por Vladímir Simonov
... el 25 de abril de 1945, en San Francisco se inauguró una conferencia internacional convocada para instituir la Organización de las Naciones Unidas, llamada a imponer paz lo más rápido posible en el temerario mundo nuevo que surgía con el fin de la guerra. Mientras tanto, sentado en su buró en la redacción de
The New York Times, el periodista Charles Higham, más tarde conocido historiador estadounidense, acometía la tarea de toda su vida: era un estudio que entonces parecía ser herético, y lo parece a algunos hasta hoy día, que desembocaría en el libro sensacional
Transacciones concertadas con el adversario.
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Tapa del libro "Transacciones concertadas con el adversario" del historiador estadounidense Charles Higham, una seria investigación sobre los sucios negocios de los banqueros norteamericanos con los nancy durante la Segunda Guerra Mundial.
El subtítulo decía: «Desenmascaramiento del complot monetario nancy-estadounidense de 1939-1949».
Había qué desenmascarar, según se averiguó. De los hechos, que Higham encontró en documentos del Archivo Nacional de EEUU, después de que se dio libre acceso a ellos, y en otras fuentes, surgía un cuadro vergonzoso. Se trataba de la cooperación que mantenían con Hitler durante la guerra los pilares de la empresa libre estadounidense, tales como «Standar Oil of New Jersey», «Chase Manhattan Bank», «Texas Company», «International Telephone and Telegraph Corporation», «Ford», «Sterling Products» y otros muchos.
Según pruebas documentales que aduce el autor de
Transacciones concertadas con el adversario, tal cooperación no suscitaba desaprobación por parte de la Administración de EEUU del período de la guerra, incluidos el titular de Comercio, Jesse H. Jones; el de Hacienda, Henry Morgenthau, y altos funcionarios del Departamento de Estado.
Miremos a algunas de esas transacciones con los ojos de los soldados de la Segunda Guerra Mundial. Mientras que Albert Kotzebue y su Primer Ejército se abrían paso hacia el Elba, para encontrarse allí con los rusos, mientras que los estadounidenses en EEUU y los ingleses en las islas Británicas hacían colas cerca de las gasolineras vacías, «Standart Oil of New Jersey» enviaba petróleo vía la Suiza neutral para que los carros blindados alemanes llenaran sus tanques.
Cuando los soldados de los Ejércitos aliados avanzaban hacia el Elba, contra ellos a menudo abrían fuego en vuelo rasante aviones de la Luftwaffe, provistos de motores que se fabricaban en cadena en las empresas «Ford» ubicadas en la Europa ocupada.
Empresas estadounidenses, incluida su potente sucursal instalada cerca de París, en Poissy, siguieron fabricando durante toda la guerra motores de aviación, camiones y automóviles. Lo hacían para la Alemania nancy, por supuesto. Y con visto bueno de sus propietarios estadounidenses, claro está. «Al comenzar el año, nos comprometemos a hacer lo máximo para alcanzar la victoria definitiva», aseguraba el rotativo que se editaba en una empresa «Ford» ubicada en Alemania.
Mientras que los soldados avanzaban hacia el Elba, Walter Schellenberg, jefe del Servicio de Contraespionaje de la Gestapo, se desempeñaba al propio tiempo como uno de los directivos de la estadounidense «International Telephone and Telegraph Corporation» (ITT). Según pudo averiguar el autor de
Transacciones concertadas con el adversario, el presidente de la ITT, Sosthenes Behn, hacía viajes en persona durante la guerra de Nueva York a Madrid y Berna, con el fin de debatir el tema del perfeccionamiento de los sistemas de comunicaciones del Ejército alemán.
En mayo de 1944, mientras que los soldados avanzaban hacia el Elba, Thomas McKittrik, presidente estadounidense del Banco de Operaciones Internacionales (BIS) de Suiza, controlado por los nancy, arribó a su oficina de Basel, Suiza, para presidir la reunión anual de sus directivos, la cuarta durante la guerra. Junto con Emil Puhl, emisario de Hitler, él debatió todo lo relacionado con el arribo a los depósitos del Banco de unos lingotes de oro, de 20 kilogramos cada uno, por 378 millones de dólares.
Dicho oro fue robado en bancos de los países ocupados. Según escribe, Charles Higham, incluía también el oro de monturas, anillos, cigarreras y dientes de presos de los campos de concentración nancy, fundido en sótanos del Reichsbank. Ya en marzo de 1943, el congresista Jerry Voorhis propuso adoptar una resolución en que se exigiese investigar las operaciones efectuadas por el BIS. A él le interesaban «las causas, por las que un ciudadano de EEUU sigue ocupando el puesto de presidente de ese banco y es utilizado para promover los intereses y objetivos de las potencias del "Eje"». Pero el Congreso no quiso aprobar la propuesta de Voorhis.
Son sólo unas cuantas historias documentales tomadas del libro-investigación
Transacciones concertadas con el adversario.
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PD. OT, dirá algún pesao, pero bueno!!
