«Bratty» y otras exigencias: cuando pedirlo todo no encuentra comprador
El pujante mercado de las relaciones de pareja ha incorporado un nuevo anglicismo: «bratty». Una palabra que, según la RAE sajona, describe a alguien mimado, caprichoso y que espera salirse siempre con la suya. En el ámbito de las citas online, ha empezado a utilizarse como etiqueta de perfil, casi como un estándar de calidad. Pero lo que parece una declaración de intenciones se convierte, a ojos de muchos, en una lista de la compra con la nevera vacía.
La lista de deseos sin contrapartida
El perfil tipo que ha desatado el debate es el de una muyer que exige, por escrito, una serie de condiciones: que el candidato sea «proveedor», que tenga «energía» y «disponibilidad emocional», que no espere un reparto 50/50 en las cuentas, y que además tolere un carácter «bratty». Todo ello sin especificar qué aporta ella a la ecuación. «Pido todo. Me monto películas. Tendrás que averiguar qué ofrezco a cambio», resumía un comentarista con ironía. La comparación con una oferta de empleo en InfoJobs no tardó en llegar: el candidato debe presentar nóminas, declaración de la renta y vida laboral para la segunda cita.
El economista y divulgador que analiza estos fenómenos señaló que la dinámica recuerda a la de un mercado de trabajo con exceso de oferta: «Hoy en día ligar es como ir a una entrevista laboral donde se presentan 3.000 candidatos para un puesto sin remunerar, y encima pagas tú por barrer la nave». La asimetría informativa y el desequilibrio de poder son patentes.
La teoría del cherry picking y la caída de precios
Algunos participantes en el análisis comparan esta actitud con la de quien pone un piso a la venta por 250.000 euros sabiendo que el precio de mercado es 180.000. «Por pedir que no quede, y si pica, mejor», explican. Pero el riesgo es quedarse sin comprador. La analogía inmobiliaria se extiende: el vendedor pide mucho pero no ofrece nada diferencial, y el mercado, con conocimiento, castiga.
Hay quien defiende que, al menos, la transparencia es un valor: «Por lo menos va de cara y te lo dice en el primer mensaje». Pero la mayoría considera que se trata de una estrategia condenada al fracaso, salvo que aparezca un «suicida» dispuesto a aceptar condiciones leoninas. Como apuntó un analista: «Ante mucho pedir y nada a ofrecer, garantizado: alto coste e ínfimo retorno».
El contexto económico: inflación de exigencias
Detrás de este fenómeno late un cambio generacional y económico. La inflación, la precariedad laboral y el encarecimiento de la vivienda han reconfigurado las expectativas. Varios comentaristas señalaron que la exigencia de un «proveedor» —término que evoca el siglo pasado— resurge con fuerza entre muyer jóvenes que, paradójicamente, se definen como empoderadas. «Quieren todas las ventajas del feminismo, pero ninguno de los inconvenientes», resumió uno de los análisis más compartidos.
No obstante, también hay quien pone el foco en la responsabilidad masculina: «Siempre habrá un tío dispuesto a aceptar estas condiciones con tal de no estar solo». El mercado, al final, funciona con oferta y demanda. Y mientras haya comprador, el vendedor no bajará el precio.
El punto ciego: ¿qué ofrece ella?
La pregunta que recorre todo el debate es simple y demoledora: «¿Y ella qué aporta?». Las respuestas oscilan entre el sarcasmo («Pechos grandes naturales y bien puestos», «la absorbe bien») y la crudeza («La nada»). Más allá del tono soez, la cuestión de fondo es económica: en una transacción, ambas partes deben percibir valor. Si una parte solo exige, el intercambio no se produce. O, como dijo un analista, «quien trinc pagando acaba ahorrando dinero y salud». La provocación no oculta una verdad: las relaciones sostenibles requieren reciprocidad.
Predicción con reservas
Es probable que este tipo de perfiles «bratty» sigan proliferando mientras haya una bolsa de demandantes dispuestos a asumir el coste. Pero la tendencia a largo plazo apunta a una corrección: cuando el mercado se sature de oferta sin demanda, los precios —las exigencias— bajarán. O, como predicen algunos, la soltería se consolidará como opción racional para muchos. El tiempo —y los datos de las aplicaciones de citas— lo dirán.
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Este artículo se nutre del análisis de una conversación pública en un foro económico. Los datos y argumentos aquí recogidos pertenecen a los participantes, no al autor.