Trabajar 12 horas para no llegar a fin de mes: el sentido de la vida
¿Para qué levantarse a las seis de la mañana si el sueldo se agota antes que el mes? La pregunta, formulada sin adornos, abre una discusión que deja un retrato incómodo del trabajador español medio: jornadas de ocho a doce horas, jefes que no se eligen, hipotecas que no se acaban y la sospecha creciente de que todo el montaje sirve para que la rueda siga girando sin que nadie pregunte hacia dónde.
El punto de partida es una tesis sin anestesia: la vida entendida como carrera de obstáculos laboral es, en palabras del planteamiento inicial, una estafa. El diagnóstico se apoya en una cadena que muchos reconocen: sueldo que no cubre gastos, pareja que envejece entre broncas por pagos pendientes, divorcio con abogados y pensiones compensatorias, sueños de juventud archivados y un final sin nadie que recuerde el nombre. La conclusión, servida con sarcasmo, es que la especie humana se cree importante solo por tener conciencia, cuando en realidad compite en el mismo barro que cualquier otra.
¿Es la vida una estafa o solo un mal reparto de tareas?
La primera respuesta que cuaja en la conversación es biológica y fría: sobrevivir y reproducirse. Es lo básico, lo demás es adorno. A partir de ahí el acuerdo se rompe. Una parte sostiene que el problema no es la vida sino el modelo: trabajar no siempre fue esto, antes se cazaba, se recolectaba y se vigilaba que no te comiera otro, con la misma carga de horas pero sin jefe al que rendir cuentas. Otra parte responde que la queja es cómoda y que el que se organiza encuentra salida: hay quien emigró, montó negocio fuera y vive sin agobios, y hay quien se quedó en la oficina y arrastra una muerte en vida que confunde con estabilidad.
El cálculo que más circula no es económico sino existencial. Si el trabajo se come diez horas diarias, ¿cómo se levanta un proyecto propio, se cría a un hijo o se aprende un oficio nuevo? La respuesta que se repite es que no se levanta: la mayoría son piezas que suben y bajan por la M-50 sin enterarse. Y el que intenta salir se encuentra con dos puertas: quedarse en España con precios de vivienda disparados y sueldos precarios, o marcharse como migrante a malvivir en otro sitio. Ninguna de las dos convence.
El trabajo que no da para vivir y la huida que no da para volver
El hilo se parte aquí en dos corrientes que no se escuchan. La primera defiende el valor del esfuerzo sostenido: quien se entrega a algo durante años es más feliz que quien va dando tumbos buscando dopamina fácil, y el que opta por lo cómodo acabará pagándolo cuando el ajuste llegue. La segunda responde con la experiencia propia: hay quien tenía trabajo fijo, lo dejó y avisa de que esto está tocado de muerte, que ni los funcionarios ni los administrativos ni los policías se libran del descalabro que viene.
Entre medias aparecen los que ya encontraron su fórmula. Un ferretero cuenta que trabaja ocho horas pero en su propio negocio, sin jefes ni compañeros que aguantar, y que cuando no hay faena lee o navega. No tiene pareja ni la busca. Llegó a casa a las nueve, se dio un baño caliente y cerró el día. Es el retrato opuesto al del asalariado que se divorcia y paga dos hipotecas.
¿Se puede ser feliz sin creer en nada?
La capa filosófica del asunto se resuelve con más resignación que respuesta. Unos defienden que la vida no tiene sentido y hay que dárselo uno mismo, que tras la muerte no queda nada y que eso, lejos de ser trágico, libera. Otros replican que la vida no es un regalo sino una condena a muerte segura, y que quien decide tener hijos no mejora la especie, solo prolonga la cadena. La santidad por el trabajo diario, la lotería, el gimnasio, la pornografía y el sexo aparecen como paliativos en la misma lista, sin jerarquía.
El cierre más repetido no es un cierre. Es una constatación: la vida es como una paja, para arriba y para abajo, y al final leche. Con ese nivel de profundidad, cualquier discusión sobre el propósito parece un lujo de gente con tiempo libre. Y quizá ese sea el dato que faltaba.