Don Arcadio
Himbersor
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Bueno, en tu entusiasmo por reivindicar Cartago ya sólo te faltaría también reivindicar a Herodes.El forista insiste en intentar imponer sus categorías y prejuicios ideológicos modernos al estudio de la Historia, le advierto que su intento no puede prosperar ya que su sesgada pretensión le quita a esta la necesaria objetividad y convierte su análisis, y disculpe si me veo obligado a calificarlo, en un panfleto propagandístico.
La Historia, señor, se nutre de hechos y de la comprensión de sus propios contextos, no de proyecciones personales ni de militancias contemporáneas que solo buscan forzar la realidad para saciar un dogma personal.
Independientemente de los desvíos que intente, no hay duda que las guerras entre griegos y cartagineses por el dominio de Sicilia fueron largas y sangrientas, durante siglos, ambas potencias fruta la hegemonía del Mediterráneo central. Nadie discute eso.
Pero interpretar aquellos enfrentamientos como una lucha entre una supuesta «Europa aria» y una «Asia semítica» constituye un grave anacronismo histórico y una burda maniobra proselitista.
Esas categorías raciales pertenecen a construcciones ideológicas muy posteriores, los conflictos de la Antigüedad respondían fundamentalmente a intereses territoriales, económicos y políticos, no a una pretendida guerra de exterminio entre civilizaciones racialmente antagónicas.
El forista en su entusiasmo incurre en una gruesa contradicción: Cartago estaba profundamente helenizada, el propio Aníbal recibió educación griega, tuvo como maestro al historiador espartano Sosilo y conocía la literatura helénica.
La influencia griega peine en las élites cartaginesas, en sus manifestaciones artísticas e incluso en sus creencias religiosas, como demuestra la incorporación de los cultos de Deméter y Perséfone.
Pero existe una prueba histórica todavía más contundente.
En el año 215 a. C., Aníbal estableció una alianza militar con Filipo V de Macedonia, uno de los principales soberanos del mundo helenístico, Polibio reproduce aquel tratado en el libro VII, capítulo 9, de sus Historias.
O sea que tenemos a un general cartaginés y un monarca griego aliados contra Roma...
¿Dónde queda entonces esa supuesta enemistad racial irreconciliable entre griegos y hebreas?
¿Cómo sostener que Aníbal pretendía destruir la civilización helénica mientras establecía alianzas con sus principales representantes políticos?
Pero el forista avanza aun más y se embarca en su contradicción más exagerada pretendiendo presentar a Roma como salvadora de la civilización griega…!
¿Acaso no fueron precisamente los romanos quienes derrotaron a Macedonia en 168 a. C. y arrasaron Corinto en 146 a. C.?
Sin embargo, Grecia sobrevivió culturalmente a su sometimiento militar, sus filósofos, científicos, artistas y escritores terminaron ejerciendo una influencia decisiva sobre los propios conquistadores.
Roma conquistó Grecia con sus legiones, pero Grecia terminó conquistando intelectualmente a Roma.
¿Por qué habría sido imposible una evolución semejante bajo la hegemonía cartaginesa? ¿Por qué suponer que una civilización que admiraba y asimilaba elementos de la cultura griega estaba necesariamente destinada a destruirla?
La cuestión fundamental es que no existe prueba alguna de que Cartago pretendiera eliminar la civilización helénica, lo que sí sabemos es que Roma destruyó militarmente a Cartago y sometió a Grecia.
Por tanto, presentar la victoria romana como una providencial salvación de nuestras raíces culturales significa transformar una hipótesis sin demostrar en una justificación retrospectiva del vencedor.
Roma no necesitó salvar a Grecia de Cartago para transmitirnos su legado, y mucho menos necesitó destruir Cartago para que sobrevivieran Platón, Aristóteles o Hipócrates.
La historia nos permite conocer quién ganó aquellas guerras, pero no nos autoriza a concluir que, por haber ganado, representaba necesariamente el mejor destino para la humanidad.
Cartago fue una potencia impulsada por la hostilidad de un líder como Aníbal.
Me asombra que no hagas ningún comentario positivo al verdadero gran hombre de esta historia, Escipión. Cicerón lo inmortaliza (principalmente en El sueño de Escipión, libro VI de De re publica) como el modelo máximo del hombre de Estado: aquel cuya virtud cívica, defensa de la justicia y servicio a la patria le aseguran un lugar eterno entre las estrellas.
Para Paterculus, Escipión era la encarnación del concepto de humanitas, es decir, la quintaesencia de las mejores cualidades humanas, pues en su vida no pensó, no hizo ni dijo nada que no fuera digno de admiración. Esta gran figura es el sol de Roma.
Aníbal y Cartago representan la hostilidad carente de piedad.
