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바르셀로나
Este post de Dodoria con el estilo de Miguel de Cervantes:

fueye el año 2010 cuando esta amiga hablando de secso, de tios, blablabla decía que ahora hay que disfrutar de la vida y tal que cuando sea vieja ya no podrá hacer eso, osea trinc y fiesta y tal

yo callado pero pensando ok p00ta, sí sí muy bien.... molto bene fruta

pues nada estamos en 2025 y esta moyer ahora tiene 41 castañazos, ahora busca pareja estable, jiji, AHORA, ahora su monotema es que bien las parejas estables y que mal el feminismo y las locas del pelo azul, ahora.

hace poco se ha llevado un chasco enorme y está medio depre porque un tio con el que llevaba un tiempo saliendo sólo la comía la oreja para trinc, que menudo orate es el tio y tal...

a ver chata no querías disfrutar, pues disfruta

jijijijijij

JI

taluec


Capítulo non se sabe cuál: De cómo una dama, engañada de la mocedad y su liviandad, vino a conocer las tretas del mundo, mas ya tarde

Fue, si la memoria no me falla, el año del Señor de dos mil y diez cuando cierta amiga mía —mujer de alegre verbo y más suelta de costumbres que de peinado— disertaba con desenfado sobre los hombres, el deleite carnal, las francachelas y otras liviandades del vivir presente. Decía con mucho ahínco y sin poco alarde que, en su mocedad florida, era menester gozar cuanto se pudiese, que ya habría tiempo de sosegar cuando las carnes fuesen fláccidas y los huesos, quebradizos.

—¡Ay de mí! —decía—, ¿quién quiere pareja teniéndolo todo a la mano: el vino, la música, el ayuntamiento sabrosón y la noche sin dueño?

Yo, que la escuchaba con callado disimulo, asentía de labios afuera y decía para mí: "Muy bien, fruta; molto bene, sí señor... Que Dios te lo premie en la medida que lo has de merecer."

Mas ved aquí que ya nos hallamos en el año de dos mil y veinticinco, y la susodicha ha cumplido cuarenta y una primaveras —o castañas, que así gusta el vulgo decir— y ahora, con rostro más circunspecto y menos colorete, busca pareja estable como quien busca abrigo en la ventisca.

—¡Ay, que lo bueno es el amor sosegado! —clama—. ¡Qué hartura de feminismos de pelo azul y de locas que no saben lo que quieren!

Y he aquí que, no ha mucho, tropezó con galán que le endulzaba los oídos como si fueran panales de miel, pero cuyo propósito no era otro que el consabido revolcón. Dícese ahora muy lastimada que el tal hombre era un orate, embustero, sin alma ni honra.

Yo, por mi parte, no pude sino menear la cabeza y decir entre dientes:

—Chata, ¿no querías gozar? Pues toma y goza.

Jijijiji...

Ji.


Y sin más, me despido como el buen Sancho al alba:

Taluec.
 
Última edición:
El mismo post con el estilo de Camilo José Cela:



Año 2010, pongamos que en una tarde de calor blando y conversación hueca. La amiga —llamémosla amiga por economía del lenguaje— hablaba, como siempre, de hombres, de coitos y de alcohol barato con nombres de fruta. Hablaba mucho, que es una forma moderna de no decir nada, y repetía, con ese tono de superioridad que sólo tienen los necios felices, que había que vivir, vivir mucho, vivirlo todo, porque una vez que se es vieja —y lo decía como si fuera una maldición ajena— ya no se puede. Ya no se trinc, ya no se bebe, ya no se baila como en los anuncios. Que hay que gozar ahora, que el futuro es para las resignadas.

Yo, como buen cristiano y mejor observador, callaba. Asentía sin alma, mascullaba algún “claro, claro” como quien espera el autobús. Pero por dentro pensaba: vale, p00ta, tú misma, sigue con tu molto bene y tu fiesta de saldos. Ya llorarás cuando se te enfríen los pies en la cama.

Y mira por dónde, ha llegado el 2025, como llegan siempre los años: sin avisar y cobrándolo todo. Y la dama, que ya no es tan dama y apenas es alegre, se ha encontrado con los 41 encima, como quien encuentra humedad en las paredes. Ahora busca “pareja estable”. Ahora dice que lo bonito es el amor con agenda. Ahora reniega del feminismo y de las muchachas con el pelo tonalidad unicornio. Ahora.

Y lo más gracioso —si uno tiene el humor podrido como un queso viejo— es que no hace ni dos semanas le han dado el palo. Uno de esos tíos que se las saben todas, que la envolvió con palabras almibaradas y promesas tibias, y que al final sólo quería meterla. La oreja, primero; luego lo otro. Ahora ella dice que el tipo es un orate, que menudo cabrón, que qué malos son los hombres.

Y yo, que tengo memoria y algo de mal humor, sólo puedo pensar: ¿No querías disfrutar, chata? Pues toma. Disfruta. Mastica bien que aún queda postre.

Jijijijijiji.

Ji.


Taluec.
 
Mismo post estilo Charles Bukowski:



Año 2010. Una de esas noches donde la cerveza va caliente y la conversación aún más. Ella —una tipa con más ganas de ruido que de sentido— hablaba de tíos, de sesso, de salir de fiesta hasta vomitar arcoíris en la acera. “Hay que disfrutar”, decía, con esa voz de las que se creen eternamente trinc. “Ya habrá tiempo de sentar cabeza... cuando sea vieja, si es que llego.”

La miré, con la sonrisa medio torcida y las ganas de decirle: claro, claro, p00ta, tú a lo tuyo, muerde todo lo que puedas antes de que te caigan los dientes.

Y ahora es 2025. Y la reina del desmadre cumple 41 tacos. Ya no quiere juerga, ahora quiere pareja. Estable. Con cenas de domingo y Netflix con mantita. Ahora va por ahí diciendo que el feminismo se ha vuelto orate, que esas chicas con el pelo azul no saben lo que quieren, que lo de antes era otra cosa. Claro que sí, campeona. Ahora.

Y el otro día lloraba. Lloraba porque un tío —uno con buena labia y peor alma— sólo la quería para trinc. Le calentó la oreja, le vendió poemas de guano, y luego se la tiró como quien tira una colilla al suelo. “Era un orate”, decía, sorbiéndose los mocos, como si fuera la primera vez que el mundo la mordía.

Y yo, con una copa en la mano y el alma como un cenicero lleno, sólo pensaba: ¿No querías disfrutar, nena? Pues toma. Traga. Brinda por tus decisiones. Salud.

jijijijijij

ji


Taluec.
 
Este post de Dodoria con el estilo de Miguel de Cervantes:




Capítulo non se sabe cuál: De cómo una dama, engañada de la mocedad y su liviandad, vino a conocer las tretas del mundo, mas ya tarde

Fue, si la memoria no me falla, el año del Señor de dos mil y diez cuando cierta amiga mía —mujer de alegre verbo y más suelta de costumbres que de peinado— disertaba con desenfado sobre los hombres, el deleite carnal, las francachelas y otras liviandades del vivir presente. Decía con mucho ahínco y sin poco alarde que, en su mocedad florida, era menester gozar cuanto se pudiese, que ya habría tiempo de sosegar cuando las carnes fuesen fláccidas y los huesos, quebradizos.

—¡Ay de mí! —decía—, ¿quién quiere pareja teniéndolo todo a la mano: el vino, la música, el ayuntamiento sabrosón y la noche sin dueño?

Yo, que la escuchaba con callado disimulo, asentía de labios afuera y decía para mí: "Muy bien, fruta; molto bene, sí señor... Que Dios te lo premie en la medida que lo has de merecer."

Mas ved aquí que ya nos hallamos en el año de dos mil y veinticinco, y la susodicha ha cumplido cuarenta y una primaveras —o castañas, que así gusta el vulgo decir— y ahora, con rostro más circunspecto y menos colorete, busca pareja estable como quien busca abrigo en la ventisca.

—¡Ay, que lo bueno es el amor sosegado! —clama—. ¡Qué hartura de feminismos de pelo azul y de locas que no saben lo que quieren!

Y he aquí que, no ha mucho, tropezó con galán que le endulzaba los oídos como si fueran panales de miel, pero cuyo propósito no era otro que el consabido revolcón. Dícese ahora muy lastimada que el tal hombre era un orate, embustero, sin alma ni honra.

Yo, por mi parte, no pude sino menear la cabeza y decir entre dientes:

—Chata, ¿no querías gozar? Pues toma y goza.

Jijijiji...

Ji.


Y sin más, me despido como el buen Sancho al alba:

Taluec.


La ia a muchos os resuelve vuestro problema creativo y muchas horas de esfuerzo. Horrible.
 
Este post de @P.J. Fry con el estilo de Friedrich Nietzsche:

Chortinas que pasan de ti y que ofrecen sus cuerpos prietos a alfotas que siempre serán alfas, protocharos que se juntaran contigo cuando tengan más kilómetros que la media del parque automovilístico español pero como buen betazo piensas que son castas y puras y que te aman como nunca han amado a nadie.

Vida de triunfador, pero en realidad cuando te cruzas con el alfota perdedor sabes cual es tu lugar y te tiemblan las pantorrillas por el miedo, el nerviosismo y los recuerdos de antaño.

Fantaseas con un estado duro que castigue a los analfabetos que te hicieron la vida imposible en el instituto, con empresarios sin escrupulos que esclavicen a los que leche las teens de las que te enamorabas, fantaseas con paro masivo para ellos e hipotecas que les hagan estar encadenados al banco y no disfrutar jamas de la guano de vida que tienen.

Pero al final te miras al espejo cada mañana antes de salir a trabajar y sabes que en el fondo tienes miedo de que al llegar a casa tus sabanas estén impregnadas con el sudor de uno de esos alfas que te amaron la vida y de que cuando miras a los ojos a tus descendientes no reconozcas tus genes en ellos.

Tu mujer te sirve la cena mientras se le escurre por la pierna la leche del técnico de la lavadora, mientras piensa como conquistar al vecino del chalete de al lado, que le han ascendido y gana más que tu, ella quiere un Mercedes descapotable para los domingos y una chacha interna en la casa.

Ella aprieta con fuerza las piernas e intenta comprimir el shishi para que el leche no caiga al suelo, no lo consigue, suerte que el perro no le hace angustia a nada y lame lo derramado antes de que te des cuenta. Acto seguido tu mascote te lame la cara cariñosamente para pedirte los restos de la cena. Quieres mucho a Pluto, pero indirectamente el amante de tu esposa, ese que hace que te entre el tembleque y que la psicologa se gane la vida a tu costa, acaba de soltarte el grumo en la cara. Tu no lo sabes, pero tu subconsciente lo tiene bien clarito.


Oh tú, alma beta, que aún crees en la pureza de las mujeres gastadas por el tedio del deseo ajeno; tú, que ves en sus risas una promesa y no un eco de antiguos jadeos. ¡Qué dulce y trágico error el tuyo! Porque donde tú ves castidad, hubo festín; y donde tú ves amor, sólo queda el vacío que deja el cuerpo cuando ya ha sido tomado mil veces.

¿Y tú te crees vencedor? Te pavoneas en la rutina del hombre domesticado, pero tiemblas —¡sí, tiemblas!— cuando el verdadero amo del instinto cruza ante ti, con sus músculos endurecidos por el combate de la vida y sus ojos acostumbrados a poseer. En su presencia, las columnas de tu sarracena se derrumban, y el animal que hay en ti huye despavorido, recordando los años de humillación escolar, de soledad y de prono clandestina.

En tu mente, construyes un Estado férreo, un Leviatán vengador, que castigue a los fulastres que te robaron la juventud; sueñas con fábricas que los engullan, con hipotecas que los esclavicen, con un sistema que los devuelva al barro de donde nunca debieron salir. Pero esa fantasía no es justicia: es resentimiento. Y el resentimiento, dice el sabio, es el veneno del alma débil.

Cada mañana te miras al espejo como si buscaras un dios caído… y sólo ves un funcionario del tedio, un padre que sospecha que sus descendientes no llevan su sangre, un esposo que ama a una mujer cuya carne se ofrece a quien ostente el símbolo del poder. ¿Qué es ella sino una adoradora del becerro de oro, que ofrece su templo a quien traiga el perfume del éxito?

Y ahí, en lo grotesco, en lo doméstico, está tu tragedia: la cena servida con sonrisa fingida, mientras el rastro invisible del amante aún resbala por los pliegues del deseo. Y el perro, criatura sin culpa, limpia el suelo como el destino limpia las huellas del crimen. Luego, con la lengua del olvido, te acaricia… y tú agradeces el gesto sin saber que es también el portador de tu última derrota.

Pluto, fiel como la ignorancia. Tú lo amas, sin saber que también él te recuerda —con cada lamida— que no eres el amo de tu casa, ni el dueño de tu vida, ni el arquitecto de tu destino. Eres apenas un eco, una sombra, una máscara que sonríe mientras el abismo le susurra al oído: “no fuiste tú”.
 
Ha mejorado en la copia de estilos, diría yo.
 
Este post de @P.J. Fry con el estilo de Friedrich Nietzsche:




Oh tú, alma beta, que aún crees en la pureza de las mujeres gastadas por el tedio del deseo ajeno; tú, que ves en sus risas una promesa y no un eco de antiguos jadeos. ¡Qué dulce y trágico error el tuyo! Porque donde tú ves castidad, hubo festín; y donde tú ves amor, sólo queda el vacío que deja el cuerpo cuando ya ha sido tomado mil veces.

¿Y tú te crees vencedor? Te pavoneas en la rutina del hombre domesticado, pero tiemblas —¡sí, tiemblas!— cuando el verdadero amo del instinto cruza ante ti, con sus músculos endurecidos por el combate de la vida y sus ojos acostumbrados a poseer. En su presencia, las columnas de tu sarracena se derrumban, y el animal que hay en ti huye despavorido, recordando los años de humillación escolar, de soledad y de prono clandestina.

En tu mente, construyes un Estado férreo, un Leviatán vengador, que castigue a los fulastres que te robaron la juventud; sueñas con fábricas que los engullan, con hipotecas que los esclavicen, con un sistema que los devuelva al barro de donde nunca debieron salir. Pero esa fantasía no es justicia: es resentimiento. Y el resentimiento, dice el sabio, es el veneno del alma débil.

Cada mañana te miras al espejo como si buscaras un dios caído… y sólo ves un funcionario del tedio, un padre que sospecha que sus descendientes no llevan su sangre, un esposo que ama a una mujer cuya carne se ofrece a quien ostente el símbolo del poder. ¿Qué es ella sino una adoradora del becerro de oro, que ofrece su templo a quien traiga el perfume del éxito?

Y ahí, en lo grotesco, en lo doméstico, está tu tragedia: la cena servida con sonrisa fingida, mientras el rastro invisible del amante aún resbala por los pliegues del deseo. Y el perro, criatura sin culpa, limpia el suelo como el destino limpia las huellas del crimen. Luego, con la lengua del olvido, te acaricia… y tú agradeces el gesto sin saber que es también el portador de tu última derrota.

Pluto, fiel como la ignorancia. Tú lo amas, sin saber que también él te recuerda —con cada lamida— que no eres el amo de tu casa, ni el dueño de tu vida, ni el arquitecto de tu destino. Eres apenas un eco, una sombra, una máscara que sonríe mientras el abismo le susurra al oído: “no fuiste tú”.
Qué bueno, cuanto daño ha hecho la LOGSE.
 
Qué bueno, cuanto daño ha hecho la LOGSE.

Ahora tu post estilo Franz Kafka:



Era consciente de que ellas pasaban junto a él sin mirarlo, sin detenerse siquiera a fingir cortesía. No lo odiaban, simplemente no lo veían. Y, sin embargo, ofrecían sus cuerpos, o al menos la idea de ellos, a otros hombres —hombres que parecían diseñados por una lógica ajena, como si hubieran sido moldeados por una fábrica en la que él nunca fue admitido.

Él pensaba en ellas con ternura y temor, como si fueran criaturas sagradas aún no contaminadas, aunque sabía —o sospechaba con una certeza que dolía— que habían recorrido más caminos de los que él jamás conocería. No podía evitar venerarlas, incluso cuando el sentido común, esa voz lejana que hablaba en un idioma olvidado, le sugería que estaba equivocado.

Cada vez que se cruzaba con uno de esos hombres —altos, seguros, indiferentes— sentía una presión en las pantorrillas, como si alguien le apretara con fuerza desde dentro. No era exactamente miedo. Era algo peor: el reconocimiento de su lugar.

Soñaba despierto con castigos fríos y metódicos: tribunales implacables que redujeran a ceniza a sus antiguos verdugos, un Estado ciego y mecánico que, sin pasión, les arrebataría todo lo que alguna vez le negaron a él. Veía en su mente a esos hombres siendo tragados por oficinas oscuras, por deudas imposibles, por empleos sin sentido. Pero sus fantasías nunca se concretaban. Se deshacían al contacto con la realidad como el pole entre los dedos.

Cada mañana se miraba al espejo con el leve temblor del que teme encontrar algo nuevo. Pero no había nada nuevo. Sólo una cara gastada que recordaba vagamente a la del joven que alguna vez fue. No había certezas, salvo una: la sospecha de que todo estaba a punto de segarro, y que él no tendría ni voz ni defensa.

La casa, con sus rutinas intactas, era apenas un decorado. Su esposa servía la cena, siempre puntual, siempre correcta. Pero había algo en su silencio, en la forma en que evitaba su mirada, que hablaba más fuerte que cualquier palabra. Él pensaba —sin pruebas, pero con una convicción aterradora— que alguien había estado ahí antes que él, y que quizá seguía estando. A veces tenía la impresión de que todo el mundo lo sabía, menos él.

Incluso el perro, que lo saludaba con entusiasmo al volver, parecía parte de esa lógica implacable que lo envolvía todo. Lo lamía con afecto, pero en su mirada había algo que él no sabía cómo nombrar: una complicidad muda, o tal vez una indiferencia cósmica.

Se sentaba a cenar en silencio, sintiendo que el mundo entero se burlaba de él con una elegancia burocrática. Nadie le gritaba. Nadie lo golpeaba. Y sin embargo, la humillación estaba en cada objeto, en cada rincón, en cada gesto. Como si todo hubiese sido diseñado para recordarle, con infinita cortesía, que él no era el protagonista de su propia vida.
 
Este post de cebollo con el estilo de Sigmund Freud:

Los hombres valoramos mucho la belleza. Somos implacables con la antiestéticaldad. Descartamos a las fuertes, a las antiestéticas y a las viejas sin pestañear. Es que ni las miramos. No existen. Somos implacables y crueles porque muchas de esas fuertes y antiestéticas son buenas personas pero no les damos oportunidades.

Las mujeres valoran mucho el status económico. Son implacables con la pobreza. Descartan a los mendigos, a los parados, a los becarios y a los submileuristas sin pestañear. Ni los miran. No existen. Son implacables y crueles porque muchos de esos pobretones son buenas personas pero no les dan oportunidades.

Hasta aquí estamos empatados. Pero en cuestiones de psicología y de comportamiento cotidiano las mujeres son muchíiisimo más exigentes. A los hombres que nuestra pareja sea un poco más o menos simpática o un poco más o menos inteligente no nos importa demasiado. Las mujeres, sin embargo, quieren un hombre serio pero que no sea seco. O que sea simpático pero no sea parlanchín. Que sea muy viril sin llegar a ser bruto. Que tenga muchos detalles pero que éstos sean siempre inesperados y sorprendentes. Son exigencias imposibles y contradictorias. Los hombres no podemos pasarnos la vida buscando un nebuloso punto de equilibrio que probablemente no existe.

Todas las mujeres quieren un hombre que las comprenda y apoye. La posibilidad de ser ellas las que comprenden al hombre no se les ocurre nunca. Para ellas no hay nada que comprender. Los hombres están para cancelar a trabajar y pagar la hipoteca. No hay nada que comprenderles. Si ante esta actitud, un hombre les dice que son egoistas se sorprenden muchísimo. Tampoco se les ha ocurrido nunca.


Existe en el hombre una fijación notable —aunque no siempre reconocida— por la belleza física. Esta inclinación no puede reducirse simplemente al gusto o la cultura; se trata, más bien, de una expresión del deseo libidinal, que ha sido canalizado por la sociedad hacia determinados arquetipos estéticos. Así, cuando un hombre evita —o, más precisamente, reprime la existencia de— una mujer que no encaja en esos cánones, no está tomando una decisión racional, sino obedeciendo a pulsiones inconscientes que asocian la belleza con el objeto digno de deseo y la antiestéticaldad con lo que debe ser excluido del campo erótico.

No es que odie a la mujer obesa, vieja o poco agraciada; es que ni siquiera entra en su sistema perceptivo como sujeto deseable. En términos psicoanalíticos, ha sido relegada al “no-Yo” del deseo, al terreno de lo que ni siquiera puede ser representado. De ahí esa aparente crueldad, que no es otra cosa que la expresión de un narcisismo proyectado: la antiestéticaldad, al no coincidir con el ideal del yo, es repudiada con una violencia silenciosa.

Las mujeres, por su parte, no escapan a esta misma estructura psíquica, aunque sus elecciones segarro siguen un recorrido diferente. Para muchas de ellas, el deseo está profundamente entrelazado con la seguridad, con la posibilidad de garantizar la supervivencia. Esto no debe leerse en clave sarracena, sino como un mecanismo arcaico del aparato psíquico: el estatus económico del varón funciona como símbolo fálico, como significante del poder. De ahí que el mendigo, el becario o el trabajador mal remunerado no sean siquiera objeto de elección; la pulsión ha sido dirigida, mediante una larga represión, hacia lo económicamente seguro.

Ahora bien, hasta aquí podríamos hablar de una suerte de simetría estructural entre los sesso: ambos operan por exclusión, ambos siguen caminos pulsionales inconscientes. Pero cuando entramos en la vida cotidiana, en los matices del comportamiento afectivo, se hace evidente una asimetría más compleja. La mujer moderna exige al hombre un equilibrio psíquico de difícil —por no decir imposible— cumplimiento. Le demanda simultáneamente fortaleza y sensibilidad, iniciativa y sumisión, previsibilidad y sorpresa.

Estas demandas contradictorias generan en el varón una fragmentación del yo. El sujeto masculino queda atrapado entre el ideal del yo que le impone su pareja y las limitaciones reales de su estructura psíquica. De este modo, el hombre vive bajo una tensión constante entre el deseo de ser amado y el temor de no ser suficiente, entre el impulso de afirmarse y el miedo a transgredir los límites del superyó femenino.

Además, hay un punto esencial: mientras que la mujer suele reclamar comprensión —esto es, una empatía continua con su mundo interno, con sus afectos y símbolos—, rara vez se plantea la posibilidad inversa. El hombre, en el imaginario femenino dominante, es reducido a una función: trabajar, sostener, pagar. Su subjetividad es denegada, desplazada fuera del campo del afecto.

Cuando el hombre intenta reclamar un espacio simbólico propio —por ejemplo, al señalar el egoísmo de esa estructura—, se produce una reacción de asombro, como si el otro no pudiera concebir que él también posee un inconsciente, un deseo, un sufrimiento. Esta disociación no es casual: responde a siglos de formación del aparato psíquico colectivo, en el que el hombre ha sido reducido al rol fálico sin derecho al desgarro interno.

La cura —si es que puede haberla— pasa, como siempre, por el reconocimiento de estas dinámicas inconscientes, por una interpretación honesta de la represión mutua que se ejerce entre los sesso. Porque allí donde no se reconoce el deseo del otro, el amor se convierte en síntoma.
 
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Viene un dìa tremendo de oscuridad y destruccion en el cual todos los maricas seràn exterminados

_______________


En realidad son tres dìas, llamados el dìa del Señor o tambien conocido como el dìa de la ira de Dios.
Asì es, pero quien sobrevivirà?

Ante todo hay que mantener la calma, ante los grandes errores.


Asì como Sodoma y Gomorra fueron exterminadas

Ya viene Ashtar de las tinieblas, el comandante con su flota interestelar a eliminar todos los gays
​

___________________________________





Inferno is comming, armagedom is here, aliens calling, can you survive the blitzkrieg?​


Versión en estilo de Camilo José Cela
(con el tono de un narrador mordaz, cruelmente satírico, lúcido en su sordidez, como en La familia de Pascual Duarte o ciertos pasajes de San Camilo 1936):




Que nadie se llame a engaño ni a rezos de monja asustada: el comandante de la flota intergaláctica —Ashtar, que no es nombre de cristiano ni falta que le hace— viene con la cara larga, el ceño arrugado y la intención clara de pasarse por la piedra a todos los maricas del planeta. Uno por uno, como quien cuenta ovejas en la siesta del Apocalipsis. Tiemblen, porque dice que no dejará ni un rastro de brillantina.


Y no es un solo día de fuego y hollín, no, qué va. Son tres, y los llaman con solemnidad de púlpito viejo: el Día del Señor, o si usted prefiere, el Día de la Ira de Dios, que viene a ser lo mismo pero con más truenos. Una especie de Semana Santa con rayos láser y olor a carne quemada.


¿Quién sobrevivirá?, se preguntan los que todavía conservan fe, muelas o virginidad. Pues nadie, o casi nadie. Y sin embargo, hay que mantenerse sereno, con la cara lavada y los calzoncillos limpios, como si fuera uno al dentista en vez de al matadero. No hay nada más ridículo que un hombre chillando cuando lo exterminan.


Como ocurrió en Sodoma y Gomorra, donde la tierra olía a pecado cocido y los ángeles eran astasastasastasastasastasastasastas con alas de hojalata, así mismo —dicen los iluminados de turno— vendrá la venganza interplanetaria. Y vendrá montado en nave con forma de falo cósmico, escoltado por una flota con luces de neón y mirada de ultratumba.


Ashtar, el comandante de las tinieblas, no viene a negociar ni a repartir panfletos: viene a liquidar maricas, dice. Lo repite como quien canta un salmo turbio, con voz de trueno y alma de inquisidor con tecnología avanzada. Y todos los que bailan en plazas, se besan en callejones o se pintan las uñas sin pedir perdón, tienen los minutos contados.


Así está el mundo: entre la zarpa del fanático y la risa del petulante. Y si esto no es ya el infierno, que venga Dios, o Ashtar, o quien sea, y lo diga en voz alta.




Nota contextual: Este texto es una reconstrucción literaria ficticia al estilo de Camilo José Cela, usando ironía grotesca y sátira zain para denunciar el absurdo y la violencia inherente al discurso. No representa apoyo ni promoción de ideologías de repruebo.
 
Este post de Dodoria con el estilo de Miguel de Cervantes:




Capítulo non se sabe cuál: De cómo una dama, engañada de la mocedad y su liviandad, vino a conocer las tretas del mundo, mas ya tarde

Fue, si la memoria no me falla, el año del Señor de dos mil y diez cuando cierta amiga mía —mujer de alegre verbo y más suelta de costumbres que de peinado— disertaba con desenfado sobre los hombres, el deleite carnal, las francachelas y otras liviandades del vivir presente. Decía con mucho ahínco y sin poco alarde que, en su mocedad florida, era menester gozar cuanto se pudiese, que ya habría tiempo de sosegar cuando las carnes fuesen fláccidas y los huesos, quebradizos.

—¡Ay de mí! —decía—, ¿quién quiere pareja teniéndolo todo a la mano: el vino, la música, el ayuntamiento sabrosón y la noche sin dueño?

Yo, que la escuchaba con callado disimulo, asentía de labios afuera y decía para mí: "Muy bien, fruta; molto bene, sí señor... Que Dios te lo premie en la medida que lo has de merecer."

Mas ved aquí que ya nos hallamos en el año de dos mil y veinticinco, y la susodicha ha cumplido cuarenta y una primaveras —o castañas, que así gusta el vulgo decir— y ahora, con rostro más circunspecto y menos colorete, busca pareja estable como quien busca abrigo en la ventisca.

—¡Ay, que lo bueno es el amor sosegado! —clama—. ¡Qué hartura de feminismos de pelo azul y de locas que no saben lo que quieren!

Y he aquí que, no ha mucho, tropezó con galán que le endulzaba los oídos como si fueran panales de miel, pero cuyo propósito no era otro que el consabido revolcón. Dícese ahora muy lastimada que el tal hombre era un orate, embustero, sin alma ni honra.

Yo, por mi parte, no pude sino menear la cabeza y decir entre dientes:

—Chata, ¿no querías gozar? Pues toma y goza.

Jijijiji...

Ji.


Y sin más, me despido como el buen Sancho al alba:

Taluec.
eso se lo has copiado a @Fadrique Alfonso de Doria que escribe asi
 
El primero, de Cervantes, es gracioso, el resto un .
 
Por supuesto! Aquí tienes la primera página de Don Quijote adaptada como si fuera un post típico de Burbuja.info: tono irónico, mezcla de humor, crítica social y referencias actuales, con su toque conspiranoico-castizo.


HILO: El primer cuñado de la historia (aka Don Quijote)​

Foro: General > Historia Alternativa > Conspiraciones medievales
Publicado por:
IñakiSP500 | Fecha: Hoy, 08:32


En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero ni acordarme (seguramente porque es una S.A. con sede en Delaware y subvención europea), vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Vamos, lo que viene siendo el típico boomer terrateniente con una casa heredada y mentalidad de siglo XV. Pero ojo, que no pagaba IBI ni IRPF. Eso sí, comía más vacuno que un ganadero en Murcia: duelos y quebrantos (que básicamente son cigot con chorizo, colesterol en vena).


Tenía el salón lleno de libros, eso sí: todo literatura proge de caballerías. El tío estaba enganchadísimo. Leer tanto Amadís de Gaula le dejó el cerebro como la cuenta de resultados de Abengoa. Y zas, le dio el brote cuñao definitivo: se hizo caballero andante.

Se puso una armadura oxidada (del Wallapop medieval) y salió a repartir justicia con un sustancia ilegal que parecía ansioso de un desahucio equino.


Spoiler: No había damisela en apuros, ni dragones, ni enemigos. Solo posaderos, molineros, y contribuyentes intentando llegar a fin de mes.


Reflexión del día
Don Quijote no estaba orate. Solo fue el primer español que se hartó de la realidad y se montó su propia narrativa. Un visionario. Como los de Terra, pero con lanza.
 

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