Rusia es el caso de manual, pero no el más bestia. Va la lista de los que se llevan la palma, por orden de crudeza:
Ucrania, hoy. Movilización a la fuerza, hombres arrancados del autobús y de la cola del pan. Si eso no es desechabilidad pura y dura ya me dirás. Y las que se han ido han ansioso con los críos a cuestas: el que se queda, muere; el que puede, huye. Clásico.
India. El campesino que se suicida porque no llega a pagar el préstamo. Infanticidio femenino sí, pero la otra cara es el hombre como unidad de trabajo desechable: cuando ya no rinde, se le deja caer. Y ojo, el sistema de la dote convierte a la mujer en activo y al varón en pagano perpetuo.
Brasil y buena parte de Latinoamérica. Favelas donde el hombre joven es estadística de homicidio y carne de comisaría. El Estado no te protege, te administra. Ahí la desechabilidad es racializada y de clase, que es más sucio todavía.
China. El reverso: aborto selectivo de niñas durante décadas, resultado, millones de "hombres sobrantes" sin emparejar. Pero el sistema los usa igual de bien: mano de obra interior, obra pública, y el que protesta va a "reeducación". El hukou es una máquina de triturar varones rurales.
España, sin ir más lejos. Posguerra, mili obligatoria, accidentes en la construcción en los 2000. Y hoy, en plena agenda, el varón es el que paga la cena, la hipoteca y la pensión, y encima tiene que aplaudir. No hace falta ir a Siberia, amigo.
Lo común a todos: al hombre se le exige rendir y se le descarta cuando deja de rendir. Eso no lo inventó Pilingui.