No vienen de otros planetas ni de otras galaxias. Salen de los volcanes, de debajo de la tierra y del fondo del mar. Son seres infernales que preparan los ejércitos del Anticristo y la tecnología entera sería obra suya. Así lo plantea el mensaje que abre el hilo,
sin medias tintas y sin más apoyo que citas del Salmo 51, del capítulo 1 de Lucas y de Apocalipsis 18,23.
Lo interesante no es la cosmología —de esto ya se ha escrito mucho— sino el paquete que la acompaña:
el rechazo frontal de la ciencia de los últimos cuatro siglos —presentada como mentira del poder por ese mismo mensaje— y una ristra de descalificaciones generales hacia ideologías y grupos enteros, sin una prueba que las sostenga. La conversación sube de tono enseguida.
¿De dónde salen los extraterrestres según esta corriente?
De abajo, literalmente. El relato sitúa su origen en los volcanes, el subsuelo y los fondos marinos, y les asigna una función: preparar los ejércitos del Anticristo. Los ovnis serían, en esta versión,
demonios disfrazados de seres de luz, y las luces que se vean en el cielo, proyecciones holográficas de
puro espectáculo. La tecnología, toda, quedaría del lado de los intrusos.
Es una lectura teológica del fenómeno ovni, no una hipótesis astronómica: no hay observación, ni medida, ni dato verificable, solo interpretación de textos. Con el mismo gesto se despacha a la vez el conocimiento científico y a cualquiera que no comparta el marco.
El zoom de una Nikon P900 contra cuatro siglos de astrofísica
Cuando se pide una prueba, la respuesta remite a un instrumento. Una cámara de gran zoom —la
Nikon P900, un modelo de consumo con objetivo de puente— demostraría, según esta posición, que las estrellas no son soles ni los planetas son planetas. De ahí se deduce que la ciencia es una mentira del poder, con
400 años de vigencia y
fecha de caducidad próxima.
Conviene detenerse en el detalle: no se opone un telescopio a un telescopio, ni una medición a otra medición, sino la foto de aficionado a la astrofísica entera. El argumento no es empírico; es de
autoridad invertida. Cuanto más establecido está un saber, más sospechoso resulta.
Dos certezas que se descalifican entre sí
Al otro lado hay quien sostiene que la Tierra es un planeta más entre millones y que recurrir a la Biblia solo delata ignorancia; la fe sería un
consuelo para quien necesita un creador. La respuesta llega con el mismo registro y atribuye a quien opina así una posesión demoníaca.
Ahí está el punto muerto. Un lado traduce la ufología a demonología; el otro traduce la religión a déficit intelectual. Ninguno discute el dato del contrario, porque ninguno lo considera relevante. La discusión no va de estrellas ni de volcanes: va de quién tiene derecho a definir la realidad. Y en ese terreno no hay zoom que valga.
El instrumento citado como prueba definitiva es una cámara de consumo con zoom óptico, no un telescopio. Contra cuatro siglos de observación astronómica, un objetivo de puente de uso doméstico. El dato descoloca por otra razón: hay quien lo considera suficiente.