¿Podían los hornos nazis quemar más cadáveres que los de hoy?
¿Cómo se compara un horno crematorio civil actual con los hornos de un centro industrial de los años cuarenta? La respuesta rápida engaña. Un cálculo que circula toma los
520 hornos en servicio en España en 2021 —año de saturación por el covid— y los cruza con los
40 atribuidos a Auschwitz-Birkenau, para concluir que la técnica de la Segunda Guerra Mundial era «entre 10 y 50 veces más eficaz». La cifra suena rotunda y alimenta toda clase de teorías. El detalle incómodo es que compara equipos que no se comparan y pasa por alto para qué se usaba cada uno.
El punto de partida: 520 hornos en España frente a 40 en Auschwitz
Los números de los que sale todo están sobre la mesa. En 2021 murieron en España unas
420.000 personas y solo la mitad se incineró, repartidas entre centenares de hornos que, en plena pandemia, llegaron a trabajar al borde de la saturación; desde entonces se han comprado más. En el otro lado, el cálculo usa la cifra mínima de víctimas de Auschwitz-Birkenau para 1942-1944 —
1.300.000 muertos—, con un máximo estimado de tres millones, y unos cuarenta hornos.
Conviene separar dos cosas: capacidad de incineración y número de muertos. La primera depende de cuántos cuerpos entran por horno, de las horas que funciona al día y de cuánto aguanta antes de averiarse. La segunda depende de otras muchas variables que no pasan por ningún horno.
Por qué un crematorio industrial no equivale a uno civil
Aquí está el núcleo técnico. Un horno civil trabaja con un cuerpo por vez y devuelve cenizas individuales a cada familia; un crematorio concebido para deshacerse de cadáveres a escala no tenía esa servidumbre. Al no haber que identificar restos, se podían meter
varios cuerpos por muffle y ahorrar ataúd, tiempo y combustible. La diferencia no era de tecnología punta, sino de método y de ausencia de escrúpulos administrativos.
Hay un segundo factor que se suele pasar por alto: las horas de operación. Un crematorio municipal español no funciona de madrugada; uno industrial podía estar encendido buena parte del día. Eso multiplica la capacidad sin necesidad de ninguna máquina futurista.
El contraargumento es igual de terco: ningún horno trabaja de forma ininterrumpida sin averías, y el mantenimiento es lo que más limita la producción. El factor multiplicador se estrecha.
El cálculo que rebajó el factor de 50 a 8
Merece la pena hacer las cuentas. Si se cogen los 420.000 incinerados en España entre 520 hornos en un año, salen unos
807 por horno. Si se toman los 410.000 de Auschwitz entre 40 hornos a lo largo de tres años, salen cerca de
3.416. La relación es de 4,2 veces. Cuando se corrige que en España solo se incineró a la mitad de los fallecidos, el factor sube a ocho. Ocho veces más, no cincuenta.
De aquí salió uno de los picos de tensión de la discusión: si los datos de Auschwitz son anuales o del trienio completo, el resultado cambia por completo. El desglose partida a partida, con las medias anuales y el reparto temporal, es donde el multiplicador se desmorona.
Dónde la aritmética se convierte en otra cosa
Hasta aquí, un desacuerdo sobre cómo se dividen dos cifras. El problema llega cuando la comparación de hornos sirve de trampolín para cuestionar el conjunto del exterminio. En esa línea aparecen argumentos sobre supuestas cámaras sin sellar, la orientación de las puertas o los restos documentales, presentados como fisuras del relato.
La pieza más recurrente es el
Informe de la Cruz Roja Internacional, citado a menudo fuera de contexto. Ese informe reconoce el exterminio y precisa que sus delegados no pudieron inspeccionar los campos de judíos; las citas que se le atribuyen para negarlo corresponden a secciones sobre otros internamientos. Algo parecido ocurre con los planos reconstruidos de Majdanek o con la muerte de Ana Frank por tifus: datos reales que no demuestran lo que se pretende, y que chocan con la documentación de las empresas fabricantes de hornos, los testimonios y las confesiones.
Que un cálculo esté mal hecho no convierte en verdad su contraria. Ese salto lógico se cuela una y otra vez.
Las preguntas que quedan sin cerrar
El asunto deja varias cosas sueltas. Por qué se incineraban los cadáveres en lugar de enterrarlos, con el gasto de energía que exigía, cuando la fosa común era más barata. Por qué la cifra de víctimas se ha ido revisando a la baja en los libros de historia mientras otras se mantienen intocables. Y la de fondo: qué parte de la contabilidad de la guerra es dato firme y qué parte es reconstrucción posterior, con una veintena de campos distintos mezclados en la misma frase.
Con esta materia prima, cualquier conclusión tiene garantía de bronca. Lo único que resiste el escrutinio es hacer bien la división. Lo demás, para quien tenga la paciencia de contarlo todo otra vez.