Silvio Rodríguez llena Madrid: cifras dispares y entradas a 45 euros
El regreso de Silvio Rodríguez a Madrid ha dejado una cifra sobre la mesa que resume el estado del asunto:
15.000 asistentes, según los organizadores, en un recinto público de una ciudad gobernada por la derecha. El dato, repetido como consigna en la discusión pública, choca con otro que manejan quienes rebajan el entusiasmo:
8.000 personas y entradas a
45 euros. La discrepancia no es menor. Define si estamos ante un fenómeno de masas o ante un acto de nicho bien financiado.
Lo llamativo no es que un cantautor comunista llene un aforo. Es que lo haga sin que nadie se lo impida. La paradoja la resumió con precisión uno de los intervinientes: un comunista canta sin problema en instalaciones públicas de una ciudad donde manda la derecha, mientras la izquierda encuentra siempre excusas para impedir actuaciones de derechistas. La pregunta, lanzada al aire, sigue sin respuesta convincente.
¿Quién censura a quién? El argumento de la doble vara
El primer frente del asunto es el de la
censura. La tesis inicial sostenía que el concierto se celebró
pese a las amenazas de la ultraderecha. La respuesta no tardó: si el PP ha cancelado conciertos de Luis Pastor en Aravaca, la acusación de censura cambia de bando. Los enlaces aportados —EFE, Telemadrid, Diario Crítico— apuntalan esa línea. No es una impresión: es una lista de casos.
El contraargumento tiene su propia lógica. Que un gobierno local cancele un acto no equivale a un aparato estatal de censura. Y que Silvio cante en Madrid no demuestra nada sobre Cuba. Son dos planos distintos que la discusión mezcla sin pudor.
El bloqueo, el embargo y la ayuda al pueblo cubano
La premisa del mensaje inicial era que los beneficios del concierto irían a ayudar al pueblo cubano,
que sufre el bloqueo. Ahí se abrió la grieta más profunda. Una parte de los intervinientes niega la mayor: no hay bloqueo, hay embargo. La distinción no es semántica. Un bloqueo implica aislamiento total; un embargo, restricciones parciales con excepciones humanitarias.
La pregunta que descoloca es la de las balsas. ¿Van de Cuba a Florida o de Florida a Cuba? Si el paraíso socialista funciona, ¿por qué la gente cruza un océano en embarcaciones precarias? La respuesta oficial no convence a nadie que mire los datos. Y el dato es tozudo: la emigración no se detiene.
El cantante comunista que vive como un capitalista
Aquí el asunto se vuelve incómodo para todos. Un artista que se declara comunista, que defiende un régimen que ha empobrecido a su país, cobra 45 euros por entrada y vive mejor que la media de los cubanos a los que dice representar. La comparación con Amancio Ortega apareció pronto: el empresario no se declara comunista ni escribe canciones alabando al régimen. La coherencia, se argumenta, exige donar el patrimonio al Estado cubano.
La defensa es más débil de lo que parece. Que el capitalismo mate a millones no convierte en virtuoso a un sistema que ha producido miseria y exilio. Y que en todos los países haya contradicciones no excusa las propias.
Lo que el dato de asistencia esconde
La cifra de 15.000 asistentes merece un análisis frío. Si los organizadores hablan de 15.000 y los críticos de 8.000, la horquilla es amplia. Con entradas a 45 euros, la recaudación bruta oscila entre 360.000 y 675.000 euros. No es un negocio redondo, pero tampoco una ruina. El recinto, público, añade una capa de complejidad: ¿quién paga el mantenimiento?
El público, además, tenía un perfil claro. La broma recurrente fue la edad:
¿había algún menor de 65 años? No es un dato menor. El grueso del público pertenece a una generación que ya no llena estadios por sí sola. Si el relevo generacional no llega, el fenómeno Silvio es un epílogo, no un prólogo.
La dictadura cubana y el espejo español
El asunto derivó hacia el régimen cubano. Se sostiene que el Partido Comunista tiene tiranizado al pueblo, que los individuos son propiedad del Estado y que el comunismo solo se impone mediante la dictadura porque es incompatible con la democracia. Son afirmaciones gruesas, pero formuladas como análisis, no como insulto.
La respuesta desde el otro lado es que el capitalismo salvaje también mata, que la mayoría de los ciudadanos de países capitalistas no viven como Amancio Ortega y que la comparación es tramposa. El problema es que la comparación funciona en ambos sentidos: si el comunismo cubano es un desastre, el capitalismo neoliberal también tiene sus cadáveres.
El punto exacto donde el análisis se atasca es este: nadie ha explicado por qué un cantante que denuncia el imperialismo cobra en euros, en un recinto público, en la capital de un país de la OTAN, y lo hace sin que nadie se lo impida. La contradicción no es del cantante. Es de quien necesita creer que el concierto significa algo más que una noche de nostalgia.