Volante bimasa: ¿una pieza maldita o un falso mito?
¿Es el volante bimasa la ruina económica del conductor diésel de segunda mano? La pregunta resurge cada vez que toca cambiar el embrague en un coche de cierta edad. Las experiencias reales van de la tragedia al uso plácido: hay quien ha superado los 600.000 kilómetros sin problemas (Mercedes Viano, según un conductor), mientras otros reciben presupuestos de hasta 2.000 euros por el kit completo en un Ford Mondeo TDCi. El desglose realista del mercado sitúa el cambio entre 800 y 1.400 euros, con piezas de marca como LuK o Sachs desde 350 euros. Otra vía es la conversión a monomasa, que ronda los 500 euros, aunque los puristas advierten que eliminar el bimasa puede acelerar el desgaste del embrague.
¿Es solo cosa de diésel?
A menudo se asocia el bimasa con los motores diésel, pero también se monta en gasolina de tres cilindros turbo. Su función no es únicamente amortiguar vibraciones: protege la caja de cambios y el embrague de torsiones. Por eso, quitarlo no es gratis a largo plazo. La duración depende del estilo de conducción: arrancar con embrague pisado, no revolucionar en frío y evitar tirones alarga su vida.
Síntomas y diagnóstico
El primer aviso son las vibraciones en ralentí y marchas cortas. Algunos modelos tienen una ventana de inspección en la caja de cambios que permite ver el estado del volante sin desmontar. No es un componente eterno, pero con un uso cuidadoso puede superar los 300.000 kilómetros.
La conclusión es agridulce: el bimasa no es la pieza maldita que algunos pintan, pero su sustitución duele en el bolsillo. Como casi todo en mecánica, el verdadero problema no es la pieza, sino el conductor.