CIS otorga al PSOE la victoria pese a los escándalos de corrupción: ¿encuesta o relato?
Los barómetros del CIS siempre dan que hablar, pero esta última entrega tiene miga: sitúa al PSOE por delante en intención de voto a pesar de que los casos de corrupción salpican al Gobierno. La pregunta es inevitable: ¿mide realmente la realidad o construye un relato?
¿Por qué la calle no se refleja en las encuestas?
Quien pisa la calle estos días percibe un malestar difícil de ignorar. La sensación de que los escándalos deberían pasar factura electoral choca con unos números que no se mueven. Hay quien lo atribuye a la debilidad del líder de la oposición, incapaz de capitalizar el descontento. Otros van más allá y apuntan a un sesgo metodológico: las encuestas se hacen a domicilios fijos, dejando fuera a perfiles jóvenes, móviles o precarios que precisamente son los más críticos. El debate sobre la fiabilidad del CIS no es nuevo, pero este último sondeo lo resucita con fuerza.
El escepticismo como norma
Cuando cualquier encuesta que contradice el hartazgo ciudadano es recibida con una sonrisa incrédula, algo falla. El argumento de que "si fuera cierto, ya estarían convocadas elecciones" revela hasta qué punto se ha deteriorado la credibilidad de los sondeos oficiales. Los datos del CIS, en lugar de ser el punto de partida del análisis, se han convertido en otro elemento de la batalla política. Ironías de un país que no se fía ni de sus propias estadísticas.
Y mientras tanto, la desmoralización sigue campando a sus anchas. El dato que descoloca: pese a que nadie en la calle parece creérselo, el CIS insiste en que el PSOE ganaría. O los encuestados mienten, o el método no capta el enfado real. Probablemente ambas a la vez.