turista extranjero, y por tanto fuera del cómputo local.
Ese humor negro es característico del tono del conjunto: sarcasmo, fórmulas repetidas, un ritmo casi litúrgico en la presentación de cada noticia. Los mensajes más elaborados adoptan formato de plantilla —«un accidente, un muerto»— y añaden un comentario sobre lo que los medios no dicen. El procedimiento es eficaz como recurso retórico: transforma cada suceso en un estribillo y cada estribillo en una prueba acumulativa.
Pero el registro también tiene sus rituales de memoria. Se dedican mensajes a periodistas fallecidos, se comentan aniversarios y se recuerdan casos concretos de personas que los participantes dicen haber conocido. Es ahí donde el material deja de ser una mera lista y se convierte en otra cosa: una comunidad que procesa el duelo a su manera, con un lenguaje compartido y una narrativa común.
Del «repentinazo» al «turbo cáncer»: cómo ha cambiado el relato
En los primeros meses, el registro se centraba en los accidentes de tráfico y en los fallecimientos de personas de mediana edad. La fórmula era sencilla: cualquier siniestro con causa no aclarada servía. Con el tiempo, el foco se amplió. Aparecieron las muertes en el deporte —ciclistas, corredores, triatletas—, después los tumores de evolución rápida y finalmente los diagnósticos de personas jóvenes sin patología previa. El vocabulario también evolucionó: se pasó del «repentinazo» genérico al «turbo cáncer» y a la idea de una «nueva normalidad» de mortalidad prematura.
El registro cita estudios que, según sus participantes, confirmarían la sospecha. Uno de los más repetidos es un trabajo preliminar de investigadores de la Universidad de Yale sobre persistencia de la proteína spike y agotamiento de células T en algunos vacunados, presentado como prueba definitiva de un daño duradero. El documento existe y ha circulado, pero es una versión preliminar no revisada por pares, lo que exige cautela antes de extraer conclusiones firmes. Otro material citado alude a un estudio sobre decenas de millones de sujetos que, según los mensajes, cerraría el debate.
Junto a esos enlaces aparecen también retrasos y comunicaciones de farmacéuticas que el registro lee como admisiones de culpabilidad. Por ejemplo, se comparte la noticia de que una compañía ha retrasado a 2030 la publicación de resultados sobre miocarditis posterior a la vacunación, y se interpreta como confirmación de que los datos son peores de lo reconocido. En rigor, un cambio de calendario en un protocolo de investigación es compatible tanto con hallazgos preocupantes como con cuestiones administrativas, y la propia información no lo aclara.
El caso de los afectados reconocidos
El registro dedica espacio a los afectados que sí han obtenido reconocimiento administrativo. Se cita el caso de un docente que en febrero de 2021 recibió la vacuna de AstraZeneca y semanas después ingresó en la UCI con un trombo pulmonar, otro en la vena porta y una caída acusada de plaquetas. El diagnóstico fue trombocitopenia inmune trombótica inducida por vacuna, una reacción adversa poco frecuente pero documentada. El afectado compareció después ante una comisión parlamentaria y ante la fiscalía de salud laboral. La administración, según el relato recogido, no le reconoció responsabilidad patrimonial porque la inyección se consideró voluntaria.
Ese tipo de casos son los que mejor resisten el escrutinio: existe diagnóstico, existe notificación a farmacovigilancia y existe reconocimiento clínico de la relación. Pero son también los más escasos dentro del registro. La mayoría de los fallecimientos compilados no cuenta con ese respaldo, y su inclusión en la lista se apoya solo en la coincidencia temporal.
En paralelo, la compilación ha ido incorporando un subgénero propio: el de las personas que en vida defendieron públicamente la vacunación y que luego fallecieron. A esos casos se les aplica la etiqueta irónica del «karma», y se reproducen sus mensajes anteriores en redes sociales. El recurso tiene un efecto retórico potente, pero no aporta ningún dato sobre la causa real de la muerte.
Qué dicen los estudios que se citan y qué no dicen
A lo largo de los dos años y medio que cubre el material, la conversación ha virado desde el suceso concreto hacia el documento científico. Los mensajes más compartidos ya no son necrológicas, sino enlaces a preprints, comunicados de sociedades médicas y estudios observacionales sobre efectos adversos. Ese giro es significativo: refleja que la parte más activa del registro ha entendido que, sin respaldo documental, la acumulación de noticias no convence a nadie fuera del círculo.
El problema es que la selección de estudios sigue el mismo sesgo que la de las noticias. Se enlazan los trabajos que apuntan en una dirección y se ignoran los que apuntan en otra. No aparecen en el registro los estudios de farmacovigilancia que cifran las reacciones adversas graves en proporciones muy bajas, ni los análisis de mortalidad general que no detectan un exceso atribuible a la vacunación. La conversación es autorreferencial: solo entra el material que confirma.
Esa dinámica, sostenida durante 848 días, ha producido un archivo de decenas de miles de entradas. Es, objetivamente, uno de los repositorios más completos que existen en castellano de noticias sobre muertes súbitas publicadas en medios generalistas. También es, casi con seguridad, el menos discriminado: todo entra, nada se descarta, nada se verifica. Un archivo así puede ser útil como hemeroteca del suceso, pero es inútil como fuente de causalidad.
Dónde está el debate ahora
El registro sigue activo. Las entradas más recientes mezclan necrológicas de personajes públicos, sucesos locales y mensajes de balance. Hay periodos de sequía —meses con apenas unas decenas de noticias— y semanas de avalancha en las que se acumulan varias decenas de casos. Los participantes interpretan esos ritmos como aceleraciones y frenazos del supuesto proceso, cuando la explicación más simple es la variabilidad normal de la agenda informativa.
El tono también ha cambiado. Los mensajes de euforia de los primeros meses han dado paso a una mezcla de cansancio, humor negro y resignación. Frases como «es la nueva normalidad» sustituyen al entusiasmo inicial. La comunidad no ha encontrado la prueba que buscaba, pero tampoco ha dejado de buscar. Y mientras tanto, el archivo sigue creciendo.
Con 21.900 entradas y 848 días de seguimiento ininterrumpido, lo que este registro demuestra con claridad no es un patrón de mortalidad, sino algo más difícil de medir: la capacidad de una comunidad para sostener durante años una hipótesis que ninguna de sus fuentes confirma. ¿Cuánto tiempo más puede crecer un archivo que nunca encuentra lo que dice buscar?