El euro, la moneda de gran parte de la Unión Europea (más de 350 millones de habitantes), es ahora una moneda en entredicho —nos dicen— por los problemas de déficit de varios países que integran dicha unión, por el agotamiento de la forma de crecer en todo Occidente. Pero la primera pregunta que me viene a la cabeza es: si el euro está así, ¿cómo están el resto de monedas? Veamos.
El dólar y la libra tienen un déficit superior al conjunto de la Unión Europea a los que añadir unos problemas estructurales respecto a su forma de crecimiento incluso mayores que la zona euro. El yen, desde el pinchazo de la burbuja inmobiliaria de Japón a principios de los 90, está en ligera pero continua recesión (el índice de la bolsa nikei estaba en 36.000 puntos por 9.600 de la actualidad o un piso en Tokio costaba a finales de los 80 casi el doble que en la actualidad) a lo que tenemos que sumar el tsunami, el terremoto y una crisis nuclear no resuelta. Por su parte, el yuan se encuentra claramente deflactado (que hay que sumarle la incipiente hiperinflación de alimentos básicos), lo cual de momento le sirve a China para exportar barato a cambio de pagar más caro sus necesidades de energía, alimentos o minerales, pero tarde o temprano estará forzada a revalorizar su moneda y crecer hacia el interior.
En este escenario de incertidumbre surgen las dudas de cómo se verán afectadas cada una de las monedas en el escenario de crisis sistémica en la que estamos. Nos enfrentamos a un panorama, más o menos común, de recesión prolongada por no poder crecer a través de la deuda del crédito, como el modelo anterior venía haciendo. Así, queda claro que habrá una nueva moneda de referencia, una moneda que sustituya a la que ha venido siéndolo el último siglo, el otrora todopoderoso Dólar, moneda que no podrá seguir siéndolo por su insostenibilidad.
¿Pero cuál será esa nueva moneda de referencia?
En mi opinión, hoy por hoy, esa moneda solo puede ser el EURO: por su solidez y protección social (a pesar de los recortes), por su nivel tecnológico, por su mercado interno, por su infraestructura, por su situación geopolítica, porque nunca se ha pasado de una moneda de referencia de más gente a una que lo sea de menos, porque no se puede pagar deuda con monedas artificialmente deflactadas, etc. Luego desde la Unión Europea solo queda un camino: apostar por su moneda y convertirla en la moneda de referencia mundial. De lo contrario, pese a las voces alarmistas y disonantes que se están escuchando estos días, pregúntense: ¿A quién venderían sus productos los países con crecimiento sostenible de la UE? ¿Y quién —y con qué— pagaría la deuda contraída? ¿Eh?
A Europa solo le queda un camino, y es el de apostar por su moneda común. Por cierto, que rebusco y en mi bolsillo veo un billete de 20 euros. Mire usted también en el suyo y, por si quedaba alguna duda, dígame qué moneda debemos defender.