Santander, capital del papanatismo anglo
A finales de 2015, la ciudad de Santander era un hervidero de eventos con nombres en inglés: Summer Festival, Smart City, Street Food Market. No era una moda aislada, sino un fenómeno que un sector de la opinión pública consideraba un síntoma de complejo de inferioridad. Mientras que en Madrid y Barcelona llevaban veinte años con estas prácticas, en la capital cántabra se percibía como una imitación tardía y acrítica.
El catálogo de la anglización municipal
La lista crecía sin freno: desde el Santander Summer Festival hasta el Santander Street Food Market, pasando por la "Santander Smart City" y eventos como el "Global Youth Leadership Forum" organizado en el Palacio de la Magdalena. Incluso iniciativas agroalimentarias como "Santander Fine Food" o el "Noja Fishing" se bautizaban en inglés. Para algunos analistas, esto no era más que un barniz: una forma de hacer que lo anclado pareciera cosmopolita. La pregunta era si respondía a una necesidad real o a un mero esnobismo de las élites locales.
La ironía alcanzó su cima cuando se anunció un "Galerna Fest" —concierto de tintes patrióticos—, mientras que por el otro lado aparecían contramanifestaciones. Y es que el uso del inglés no solo dividía entre modernidad y tradición, sino que se entrecruzaba con el debate político: para unos, era una muestra de apertura; para otros, una rendición cultural.
El negocio del idioma: academias y ferrys
Detrás de la anglofilia había también un negocio. El ferry diario Santander-Plymouth alimentaba un flujo de estudiantes que viajaban a Glasgow o Londres para trabajar por cuatro duros a cambio de aprender el idioma. Las academias proliferaban, y algunos de estos jóvenes volvían con una actitud que un observador calificó de "anglosoberbia". Pero el dato que subyace es que la mayoría de la población no necesita el inglés para su día a día, ni siquiera en el sector turístico: el dominio del área profesional propia pesa más que el idioma.
Papanatismo y destino del español
El debate se ampliaba a la posición del español como lengua global. Frente al argumento de que el inglés es la lengua franca del mundo —y que incluso en Dubai se usa para festivales—, una corriente de opinión sostenía que el español tiene potencial para suceder al inglés como idioma internacional tras el declive económico de los países anglosajones. En ese contexto, abrazar acríticamente el inglés en la esfera pública se veía como una traición a ese destino. Otros replicaban que no hay tal declive, y que mientras el poder económico esté en EE.UU. y Reino Unido, el inglés seguirá dominando.
Un paletismo que no es solo local
El fenómeno no era exclusivo de Santander. En el País Vasco, se señaló que las iniciativas públicas mezclaban inglés y euskera, dejando de lado el español. La discusión se elevaba a un plano histórico: la imitación de lo extranjero como constante en España, desde el afrancesamiento del siglo XVIII hasta la anglización actual. Algunos lo llamaban "paletismo vulgaris", el mal endémico de un país que siempre ha mirado fuera con complejo. Otros lo veían como parte de la globalización inevitable, sin carga ideológica.
La discusión llegó a un punto muerto: ¿es la anglización un acto de sumisión o una simple estrategia de marketing? Los datos disponibles —decenas de eventos renombrados en inglés— no resolvían la cuestión de fondo. Lo que quedó claro es que, al menos en Santander, la tensión entre lo propio y lo foráneo seguía sin resolverse, y que el inglés era solo la última encarnación de un viejo dilema español.