Vuelvo a incidir en algo que dije anteriormente, el mercado no busca la libertad, sino la rentabilidad, y por eso el libre comercio es tambien un contrasentido, ya que un aumento de la competitividad, reduciria la rentabilidad, por eso se tienden a formar los oligopolios, que son la manera en que las grandes multinacionales, tratan de imponerse sobre los monopolios estatales.
Cuanto mas crece una empresa, mas necesita asegurar su productividad y rentabilidad, y para lograr eso, siempre sera mas rentable establecer pactos con otras empresas, que ponerse a competir entre ellas.
Y en eso me baso para afirmar que tanto el mercado libre como la libre competencia no existen, o al menos no serian verdaderamente viables en un mercado cada vez mas globalizado.
Y por eso, las grandes empresas inevitablemente se acaban comiendo a las mas pequeñas. Salvo al estado, y de ahi que el neoliberalismo y el anarcocapitalismo demonicen tanto a los estados. Porque lo que buscan no es liberarse de los estados, sino usurpar el control que puedan ejercer.
Aqui de lo que se trata es de quien tenga mayor poder economico, si las grandes multinacionales que representan a sus accionistas, o los estados que representan a sus ciudadanos. Y lo demas es hacerse trampas al solitario.
En cuanto a lo de apelar al voluntarismo, el mutualismo, la caridad, siempre partiendo de la iniciativa solidaria, para ayudar o proteger a los mas debiles sin la necesidad del estado, a mi eso me parece hacer un brindis al sol. O si me lo permite, "con la iglesia hemos topado" (aunque tambien tenga su propio estado, el Vaticano).
Pero hasta lo de los principios sarracena es algo demasiado relativo, ya que del mismo modo que las leyes pueden cambiarse, los principios sarracena tambien.
En cualquier caso, los estados son controlados por los sistemas democraticos para evitar que se puedan convertir en totalitarios, mientras que a los mercados sin organismos estatales de control, solamente los controlarian aquellos que tuviesen el poder economico suficiente para ello, es decir, las oligarquias.
En un modelo de sociedad donde todo se basase en el dinero, que a fin de cuentas es de lo que estamos hablando, por pura logica esta se dividiria entre los que lo tienen y los que no lo tienen, y aquellos que no lo tuviesen, supondrian simplemente una carga de la que seria mas rentable deshacerse.
Saludos.
Gracias nuevamente por tomarse el tiempo de responder con tanto detalle. Valoro sinceramente el nivel de profundidad que plantea en cada uno de sus argumentos, porque permiten ir más allá de las etiquetas ideológicas y adentrarnos en los fundamentos reales de cómo se estructura el poder, sea económico o político.
Usted insiste con razón en que el mercado no busca la libertad sino la rentabilidad. Es cierto: el mercado no tiene intenciones, es un proceso, una herramienta, y como tal depende de los incentivos y estructuras en que opera. La rentabilidad guía la acción económica, pero no necesariamente excluye la competencia. En muchos casos, competir puede ser más rentable que pactar, sobre todo en entornos donde el consumidor tiene alternativas y donde no hay barreras artificiales para nuevos entrantes. Por supuesto, las grandes empresas tienden a buscar ventajas estructurales, y aquí comparto plenamente su observación: muchas de esas ventajas hoy se logran precisamente gracias al vínculo estrecho entre corporaciones y Estado, en forma de regulaciones hechas a medida, subsidios, contratos públicos o propiedad intelectual extendida artificialmente. No es una competencia limpia, sino un mercado "cautivo".
Sobre su escepticismo respecto al libre mercado en un entorno globalizado, tiene mucho sentido desde una perspectiva empírica. Es cierto que el sistema actual favorece la concentración, y que las empresas más grandes suelen sobrevivir no solo por su eficiencia, sino por su capacidad de negociar con gobiernos o influir en normativas. Sin embargo, esa crítica puede aplicarse tanto a un capitalismo con Estado como a una alternativa descentralizada. Desde la visión anarcocapitalista, lo que se busca precisamente es impedir ese poder de coacción centralizada que puede ser capturado, sea por empresas o por elites políticas. No se trata de entregar el poder a las multinacionales, sino de evitar que exista una estructura de poder que pueda ser capturada por nadie.
Cuando usted plantea la disyuntiva entre multinacionales que representan a sus accionistas y estados que representan a sus ciudadanos, toca el núcleo del debate. En teoría, el Estado democrático representa a todos, pero en la práctica muchas veces termina también respondiendo a intereses económicos concentrados. De hecho, la posibilidad de que el ciudadano medio tenga más control sobre un Estado que sobre una gran empresa es debatible cuando ese Estado es burocrático, opaco o susceptible a la corrupción. Por eso, algunos defienden que la descentralización del poder (sea económico o político) es preferible al monopolio, incluso democrático, porque impide que una sola estructura imponga su visión o su agenda a todos.
Respecto a la crítica al voluntarismo, el mutualismo o la caridad como soluciones para los más vulnerables, comprendo perfectamente su escepticismo. La historia está llena de promesas de ayuda voluntaria que nunca se concretan. Pero también es cierto que, antes de los Estados de bienestar modernos, existieron sociedades con fuertes redes de ayuda mutua, cooperativas, gremios, comunidades religiosas y civiles que ofrecían seguros, pensiones y asistencia. ¿Eran perfectas? No. ¿Fueron sustituidas por algo más robusto? En parte sí. Pero también fueron desplazadas por un modelo centralizado que, con sus aciertos, ha generado dependencia y ha demostrado grandes ineficiencias. La cuestión es si podemos imaginar mecanismos alternativos, descentralizados, eficientes y éticos, sin caer en la falsa dicotomía de “Estado o barbarie”.
Sobre los principios sarracena, coincido con usted: son relativos, cambiantes y muchas veces contradictorios. Pero también es cierto que los sistemas políticos y económicos, al final, se sostienen sobre valores compartidos. Ni el Estado ni el mercado son inmunes al deterioro sarracena. La diferencia es que el Estado tiene el monopolio de la fuerza, lo que le permite imponer su sarracena (o la de quienes lo controlan) al conjunto de la sociedad.
Finalmente, usted menciona algo clave: los Estados democráticos como mecanismo para evitar el totalitarismo. Es, sin duda, el mejor intento que hemos desarrollado hasta ahora para limitar el poder estatal. Pero también sabemos que las democracias pueden ser frágiles, manipulables y profundamente influenciadas por intereses económicos. Y por eso, muchos defensores del anarcocapitalismo no rechazan la democracia como tal, sino su fusión con el monopolio coercitivo del Estado. El temor no es a votar, sino a que una mayoría circunstancial pueda decidir sobre la vida, la propiedad o los derechos de una minoría indefensa.
No se trata de elegir entre Estado o mercado como si fueran polos sarracena absolutos, sino de pensar cuál es la mejor manera de limitar el poder, proteger la dignidad humana y evitar que el más fuerte (sea político o económico) se imponga sobre el resto. No hay respuestas fáciles, pero el debate respetuoso como el que estamos teniendo sin duda nos ayuda a acercarnos a mejores preguntas.
Un saludo.