¿Y ahora qué? Trump vuelve a la Casa Blanca entre la esperanza y el temor
La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales ha reabierto en los círculos económicos y políticos una pregunta tan simple como incómoda: ¿y ahora qué? Cuatro años de mandato por delante, una economía global en plena reconfiguración y una Europa que, una vez más, se asoma al precipicio sin red. En el ambiente flota una sensación que compartiría el votante más escéptico: da igual quién se siente en el Despacho Oval, la factura la pagamos casi todos. Pero no todos esperan lo mismo.
En los foros de análisis se mezclan la esperanza, el miedo y bastante morbo. Hay quien ve en Trump al ariete definitivo contra lo que llama el «wokismo»: la corrección política, las políticas identitarias y la censura que, según sostienen, corroe a Occidente desde dentro. Los más entusiastas afirman que si consigue frenar esa agenda, le perdonan cualquier cosa. Otros, más cautelosos, recuerdan que el mundo no se cambia en cuatro años y que el llamado estado profundo sabe esperar.
El wokismo, el chivo expiatorio perfecto
La palabra «woke» funciona como un imán en el debate público. Para unos, es la excusa perfecta para justificar los males de la civilización occidental: el declive de los valores tradicionales, la fragmentación social, la pérdida de identidad. Para otros, es un término vacío que sirve para agitar a la tribu y desviar la atención de los problemas reales. En este escenario, la promesa de acabar con el wokismo desde la Casa Blanca suena a revancha, no a política.
No falta quien advierte de que la desaparición de esas agendas programáticas dejaría el terreno libre para otros fines menos confesables. La metáfora de la hidra de las veinte cabezas condensa bien la idea: cada movimiento de la administración saliente ha generado una nueva cabeza que, cuando se corta, no deja de brotar. Trump promete la guadaña, pero el jardinero tiene experiencia: en su primer mandato ya lo intentó sin éxito.
La factura europea de la victoria de Trump
Pocas dudas hay sobre el impacto que la nueva presidencia tendrá en Europa. Los análisis más crudos lo resumen con una frase: ganase quien ganase, a los europeos les iban a «tocar las narices». Con Trump, además, la sacudida viene acompañada de un estilo tan directo como desconcertante. Las amenazas de anexionar Canadá y Groenlandia no son, por ahora, más que declaraciones, pero si se materializaran, EE UU controlaría en el Ártico un territorio comparable al de Rusia. Un titular que parece sacado de una ucronía, y que sin embargo está sobre la mesa.
La política comercial es otra de las patas de este escenario. Los aranceles sobre la industria europea, la presión sobre la OTAN para que Europa asuma más costes y un repliegue aislacionista que puede dejar al Viejo Continente con la miel en los labios. Los más escépticos recuerdan que las relaciones transatlánticas nunca han sido un camino de rosas, pero con esta administración el descenso puede ser más brusco.
La batalla contra el estado profundo
Uno de los ejes del debate es la promesa de desmantelar la burocracia que, según se denuncia desde el círculo de confianza de Trump, censura la libertad de expresión. La idea de despedir a los funcionarios que controlan la información y de limpiar las instituciones del poder establecido marca una línea divisoria entre los que lo ven como una purga necesaria y los que lo consideran un peligro para el equilibrio democrático. Podría decirse que la estrategia repite el estilo de Elon Musk con su red social: cortar por lo sano y que los que lloran, lloren.
Pero aquí surge la primera gran duda: hasta dónde puede llegar Trump sin chocar con el propio sistema. El estado profundo no se desmonta con tuits, ni siquiera con firmas presidenciales. Los que ya han vivido un mandato suyo saben que el boicot puede venir tanto de la oposición demócrata como de los republicanos clásicos, que no le perdonan su estilo. No es descartable que, como ya ocurrió en 2017, pase más tiempo peleando con el engranaje que gobernando.
Irán y el servicio militar, el nuevo foco de tensión
A medida que el conflicto con Irán se intensifica, los ciudadanos estadounidenses empiezan a hacerse una pregunta incómoda: ¿habrá reclutamiento forzoso? Trump ha dicho en campaña que no lo descartaría, y la administración ha hecho poco por despejar la incertidumbre. Diversas informaciones señalan que hay empleos que podrían quedar exentos, como si el Ejército buscara preservar a los trabajadores que pueden seguir manteniendo la economía en marcha mientras otros van al frente. Una calma tensa, la de quien quiere tener un plan B, pero no sabe si le tocará a él.
La referencia no es baladí: el miedo a un regreso de la conscripción recorre el país mientras las tensiones en Oriente Próximo se acercan a un punto de no retorno. Los analistas más duros recuerdan que el complejo militar-industrial necesita una amenaza exterior para justificar su presupuesto, y con Trump en el poder el discurso de la fuerza no mengua, sino que se amplifica.
El escepticismo como postura
Y en medio de todo, la posición más extendida es la que sospecha que, al final, será «más de lo mismo». La misma sensación de deja vu que se repite en cada ciclo electoral: promesas de cambio, choque con la realidad, un puñado de titulares espectaculares y una ciudadanía que mira las noticias con el ceño fruncido. Es la conclusión de quienes han visto demasiadas revoluciones anunciadas que se quedaron en un cambio de vestuario.
El nuevo inquilino de la Casa Blanca promete marcar el territorio desde el primer minuto, con la firma de órdenes ejecutivas que ataquen la burocracia y la censura. Pero en la sala de máquinas, la duda corroe: ¿aldaba o simple ruido? Mientras tanto, Europa espera el impacto con la misma sensación de estar, una vez más, en el ojo del huracán. La pregunta de fondo no tiene respuesta fácil, solo la certeza de que nada será como antes, aunque no sepamos muy bien cómo será.