El mito del descapotable se resiste a plegarse a la era híbrida
Los amantes del coche descubierto siguen defendiendo la «libertad» de conducir sin techo, aunque la industria empuje hacia la electrificación. La discusión resurge cada verano, cuando los precios del combustible y las restricciones de emisiones invaden hasta el último concesionario.
De fondo asoma la pregunta incómoda: ¿un Ferrari híbrido es todavía un Ferrari de verdad? Hay quien responde que sí, que por fuera está «guapo» y que la mecánica es lo de menos. Otros, más puristas, sostienen que el ronroneo de un motor de combustión no se puede emular con baterías. La estética, dicen, gana enteros; la esencia, en cambio, se diluye.
Mientras tanto, en la trastienda doméstica, alguien celebra haber aprendido por fin a planchar. «Por fin iré decente por la vida», resume. El logro suena a chiste, pero tiene su miga: no hay libertad que valga si se llega a la oficina con la camisa arrugada.
El descapotable seguirá siendo un objeto de deseo, híbrido o no. La pregunta es si el futuro lo verá como un capricho de otra época o como un lujo que la transición energética se empeña en encarecer.