La escuela te enseña latín, pero no a invertir: el filón de los gurús
Entre doce y dieciséis años de pupitre, ocho horas diarias sentado y un temario que la mayoría no vuelve a tocar. Con ese material se ha vuelto a armar en 2026 una queja recurrente entre emprendedores: la escuela enseña a calcular el área de un triángulo y a memorizar batallas remotas, pero nadie explica cómo funciona el dinero ni cómo opera el poder. La conclusión que se repite es incómoda: el sistema no forma personas libres, forma empleados dóciles. Horarios fijos, permiso para hablar, premio al que se adapta.
El manifiesto que sonaba a máquina
El texto que abrió el asunto lo decía sin rodeos: eso no es un accidente, es un diseño. La primera reacción no fue discutir la tesis, sino auditar al mensajero. Demasiadas palabras, estructura de manual, apartados numerados. La sospecha de que aquello lo había escrito una máquina —y de que su autor lo presentaba como pensamiento propio— se convirtió en el asunto central durante días. La segunda objeción llegó por el bolsillo: cuando el mismo discurso se empaqueta como producto, el precio de partida que se le puso encima, 35.000 euros, deja fuera a los mismos a los que dice representar. Vender la liberación a precio de máster tiene un problema de credibilidad, y el clásico de finanzas personales que muchos citaron como referencia —Padre Rico, Padre Pobre— fue despachado como una nueva religión para descarriados.
¿Sirve la universidad? El 80% que nunca se usa
Frente al relato del aula como fábrica de obedientes apareció el matiz de quien sí pasó por la facultad. En carreras de ciencias el valor no estaba en el temario sino en el método: obligarte a pensar de forma ordenada. Los exámenes de los noventa y hasta 2010, los llamados problemas de idea feliz, daban una letra A y exigían llegar a una B deduciendo el camino. Ese entrenamiento, dicen, se ha diluido; el diagnóstico que circula es que hablar diez minutos con un ingeniero recién graduado lo confirma. Y la estimación más repetida: entre el 80% y el 90% de los contenidos estudiados no se vuelven a usar nunca en el trabajo. De ahí la conclusión de algunos: dos ciclos de grado medio y a trabajar.
El horario escolar no está hecho para los niños
El siguiente giro abandonó los títulos y entró en las casas. Si el horario lectivo arranca entre las siete y las ocho de la mañana y acaba entre las dos y las tres, no cuadra con el sueño de un crío: cuadra con la jornada de sus padres. Con aulas abiertas hasta las cinco o las seis de la tarde, el colegio deja de ser escuela y pasa a ser aparcamiento. La frase que cerró ese tramo no tenía nada de economicista: para ser un buen padre solo se necesita estar presente. Lo cual, en un mercado que paga por horas de ausencia, suena más a provocación que a consejo.
La brecha de clase que nadie quiere nombrar
Y por debajo, la grieta de siempre. Unos sostienen que el título universitario otorga una amplitud de miras que la calle no da; otros responden que el clasismo se ha instalado precisamente entre quienes tuvieron la carrera pagada. La formulación más repetida es que la clase social se define más por la mentalidad que por los ingresos. En algunos tramos el intercambio derivó en generalizaciones hostiles hacia colectivos concretos y hacia políticas de contratación, afirmaciones sin ningún dato detrás que aquí se dejan solo como lo que son: una corriente de opinión más, sin respaldo.
Con todo esto sobre la mesa, el punto donde el análisis se atasca no es si la escuela falla, que nadie lo discute, sino quién asume lo que deja de hacer. La familia ya no tiene el tiempo, el cursillo cuesta 35.000 euros y el temario sigue igual. Nadie ha respondido a eso. Ni con datos ni sin ellos.