El vocabulario de la crisis se muere antes que sus deudas
La jerga que acompañó a la burbuja inmobiliaria española se está jubilando. Expresiones como NEP, pasapisos o visillera, que en su momento condensaban ironía y crítica social, apenas se usan ya. Su desaparición no es un capricho de nostálgicos: es el síntoma de que el lenguaje económico pierde memoria.
Un diccionario que se desvanece
La NEP –Nueva Época de Prosperidad– era un misil retórico capaz de arruinar cualquier discurso triunfalista en plena crisis de 2010. Mientras los desahucios se acumulaban, algunos insistían en que estábamos montados en un cohete. La ironía era tan afilada que la expresión llegó a importar la Nueva Política Económica de Lenin, con un guiño doctrinal que la hacía aún más corrosiva. Hoy, quien la escucha necesita que se le explique todo.
El resto del vocabulario sigue la misma pendiente. Pasapisos, la forma natural de llamar al especulador que compraba y revendía viviendas sin aportar nada; visillera, la caricatura del votante de manual; bombones en les sedes, la propaganda clientelar; abro paraguas, el protocolo de protección antes de abrir un asunto polémico. Cada palabra llevaba dentro una anécdota, una fecha y un cabreo. Ese diccionario se está quedando sin hablantes.
La ironía como termómetro económico
Estas expresiones no nacieron de una ocurrencia académica, sino de un entorno de endeudamiento masivo y tensión financiera. La ironía necesita un ancla concreta: cuando el precio del ladrillo deja de subir, el pasapisos deja de tener sentido como chiste. A medida que la crisis se enquista y la generación que la sufrió se dispersa, la jerga pierde la referencia que la mantenía viva.
Hay quien sostiene que todos estos términos podrían regresar si reaparecen las condiciones que los crearon: una nueva dinámica de crédito barato y burbujas de activos. Otros creen que no, que el lenguaje simplemente se agota. Lo que nadie discute es que su desaparición coincide con la de sus mejores intérpretes. La propia comunidad ha perdido a varias de sus referencias históricas, y no precisamente por debilidad de la ironía.
Qué perdemos cuando se van las palabras
Que una generación no sepa qué era un pasapisos no es en sí una tragedia. El problema es que la jerga de esa época codificaba una desconfianza razonable hacia el relato oficial. Sin ella, la siguiente crisis tendrá que reinventar el diccionario desde cero, con todos los errores que eso implica. Por ahora, el único epitafio posible es el de las palabras gastadas: se usaron, hicieron daño, hicieron gracia y se fueron.