Madrid colapsa: 8 millones de personas para 6 millones de plazas
A principios de noviembre, un vídeo mostraba a decenas de viajeros apiñados en el andén de la línea 10 de Metro de Madrid. Los trenes llegaban reventados y el aire acondicionado no daba abasto. «Era como lo que se ve en ese vídeo, pero con el andén absolutamente abarrotado de gente», relataba un usuario con 43 años de experiencia en el suburbano. «La solución: a pie, y deseando no volver a usar el metro nunca más». No es un caso aislado. La línea 1, que recorre el centro de la capital, tiene vagones más estrechos y un aire acondicionado diseñado para condiciones normales que «ahora con 70 personas por centímetro cuadrado no funciona», explican los técnicos.
El desajuste demográfico: 6 millones de censados, 8 millones reales
La Comunidad de Madrid tiene oficialmente 6,7 millones de habitantes censados, pero quienes viven y usan los servicios públicos calculan que la cifra real se acerca a los 8 millones. El motivo: la inmi gración irregular y la regularización masiva. Según los datos que circulan entre los analistas, en un solo año entraron cientos de miles de personas sin documentación, y se estima que la regularización de un millón de indocumentados podría traer, por reagrupación familiar, hasta cinco millones más. Un cálculo que, de cumplirse, dispararía la presión sobre vivienda, sanidad, educación y transporte.
En pisos de tres habitaciones llegan a vivir tres familias completas. «Hay cuentos de miles de pisos así», señalan desde el sector inmobiliario. Gente que va al médico, viaja en metro, usa todos los servicios... Todo ello sin que las infraestructuras hayan crecido al mismo ritmo. El resultado es un colapso que ya se siente en el día a día.
Vivienda y alquiler: el negocio de la escasez
La presión migratoria ha encarecido el alquiler de forma brutal. «Mano de obra barata y luego les trincas todo el sueldo en alquileres», resume un análisis del mercado. Los propietarios de viviendas antiguas, que viven de las rentas, ven con buenos ojos esta afluencia: «¿Quién va a pagar esos alquileres?», se preguntan desde otro ángulo. Mientras, los madrileños de toda la vida ven cómo sus barrios se transforman y los precios se disparan. Algunos ya miran hacia Valladolid o Soria, donde el coste de vida es menor, aunque saben que los forasteros, en cuanto pueden, se trasladan a Alemania u otros países donde las condiciones son mejores.
El factor político: ¿quién paga el pato?
El debate político está enconado. Por un lado, se acusa al Gobierno central de fomentar la inmi gración irregular para abaratar costes laborales y mantener el negocio inmobiliario. Por otro, se señala a la Comunidad de Madrid por su discurso aperturista, que algunos califican de «catch-all» electoral. «Seguramente ya son más los forasteros con derecho a voto que los que están dispuestos a dejar de votar a Ayuso por su política de hispanidad mal entendida», argumentan unos. Otros replican que la izquierda también es responsable, pues «cualquier número de forasteros les parece poco». Lo cierto es que nadie parece querer poner freno a la dinámica.
Servicios públicos al límite
La sanidad pública es otro punto crítico. «A ver si la mitad se mueren esperando una operación con 20 ilegales delante», se lee en los análisis más crudos. Las listas de espera se alargan y los hospitales no dan abasto. En educación, los centros están masificados y las aulas, desbordadas. El transporte público, como el metro, es un reflejo de la saturación: líneas como la 1, que deberían tener los mejores vagones por pasar por el centro, son las más antiguas y con peor climatización. «Si en vez de venir de Vallecas saliera del Barrio de Salamanca, sería otra cosa», ironizan los usuarios.
El cierre de la discusión deja un dato que descoloca: a pesar del deterioro, el precio de la vivienda no deja de subir y la llegada de personas no se detiene. «Hace falta otro millón para que la gente salga a las calles», se dice. ¿Hasta dónde llegará la capacidad de absorción de Madrid? De momento, las fronteras se mantienen abiertas y el mercado sigue su curso.