Desalojo de Sol a las 4 de la mañana: la plaza amanece limpia
Hay una manera poco heroica de fechar el final de una acampada: mirar cuándo vuelve a emitir la cámara web. La de la Puerta del Sol llevaba apagada desde la noche del
26 de septiembre, la misma en que se colocaron las primeras tiendas. Volvió a funcionar minutos después de que la Policía Nacional entrara en la plaza. A las
12:20 del mediodía el suelo estaba, según las imágenes que circularon, «limpio como un hospital». Cuatro semanas de pulso político resueltas entre una madrugada y un plano fijo.
El operativo arrancó a las
4 de la mañana, con frío y con la Unidad de Intervención Policial desplegada. La dirigente Macarena Olona lo celebró en redes con una frase que resume el tono de una parte del relato: «Los chavales lo han disfrutado en directo a las 4 de la madrugada. Por fin ha podido intervenir la Fuerza».
Desalojo como servicio, no como conflicto. La otra mitad de la historia discute hasta el verbo.
¿Se fueron solos o los desalojaron?
La versión que más ha circulado después del operativo sostiene que a esas horas quedaba poca gente: que la acampada se había desconvocado días antes y que quienes dormían en la plaza eran, en buena medida, personas sin hogar. Quien defiende lo contrario responde con sentido común: nadie levanta un campamento a las cuatro de la mañana por voluntad propia, y menos con el frío que hacía. Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.
Desalojar a quien queda no equivale a desalojar a quien convoca, y esa diferencia separa una operación policial de una victoria política.
Sobre el terreno también pesa otra evidencia incómoda: si la plaza se podía despejar en una madrugada, alguien decidió que no convenía hacerlo el primer día. Una parte del pulso posterior reclama responsabilidades políticas por haberlo tolerado; otra responde que el problema no era el campamento sino la imagen.
Las tiendas que nadie se llevó
El rastro material es la prueba más tozuda. Cientos de tiendas de campaña quedaron tiradas en el suelo, sin recoger y sin reclamar. Tanta superficie de residuo obligó a limpiar a mano, porque la maquinaria pesada no cabía entre los restos; en las imágenes aparece alguna máquina pequeña, insuficiente para el volumen. Nadie ha cuantificado públicamente la factura de esa limpieza.
Sobre quién pagó el material circula una sospecha que nadie ha documentado: se apunta a subvenciones y a compras colectivas, sin una sola prueba aportada. Lo verificable es el residuo. Que quienes se fueron dejaran atrás el equipo sugiere, como poco, que el equipo no salió de su bolsillo con el mismo celo con el que se ocupó la plaza.
La noche que vino después del desalojo
Despejar la plaza no fue pacificarla. Desde un puesto de trabajo a pocos metros del lugar se describe una secuencia muy concreta: hacia las
4:20 empezaron a pasar oleadas de personas gritando y rompiendo cosas; después, un grupo de
30 o 40 encapuchados con pasamontañas y cristaleras rotas. La presencia de furgones antidisturbios enfrió el asunto. A las
7 de la mañana, al terminar el turno, los agentes seguían patrullando y preguntaban por dónde habían ido los encapuchados y cuántos eran. El desalojo duró minutos. El ruido, horas.
¿Por qué se desaloja ahora y no el primer día?
Es la pregunta que ordena casi todo el descontento. La explicación más repetida es de manual: coste político. Mientras el campamento era noticia,
rentaba; cuando empezó a restar o cuando el calendario apretó, llegó la orden. Otros añaden la aritmética de competencias: la Policía Nacional depende del Gobierno central, la Policía Municipal del Ayuntamiento, y la Comunidad de Madrid no manda en ninguna de las dos. Con tres administraciones y tres intereses, la parálisis y la urgencia repentina son igual de fáciles de explicar.
El fondo del asunto, el precio del alquiler, sigue donde estaba. A la espera de una respuesta definitiva le han salido un par de decretos y bastante ruido.
El relato también se desaloja
Hay un detalle que ilustra mejor que cualquier comunicado la velocidad con la que se desactivan las causas. Hace cuatro semanas esa plaza era el centro del universo informativo, con elogio casi nobiliario incluido para sus ocupantes. Hoy, con las tiendas en la basura y la cámara emitiendo otra vez, el tema ha desaparecido de la agenda. El ciclo es conocido: mucha cobertura mientras dura el
paripé, silencio administrativo cuando se levanta el campamento.
La plaza está limpia y el asunto se ha esfumado en menos tiempo del que tardó en montarse. Queda una pregunta sin cerrar: si el problema nunca fue el campamento sino el coste de aparecer desalojándolo, ¿qué impide que vuelva a plantarse en cuanto el calendario lo pida?