Quién iría a filas si España entrara en guerra con Marruecos
Pongamos que un martes suena el teléfono y una voz administrativa comunica que estás movilizado. Petate, fusil y rumbo a Ceuta, a Melilla, al Rif o, con suerte, a un barco hacia Canarias. La premisa no es un ejercicio de academia: es la pregunta que ha generado un largo hilo de respuestas y una conclusión incómoda para cualquier Estado Mayor. Una de las respuestas más repetidas es que no irían.
Ceuta y Melilla: la factura que nadie quiere pagar
El escenario que se plantea es una hipotética guerra con Marruecos por los territorios del norte de África. Un cálculo que circula en la discusión pone el foco en las cifras: alrededor de 119.000 personas vivirían en esos enclaves, un territorio que —se argumenta— apenas produce bienes ni servicios y que arrastra un coste económico permanente. La pregunta que se lanza no es tanto si se puede defender, sino por qué merecería la pena hacerlo.
Frente a ese escepticismo económico aparece la corriente opuesta, la que sostiene que una fuerza aérea y unas fragatas bastarían para neutralizar al adversario. Pero incluso esa corriente se rompe por dentro: hay quien añade que, con el mando actual, la orden sería otra muy distinta. La confianza en la cadena de decisión pesa más que la capacidad militar.
Un enemigo que cambia cada temporada
Una de las grietas más repetidas no es militar, es de relato. Hace poco el adversario era otro, y había que ir a defender un país lejano; ahora resulta que el enemigo está al sur del Estrecho. «¿Pero el enemigo no era…?», se pregunta más de uno. La falta de un enemigo estable funciona como argumento contra la propia movilización: si ni siquiera se sabe a quién hay que disparar, la lealtad se diluye.
El patriota que pone condiciones
El segundo patrón, muy repetido, es el patriotismo condicionado. Una parte de los que responden no descarta ir, pero solo bajo un supuesto concreto: que quien gobierne ponga por delante la defensa nacional sin cortapisas. El matiz es revelador. No se niegan a combatir por España; se niegan a combatir por un Estado del que desconfían.
En el extremo más bronco, una corriente lleva el cabreo aún más lejos: sostiene que el verdadero frente estaría dentro, en las instituciones, y no enfrente. Son posturas minoritarias dentro del conjunto, pero funcionan como termómetro de un malestar que ninguna campaña de reclutamiento sabría gestionar.
CETME, mili y medallas a tanto la cabeza
No todo es doctrina. Entre las respuestas hay un anecdotario de cuartel que explica mucho: veteranos que recuerdan su servicio hace medio siglo, guardias en un acuartelario de provincias, un cargador entero vaciado en una sola noche. La ironía campa a sus anchas cuando se propone un sistema de incentivos al heroísmo: una condecoración a partir de cierto número de bajas enemigas y otra superior para las cifras altas. El chiste tiene fondo: es la lógica de premiar la guerra como si fuera una liga de barrio.
Con este material, la foto es clara. La pregunta original —¿vas o no vas?— se ha transformado en otra: ¿por quién? Y ahí el silencio institucional es ensordecedor. Un largo hilo de respuestas y poca disposición a coger el fusil sin antes haber cobrado una factura política pendiente.