Para saltar en paracaídas hacen falta unas condiciones mínimas de velocidad, altitud y climatología que casi nunca se dan en un accidente aéreo.
La eyección en un caza es una cosa, saltar de un Learjet que repentinamente empieza a caer en picada a 800 km/h es imposible.
Sí, así es. Incluso en situaciones controladas (en un vuelo establecido para saltar en paracaídas), el propio momento del salto supone un peligro antes de alejarte del avión y sus turbulencias.
No lo decía por este caso, sino por cualquiera... por cualquier caso y en general. Incluso, pensándolo bien, en este caso, aunque lanzarte en paracaídas tuviera un final mortal en el momento de atravesar la puerta del avión del 99,99 por ciento de probabilidad, siempre tendrías más probabilidades, aunque fueran infinitesimales, que chocar contra tierra —o contra agua— a 200, 300 o 400 kilómetros por hora.
Nota: Por poner un ejemplo conceptual de lo que quiero decir. En la Segunda Guerra Mundial, está documentado un caso de un artillero de cola de avión bombardero que fue alcanzado por las baterías aéreas del enemigo. El comandante de la nave ordenó saltar, pero el artillero de cola (tumbado en su puesto), al mirar hacia atrás donde tenía su paracaídas, no podía llegar a el porque las balas habían incendiado el espacio que se encontraba entre donde él estaba y el paracaídas. El fuego avanzaba, consumiendo la nave, y a él, con ella. Decidió saltar rompiendo la carlinga de ametrallador de cola, fracturada ya por los disparos enemigos, antes que quemarse vivo. Su gloria era segura, volando a miles de metros de la superficie de la tierra, pero, al menos —pensó—, "moriré en un instante y no abrasado", sufriendo, quizá durante minutos.
Así hizo... y saltó al vacío sin paracaídas, sabedor de una gloria cierta, pero con menos dolor que el que hubiera sentido por consumirse entre llamas, pues el avión caía, pero planeando con el tiempo suficiente como para hacerlo durante mucho más tiempo del que ninguno deseáramos.
El caso, por no alargar más el post (del que el propio protagonista del episodio hizo relato en su tiempo), que cuando llegaba a tierra, cayó entre un espeso bosque de árboles, cuyas ramas amortiguaron su caída, pero que, además, según intentaban explicar los médicos que lo atendieron en su momento, lo debió hacer de manera tan casual que tocó el suelo antes con unas partes del cuerpo que con otras, en un determinado orden que hizo que los efectos de la caída, aún teniendo en cuenta la amortiguación de las ramas (que no dejan de ser objetos contundentes contra los que te puedes cancelar por impacto), hizo posible que llegara al suelo, ya detenido, con vida.
Este artillero sobrevivió a una caída que, creo recordar (hablo de memoria... y puedo tener mala memoria para los detalles, pero excelente para lo acontecido), hablaban de más de diez mil pies de altura (era artillero americano o inglés en la Segunda Guerra Mundial... y creo que el avión era un llamado Halifax, o algo así —creo recordar alguna imagen, y estos aviones tenían en la cola dos altos alerones o estabilizadores de cola–, con artillero de proa y artillero de cola, cuando menos, quizá alguno en la panza y en la parte superior, pero de esto no estoy seguro y no tengo ganas de mirarlo en internet, pues solo quiero decir lo que recuerdo, no lo que puedo ver en internet si pongo "avión Halifax, imágenes").
Sin duda, fue un caso documentado, casi imposible, uno entre diez millones, pero cierto. De igual manera, llevar un paracaídas, aunque sea para un caso entre diez millones, te da una posibilidad, cierta, mientras que estrellarte a 300 o más kilómetros por hora solo te da la posibilidad cierta de cancelar.
Por eso decía lo de los paracaídas (otra cosa es que tal posibilidad no merezca la pena en términos económicos, pero, en tal caso, estaríamos hablando de otra cosa, economía, no seguridad o intento de salvar vidas).
Nota: según recuerdo lo que leí en su momento de este caso, que no era único, se rompió el 90 por ciento de los huesos de su cuerpo, pero ninguno de manera que afectaran a órganos vitales. Creo que pasó en hospital un año o año y medio (que me parecía poco para tales heridas) y vivió el resto de sus días para contarlo hasta, al menos, los años sesenta, que fue cuando se publicó este artículo con entrevista al sujeto.