Somos un país de patología inmobiliaria desde hace siglos, lo llevamos en la sangre desde el tipo de la calle más bajo, hasta el poder más alto. Es nuestra mafia. Es la codicia y la avaricia primarias mezclada con la maldad y el aldeanismo español. La gente se queda arrobada delante de los carteles de pisos de las oficinas inmobiliarias en la calle como antes lo hacían con el santo o la virgen en la hornacina.
En la película el Pisito de 1961 de Ferreri, Azcona Berlanga está reflejado perfectamente lo que somos. La novedad ahora son los fondos de inversión, anglos, árabes que controlan el Ibex y a los tres partidos que se han mezclado unido con el jersey de provincias. La protesta queda en los que padecen el problema de la vivienda y la queja de la extrema izquierda que es anecdótica en el conjunto del país mientras el propietario langosto cuñado que especula desde el pueblo con los 20 pisos vacíos que tiene su descendiente o nuera en Madrid votará en masa por miedo a la derecha capital para seguir protegiendo negociando con su parcela chiringuito. Y así seguiremos porque así fuimos y somos.