Correr a 45 km/h y saltar 2 metros: la promesa robótica que nadie sabe mantener
La presentación de un robot capaz de correr a 45 km/h y saltar dos metros ha vuelto a despertar la vieja promesa del «robocop». La velocidad es notable para una máquina bípeda, pero las preguntas incómodas no tardan en aparecer: ¿quién lo paga? ¿cuánto dura? ¿qué pasa cuando se avería?
El escepticismo se dispara cuando se piensa en el uso real. Un despliegue policial requiere robustez, repuestos y presupuesto. La previsión más pesimista dibuja un escenario conocido: el robot acaba despiezado por piezas en un desguace antes de amortizar la inversión. La ironía no es menor: correr y saltar es fácil, lo difícil es que siga funcionando a los seis meses.
La otra carencia es doméstica. Mientras las administraciones financian prototipos espectaculares, sigue sin haber un robot que friegue el suelo sin romperse. La robótica avanza en los escaparates, pero ralentiza donde realmente haría falta: en las tareas cotidianas que nadie quiere hacer.
La tecnología de dos metros y 45 kilómetros por hora es impresionante en el papel. El problema es que la realidad, como el cobre, acaba en el chatarrero. Y ahí ningún salto vale para nada.