Comer solo: cuánto presupuesto necesitas de verdad
Un hombre de 45 años y 75 kilos, viviendo solo, quería saber cuánto dejar en el supermercado cada mes. La respuesta, según quien la dé, va de los 100 euros del austero a los 300 del que no renuncia a nada. En el centro, la horquilla real se sostiene en 150-250 euros para comer variado y sano, con dos variables que pesan más que la lista: las comidas fuera de casa y la organización de la despensa.
La economía de escala juega en contra del que vive solo. En proporción, cuatro personas se apañan con unos 500 euros al mes; uno solo, difícilmente baja de 250 si quiere fruta, pescado y carne con regularidad. Otra cosa es convertirlo en reto.
La horquilla real del gasto para una persona
Los presupuestos que circulan dibujan tres corrientes. La primera ronda los 100 euros: legumbres, arroz, verdura congelada, fruta de temporada, merluza y sardinas, pollo, gorrino, cigot y yogur. Sin alcohol ni caprichos, cuadra. La segunda, la mayoritaria, se mueve entre 200 y 250 euros: añade ternera, pavo, pescado fresco, aceite de oliva decente y algún vino ocasional. La tercera supera los 300, y suele incluir un capítulo que nadie contaba: el bar.
Comer fuera de casa es el verdadero agujero. Con 100 euros se puede sobrevivir a base de pasta, arroz, sopas de sobre, conservas y guisos de los de antes. Pero sobrevivir no es comer. La frontera de los 150 euros separa la alimentación de subsistencia de una dieta digna, variada y con verduras de verdad.
Los trucos que tumban el ticket: ofertas, congelador y apps
La diferencia entre gastar 100 y gastar 200 no está solo en la capacidad de compra, también en la técnica. Hay quien planifica la compra cada tres o cuatro días, usa el congelador como arma masiva y vigila las promociones desde el móvil antes de salir de casa. El resultado: salmón noruego a 5,95 euros el kilo, aceite de oliva a 2 euros el litro, cerveza con fecha de consumo preferente de 2019 comprada por cajas. En semanas buenas, la compra cae a 25 euros y la media se estabiliza en 47,4.
Los escépticos ven trampa: esos presupuestos solo funcionan porque se amortizan compras de semanas anteriores y no cuentan los tickets que paga otro miembro de la casa. La réplica es tan sencilla como demoledora: si se mide el trimestre, la cifra sigue cuadrando. La gestión de despensa no es un truco contable; es la herramienta que separa al que come bien por 100 euros del que paga 300 por lo mismo.
Calidad barata: la cocina de aprovechamiento como respuesta
Los que más han exprimido el presupuesto coinciden en un punto: lo barato no está reñido con lo bueno si se cocina. Sustituir pasta y arroz por legumbres, potajes y guisos cuesta lo mismo y aleja la diabetes. Hacer pan en casa con fermentación natural no exige tiempo si se usa el programador del horno. Y una berza gallega o un caldo verde portugués demuestran que, con maña, se come por dos euros.
Lo que no dicen los defensores de la dieta mínima es que la calidad tiene un precio en salud y en monotonía. Cuando el tema volvió a la superficie años después, apareció una pregunta incómoda: qué pasa cuando la dieta de miseria se convierte en forma de vida. La respuesta quedó en el aire, pero el análisis de sangre de más de uno debería haberla contestado.
El dato que descoloca llegó en ese reflote: frente a la inflación oficial del 3% anual, la cesta de la compra real parece haberse encarecido bastante más. Los que ajustan su menú al presupuesto lo saben. Los que fijan el IPC, no.